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EL REFLEJO DE LA ALQUIMIA

EL REFLEJO DE LA ALQUIMIA

Status: En proceso
Genre:Época
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: More more

En un siglo XVIII alternativo, donde la magia se oculta tras el abanico de la etiqueta y el filo de la espada, Elowen de Valois es una anomalía. Hija de un marqués que la desprecia y heredera de una magia de sangre que tiñó su cabello de blanco y sus ojos de rubí, es vendida como un mueble al Duque de Oakhaven.

​Los rumores dicen que el Duque es un monstruo deforme que oculta su rostro tras una máscara de plata, un hombre que desprecia la compañía femenina y que vive recluido en una fortaleza de piedra. Sin embargo, Elowen no es una damisela en apuros. Armada con un intelecto afilado, un conocimiento letal sobre venenos y una belleza sobrenatural que ella misma considera una maldición, entra en la boca del lobo con un solo objetivo: sobrevivir y reclamar su libertad. Lo que no sabe es que su esposo guarda secretos que podrían derrocar imperios, y que la "fiera" es, en realidad, el hombre más poderoso —y peligroso— del reino.

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La nieve caía sobre la capital con una elegancia indiferente, cubriendo las miserias del reino bajo un manto de pureza artificial. Dentro de la mansión de los Valois, el ambiente era opresivo, cargado con el olor a incienso barato y el rancio aroma de la gloria pasada. Elowen de Valois permanecía sentada frente al espejo de su tocador, pero no miraba su reflejo; analizaba la composición molecular del aire que la rodeaba.

​La infancia de Elowen no fue de encajes y bailes, sino de silencio y estudio prohibido. Desde el momento en que nació, su padre, el Marqués de Valois, la consideró una maldición. El linaje Valois era conocido por su cabello azabache y ojos verdes; que ella naciera con el cabello del color de la escarcha y los ojos como rubíes encendidos fue tomado como una señal de impureza, o peor, de una magia de sangre que la Iglesia castigaba con el fuego.

​Su madre, la difunta Marquesa, era una mujer de tierras lejanas que portaba en sus venas el secreto de la alquimia antigua. "Escucha el pulso de las plantas, Elowen", le susurraba cuando la niña apenas tenía cinco años, escondidas en el invernadero húmedo de la propiedad. "La magia no es solo conjuros; es entender que todo en este mundo es un veneno o una medicina, dependiendo de la dosis".

​Cuando su madre murió, Elowen se quedó sola en un mundo de hombres que la veían como un objeto defectuoso. Su padre, un hombre consumido por las deudas de juego y una ambición frustrada, prohibió que la niña saliera de sus aposentos durante el día. Elowen creció en la penumbra, convirtiendo su dormitorio en un laboratorio clandestino.

A los diez años, ya sabía destilar el veneno de las arañas de jardín para crear paralizantes temporales. A los quince, había leído todos los tratados de derecho y estrategia militar de la biblioteca de su padre, entrando de noche como un fantasma blanco entre las estanterías.

​Era hermosa, de una manera que resultaba inquietante.

Su piel era tan pálida que se podían ver las venas azuladas en sus sienes, y su inteligencia era un arma que mantenía oculta tras una máscara de sumisión fingida. Sabía que, para sobrevivir siendo mujer en un siglo de hombres, debía ser invisible o letal. Ella eligió ser ambas.

​A cientos de leguas de distancia, en las Tierras Altas de Oakhaven, la niñez de Caelum fue forjada en el yunque de la guerra. Aunque oficialmente era el Duque de Oakhaven —título heredado de su abuelo materno, un viejo guerrero que despreciaba la debilidad de la corte central—, Caelum vivía bajo la sombra de un secreto dinástico que solo el Emperador conocía.

​Su infancia fue una sucesión de entrenamientos brutales. Su abuelo lo despertaba al alba para practicar con espadas de madera que pesaban más que sus propios brazos.

"Un noble que no sabe defender su tierra no es un señor, es un parásito", le rugía el anciano. Caelum aprendió a amar el frío, el peso de la cota de malla y el lenguaje del acero.

Poseía una magia latente, una conexión con la tierra y las sombras que le permitía moverse en el campo de batalla como un espectro, pero esa misma magia atraía tragedias.

​A los doce años, durante una escaramuza fronteriza, Caelum salvó a un destacamento imperial, pero el precio fue alto. Una explosión de pólvora alquímica y el tajo de una hoja encantada le destrozaron el costado derecho del rostro.

Desde entonces, el niño que prometía ser el sol de la corte se convirtió en el "Monstruo de Oakhaven". Su abuelo, antes de morir, le entregó su máscara de plata y el mando de un ejército de hombres que no lo amaban, pero que le temían más que a la muerte misma.

​Caelum se aisló. Construyó muros alrededor de su fortaleza y de su corazón. Odiaba a las mujeres de la alta sociedad, criaturas que él consideraba vacías y superficiales, obsesionadas con la belleza física que él ya no poseía. Cuando el Emperador le ordenó casarse para estabilizar las alianzas internas, Caelum aceptó con la condición de que la novia fuera "alguien de quien nadie se acordara", un estorbo que pudiera guardar en un rincón de su castillo y olvidar.

​El día de la boda, el sol se negaba a salir tras las nubes de tormenta. El Marqués de Valois entró en la habitación de Elowen sin llamar.

​—El carruaje del Duque está aquí —dijo, sin mirar a su hija a los ojos—. No espero que lo ames, ni siquiera que le gustes. Solo espero que no lo espantes con tus rarezas antes de que la dote sea transferida. Es un hombre de gustos oscuros, dicen que su rostro es una advertencia de Dios contra la soberbia.

​Elowen terminó de ajustarse el corsé con una fuerza que le quitó el aliento. Llevaba bajo la liga de su media una daga de hueso de ballena sumergida en veneno de cobra, y en su escote, un pequeño vial con un antídoto de amplio espectro.

​—No se preocupe, padre —respondió ella, su voz era como seda frotando un cristal—. He pasado mi vida viviendo con un monstruo. Un hombre con una máscara no será una novedad.

​El Marqués la abofeteó. Elowen no lloró; solo giró el rostro, con la mejilla blanca ahora encendida en un rojo violento, y sonrió. Esa sonrisa detuvo el corazón del Marqués por un segundo. Había algo en los ojos rojos de su hija que no era humano.

​La ceremonia fue una farsa gélida. La capilla estaba helada. El Duque de Oakhaven esperaba en el altar, una figura imponente envuelta en una capa de piel de lobo negro.

La máscara de plata brillaba bajo la luz de las velas, cubriendo la mitad de su rostro de forma hermética, dejando ver solo una mandíbula tensa y unos labios severos.

​Cuando Elowen caminó hacia él, el Duque no se movió. Sin embargo, a medida que ella se acercaba, él pudo oler algo que no era perfume francés: era el aroma del ozono, de las hierbas amargas y de algo metálico. Magia.

​El sacerdote leyó los votos con una prisa nerviosa. Cuando llegó el momento de la unión de manos, Caelum tomó la mano de Elowen. Él esperaba una mano temblorosa, húmeda de miedo. En su lugar, encontró una piel fresca, firme y unos dedos que apretaron los suyos con una fuerza sorprendente.

​—Yo, Caelum, Duque de Oakhaven, te tomo por esposa —dijo él. Su voz era un trueno contenido, una vibración que Elowen sintió en la boca del estómago.

​—Yo, Elowen de Valois, te tomo por esposo —respondió ella, manteniendo la mirada fija en los ojos oscuros que la observaban desde la plata.

​No hubo beso. No hubo alegría. Solo el sonido de los pesados portones de la capilla cerrándose tras ellos.

​En el carruaje que los sacaba de la capital, el silencio era un tercer pasajero. Caelum se sentó frente a ella, con los brazos cruzados, ignorándola deliberadamente mientras leía unos informes militares. Quería marcar territorio, demostrarle que ella era invisible.

​Elowen, sin embargo, no se sentía ignorada; se sentía libre. Por primera vez en su vida, estaba fuera de la casa de su padre. Sacó un pequeño libro de su bolso y comenzó a anotar observaciones sobre la flora que pasaba por la ventana.

​—¿Qué es eso? —preguntó Caelum de repente, sin levantar la vista de sus papeles.

​—Un diario de botánica, Excelencia —respondió ella sin mirarlo—. Estamos pasando por una zona de suelo ácido. Hay Aconitum napellus en abundancia. Es una planta fascinante. En dosis pequeñas, cura la fiebre; en dosis grandes, detiene el corazón en tres minutos.

​Caelum levantó la vista. La máscara de plata ocultaba su expresión, pero sus ojos se entrecerraron.

​—Una mujer de tu estatus debería estar preocupada por el bordado o por cómo ganarse mi favor, no por venenos de campo.

​Elowen cerró el libro con un chasquido seco. Se inclinó hacia adelante, dejando que la luz de la luna que entraba por la ventanilla iluminara sus ojos rojos, que brillaban con una intensidad antinatural. Su belleza era tan agresiva que Caelum sintió un tirón involuntario en su pecho.

​—Excelencia, no tengo interés en su favor —dijo ella, con una voz que era una caricia peligrosa—. Usted compró un estorbo para mantener las apariencias. Yo acepté un matrimonio para escapar de una prisión. Si me deja en paz con mis libros y mis frascos, seré la esposa más obediente que jamás haya tenido. Pero no me confunda con esas muñecas de la corte. Yo sé exactamente qué tipo de monstruo es usted... y usted no tiene idea de qué tipo de mujer soy yo.

​Caelum sintió una oleada de calor subir por su cuello. Nadie, ni siquiera sus generales, le hablaba con esa mezcla de audacia y elegancia. La mayoría de la gente bajaba la mirada ante su máscara. Ella la desafiaba.

​—Eres arrogante —gruñó él—. Mañana llegaremos a Oakhaven. Allí, el clima es duro y la vida es amarga. Veremos cuánto te dura esa altanería cuando te encuentres sola en un castillo de piedra donde nadie escucha tus gritos.

​—Oh, Duque —susurró Elowen, humedeciendo sus labios con una lentitud calculada que hizo que los ojos de Caelum bajaran hacia su boca por un breve, pero fatal segundo—, no soy yo quien debería tener miedo de los gritos en la noche.

​Elowen se recostó en el asiento y cerró los ojos, fingiendo dormir. Caelum, por el contrario, no pudo volver a leer una sola palabra de sus informes. Por primera vez en años, sentía que algo más que el deber se agitaba en su sangre.

La "Albina de los Valois" no era el mueble que le habían prometido. Era un incendio forestal envuelto en seda blanca.

​Mientras el carruaje avanzaba hacia el norte, hacia el frío y los secretos, ambos sabían que el contrato que habían firmado no era el final de una historia, sino la declaración de una guerra en la que el primer corazón en caer sería el perdedor.

​Elowen tocó discretamente el vial en su escote. Caelum apretó el pomo de su espada. El juego había comenzado.

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Nubia Jaramillo
me gustó mucho su historia felicitaciones
Sephora
Creo que 🤭 viene una camada de cachorros
YUSMARI HURTADO
felicidades autora
Paola Cordero
Estos dos si siguen así tendrán una camada de cachorros jajjaja ni las luces de el anticonceptivo 🤣🤣🤣🤣🤣
Paola Cordero
Estos dos si siguen así tendrán una camada de cachorros jajjaja ni las luces de el anticonceptivo 🤣🤣🤣🤣🤣
YUSMARI HURTADO
oh vaya capitulo 15 y 16 son Los mismo se repitio/Slight/
Maria Luisa Castro
Interesante 👏
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