Marian Soler solo quería conservar su beca en Aurum Academy y conseguir el tratamiento que su hermana menor necesitaba. Pero una noche escucha una conversación que no debía: Demian Valcárcel, el heredero más poderoso de la universidad, está atrapado en un compromiso impuesto con Isabell Santoro.
Cuando Demian descubre la situación de Marian, le ofrece un trato imposible de rechazar: fingir ser su prometida durante seis meses a cambio de dinero, protección y acceso médico para su hermana.
Ella acepta por necesidad. Él la elige por conveniencia.
Pero en Aurum nada es gratis. Entre rumores, fiestas de élite, secretos familiares y una prometida dispuesta a destruirla, Marian tendrá que decidir si puede sobrevivir al mundo de Demian sin perderse a sí misma… ni caer por el heredero que juró no amar.
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Capítulo 4 — Tú escuchaste demasiado
Marian sintió que el corazón le golpeaba más fuerte.
—Soy una estudiante que quiere terminar su carrera.
—En Aureum nadie es solo una cosa.
—Quizá en su mundo no.
—Estás en mi mundo ahora.
La frase pudo haber sonado arrogante en cualquier otro.
En Demian sonó como un diagnóstico.
Marian apretó la bandeja contra su costado.
—No por elección.
—Casi nadie entra por elección a los lugares que cambian su vida.
Ella soltó una risa breve, sin humor.
—Qué fácil debe ser decir eso cuando se nace con todas las puertas abiertas.
La mirada de Demian se enfrió.
No porque le doliera.
Porque había tocado una línea.
—Las puertas abiertas también son jaulas, Marian.
—Entonces debe ser una jaula muy cómoda.
El silencio volvió a caer.
Esta vez, más peligroso.
Marian supo que había ido demasiado lejos. No porque él fuera a gritarle. Demian Valcárcel no parecía de los que gritaban. Parecía de los que recordaban.
Y cobraban después.
Pero él no respondió de inmediato.
Miró hacia el salón cerrado, luego hacia el corredor por donde Marian debía volver.
—Regresa al evento —dijo.
Marian no esperó a que cambiara de opinión.
Dio media vuelta y caminó con la espalda recta, aunque las piernas le pesaban. No corrió. No iba a darle a nadie el gusto de verla huir. Pero cada paso alejándose de Demian se sintió como caminar con una marca invisible en la espalda.
Cuando llegó al salón principal, la música volvió a envolverla.
Las risas.
Las copas.
Los vestidos brillantes.
Los apellidos intercambiándose favores con sonrisas.
Clara apareció a su lado.
—¿Dónde estabas? Te tardaste demasiado.
Marian dejó la bandeja en la mesa.
—Me perdí.
Clara la miró con sospecha.
—Estás pálida.
—No he cenado.
Era verdad, aunque no era la razón.
—Toma agua en cocina y vuelve. Necesitamos apoyo en la salida de invitados.
Marian asintió.
Atravesó el salón con una jarra en la mano, sirviendo agua a personas que no la miraban. Una mujer dejó su copa vacía en la bandeja sin decir gracias. Un hombre siguió hablando por teléfono mientras ella esperaba a que moviera el brazo. Dos alumnas de Aureum la reconocieron y fingieron no hacerlo, riéndose entre ellas con un disimulo torpe.
Marian siguió trabajando.
Porque eso hacía siempre.
Seguir.
Aunque el mundo se partiera un poco.
Cerca de la medianoche, los invitados comenzaron a retirarse.
Los autos negros avanzaban uno a uno frente a la escalinata principal. Choferes abrían puertas. Guardias murmuraban nombres por comunicadores. El aire olía a flores caras, perfume y lluvia lejana.
Marian salió por la puerta de servicio con el bolso apretado contra el cuerpo.
Solo quería llegar a casa.
Ver a Lía.
Asegurarse de que había tomado la medicina.
Dormir tres horas, quizá cuatro, antes de volver a clases.
Cruzó el sendero lateral hacia la parada de transporte del campus. La zona estaba menos iluminada, aunque en Aureum incluso la oscuridad parecía diseñada.
Entonces vio el auto.
Negro.
Detenido junto al borde del camino.
La ventana trasera bajó con un zumbido suave.
Demian Valcárcel estaba dentro.
Marian se detuvo.
El corazón le dio un golpe seco.
Él no parecía sorprendido de verla. Como si no la hubiera esperado por casualidad, sino por cálculo.
—Sube —dijo.
Marian apretó la correa de su bolso.
—No.
Demian la miró desde el interior del auto, con el rostro parcialmente cortado por la sombra.
—No era una invitación social.
—Y mi respuesta no era una duda.
El chofer permaneció inmóvil al volante.
Demian abrió la puerta desde dentro.
No bajó.
Solo dejó el espacio abierto, como si el mundo estuviera acostumbrado a aceptar sus silencios.
—Necesitamos hablar.
—Ya hablamos.
—No. Tú respondiste lo suficiente para confirmar que no eres estúpida. Eso no es hablar.
Marian sintió una mezcla de miedo y furia.
—Estoy cansada, señor Valcárcel.
—Demian.
—Estoy cansada, Demian —corrigió con filo—. Y no tengo interés en sus problemas familiares.
Él sostuvo su mirada.
—Pero ahora formas parte de uno.
El frío de la noche le rozó los brazos.
Marian miró alrededor. La salida de servicio estaba casi vacía. A lo lejos, dos guardias conversaban sin prestarles atención. Aureum seguía brillando detrás de ellos, enorme, indiferente.
—No voy a subirme a su auto.
Demian bajó entonces.
El movimiento fue tranquilo, elegante, sin prisa. Cerró la puerta detrás de él y quedó frente a ella bajo la luz pálida de un farol.
De pie, imponía más.
No por cercanía.
Por control.
—Hace una hora escuchaste una conversación que podría alterar una alianza entre dos familias —dijo—. Mi padre ya pidió tu expediente. Para mañana, alguien en administración sabrá tu nombre, tu beca, tus horarios y probablemente cualquier debilidad útil.
Marian sintió que la sangre se le iba del rostro.
Lía.
Otra vez, Lía.
—Usted dijo que se encargaría.
—Dije que me encargaría de mi padre. No dije que el problema hubiera desaparecido.
—¿Y qué quiere de mí?
Demian la observó en silencio.
Un auto pasó lentamente por la avenida interna. La luz barrió el rostro de él apenas un segundo y Marian vio algo que no había notado antes: cansancio.
No suavidad.
No tristeza abierta.
Solo una fatiga oscura, escondida debajo del control.
Desapareció enseguida.
—Quiero saber exactamente cuánto escuchaste.
—Lo suficiente para saber que no quiere casarse con Isabell Santoro.
—Eso lo sabe media universidad.
—No de su boca.
—¿Algo más?
Marian dudó.
Demian lo vio.
Por supuesto que lo vio.
—La Fundación —dijo él.
Marian no respondió.
—Escuchaste sobre la Fundación.
—No entendí nada.
—Pero recuerdas la palabra.
—Tengo buena memoria.
—Eso puede ser una virtud o un problema.
Marian levantó la barbilla.
—Para mí siempre ha sido una virtud.
Demian la miró un segundo más de lo necesario.
Luego dijo:
—Para ti, quizá. Para mí, todavía no lo sé.
Marian dio un paso atrás.
—Me voy.
—Marian.
No fue un grito.
Fue peor.
Fue su nombre dicho como una orden que todavía no se había vuelto orden.
Ella se detuvo, odiándose un poco por hacerlo.
Demian se acercó solo un paso.
—A partir de mañana, vas a notar cosas. Personas que te miran más tiempo. Preguntas donde antes no las había. Puertas que empiezan a cerrarse con excusas administrativas. Cuando eso pase, no improvises.
Marian sintió la garganta seca.
—¿Eso es una amenaza?
—Es una advertencia.
—¿Y cuál es la diferencia?
—Que la amenaza vendrá de otros.
El silencio entre los dos se llenó de algo más pesado que la noche.
Marian quiso decir algo firme. Algo digno. Algo que no sonara como miedo.
Pero pensó en Lía dormida con el teléfono bajo la almohada por si necesitaba llamarla. Pensó en su beca. En su matrícula. En la facilidad con que un apellido podía empujarla fuera de Aureum y dejarla sin nada.
Demian inclinó apenas la cabeza.
Sus ojos no se apartaron de los de ella.
—Tú escuchaste demasiado.