Esta historia habla de una chica que se embarazó muy joven y tuvo que aprender a sobrevivir en un mundo lleno de dificultades. Sin apoyo suficiente y con pocas oportunidades, se vio obligada a “buscarse la vida” como pudo, enfrentando la realidad desde muy temprano. Por amor a su hija, dejó los estudios y sacrificó sus sueños personales para dedicarse por completo a su crianza, creciendo de golpe y convirtiéndose en madre antes de tiempo.
Sin embargo, su vida da un giro inesperado cuando conoce a un chico millonario, alguien que no la juzga por su pasado ni por ser madre soltera. A diferencia de muchas personas, él la trata con respeto, la escucha y ve en ella algo más allá de sus dificultades: una mujer fuerte, valiente y luchadora.
A partir de ese encuentro, ambos comienzan a construir una relación marcada por la confianza, el apoyo y la superación de prejuicios. Ella empieza a recuperar la esperanza en su futuro, mientras aprende que aún puede soñar y volver a levantarse,
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Capítulo 20: “Diez años después” Narra Violeta
La primera vez que tuve a Briana en mis brazos sentí que el mundo se detenía.
Era tan pequeñita.
Tan frágil.
Y aun así, desde ese instante, se convirtió en la razón por la que seguí viviendo.
Los primeros meses fueron demasiado difíciles.
No voy a mentir.
Había noches donde Briana lloraba y yo lloraba con ella porque no sabía qué hacer. El cansancio me consumía, el dinero apenas alcanzaba y el dolor por Brando seguía vivo dentro de mí.
Pero aun así…
cada vez que mi hija me miraba con esos ojitos grandes, yo sentía fuerzas otra vez.
Ella se parecía demasiado a él.
Demasiado.
Especialmente cuando dormía.
A veces me quedaba mirándola en silencio pensando:
“Brando… te dejó una copia exacta.”
Y ahí volvía el dolor.
Pero también el amor.
Cuando Briana cumplió seis meses empezó a reírse más duro, a agarrarme el cabello, a balbucear cositas incomprensibles mientras me miraba feliz.
Y yo le hablaba de él aunque todavía no entendiera nada.
—Tu papá también era así de inquieto… —le decía sonriendo.
El primer año pasó rápido.
Demasiado rápido.
Mi amiga seguía ayudándome muchísimo. Gracias a ella pude conseguir un trabajo pequeño atendiendo una tienda cerca del barrio. No ganaba mucho, pero alcanzaba para los pañales, la leche y el arriendo del cuarto.
Había días donde yo no comía bien por darle todo a Briana.
Pero nunca me arrepentí.
Nunca.
Cuando ella aprendió a caminar casi me da algo de la emoción.
La veía dar pasitos tambaleándose por el cuarto mientras se reía sola.
—¡Mami! ¡Mami! —me decía.
Y yo corría a abrazarla.
—Ay, princesa hermosa…
Briana creció rodeada de amor aunque no tuviera lujos.
Yo le hacía moñitos en el cabello.
Le compraba vestidos baratos en promociones.
Le celebraba los cumpleaños con lo poquito que tenía.
Y aun así ella siempre sonreía como si tuviera el mejor mundo.
Cuando cumplió tres años empezó a hacer preguntas.
Preguntas pequeñas.
Pero que a mí me rompían el corazón.
—¿Mi papá dónde está? —me preguntó una noche viendo dibujos.
Yo me quedé congelada.
Había esperado tanto ese momento… y aun así nunca estuve preparada.
Me senté al lado de ella.
Y le acaricié el cabello.
—Tu papá te amaba mucho… —le dije suave.
Ella me miró curiosa.
—¿Y dónde está?
Sentí el pecho apretarse.
—Está cuidándonos desde el cielo, princesa.
Ella levantó la mirada hacia arriba.
—¿Muy lejos?
Yo sonreí triste.
—Sí… un poquito lejos.
Y ella solo me abrazó.
Como si entendiera más de lo que parecía.
Los años siguieron pasando.
A los cinco años Briana ya corría por toda la casa hablando sin parar.
Tenía el mismo carácter de Brando.
Terca.
Inquieta.
Y cuando se enojaba hacía exactamente la misma cara que él.
A veces eso me dejaba sin aire.
Porque era como verlo vivo otra vez.
Una tarde encontré una foto vieja mía y de Brando en la moto.
La misma foto del parque.
Briana la agarró curiosa.
—¿Quién es él?
Yo la miré.
Y sentí un nudo en la garganta.
—Tu papá.
Ella abrió los ojos grandotes.
—¿Ese es mi papá?
Yo asentí despacio.
Y Briana sonrió.
—Es bonito.
Yo me reí llorando.
—Sí… lo era.
Esa noche ella abrazó la foto antes de dormir.
Y yo tuve que ir al baño a llorar sola.
Porque aunque habían pasado años…
todavía dolía igual.
Cuando Briana cumplió siete años ya iba a la escuela y era demasiado inteligente. Las profesoras siempre me decían que era una niña noble, aplicada y muy cariñosa.
Y yo me sentía orgullosa.
Porque en medio de tanto dolor…
algo bueno había nacido.
Ella.
Mi hija.
Mi razón.
Mi pequeña Briana.
A veces en las noches ella se acostaba conmigo y me preguntaba historias de Brando.
—¿Mi papá te quería mucho?
Y yo sonreía triste.
—Demasiado.
—¿Y él me quería a mí?
Ahí era cuando se me aguaban los ojos.
—Desde antes de conocerte.
Ella sonreía feliz con eso.
Y abrazaba la almohada.
Los años siguieron pasando rápido.
Demasiado rápido.
Hasta que un día me di cuenta de algo.
Mi bebé ya tenía diez años.
Diez años.
Diez años desde aquella madrugada horrible en el hospital.
Diez años desde que Brando se fue.
Y aun así…
seguía viviendo en nosotras.
En la sonrisa de Briana.
En sus ojos.
En su forma de hablar.
En cada “mami” que ella me decía.
A veces la veía dormir y sentía el corazón lleno y roto al mismo tiempo.
Porque aunque la vida me quitó al amor de mi vida…
también me dejó el pedazo más bonito de él.