Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 5 – EL CONTRATO
La mañana llegó más rápido de lo que Camila quería. Había dormido mal, con la mente enredada entre miradas confusas, mujeres inesperadas y una tensión que parecía adherida a su piel desde que cruzó ese edificio.
Revisó su ropa tres veces. No era una cita. No un reencuentro. Solo una firma. O eso quería creer.
Al llegar, la puerta de la oficina de Leví ya estaba entreabierta.
—Pasa —ordenó su voz desde dentro, sin levantar la vista.
Camila entró con pasos decididos. Llevaba la carpeta con el contrato en la mano. La dejó sobre el escritorio, en silencio. Pero esta vez, su cuerpo estaba tenso, esperando el siguiente movimiento.
—¿No vas a leerlo? —preguntó él, alzando apenas una ceja.
—Ya lo hice. Varias veces. Todo está… en regla.
—¿Y justo?
Lo miró con frialdad.
—Depende de lo que tú llames justicia, Leví.
Leví sonrió con un suspiro irónico.
—Siempre fuiste buena con las palabras… incluso cuando no hablabas.
Y el aire cambió. Otra vez ese pasado escondido tras frases cargadas de memoria. Camila recordó las tardes discutiendo sobre libros, sueños y ese lenguaje mudo que solo ellos entendían.
—Y tú eras más amable cuando no tenías un imperio bajo tus pies —dijo Camila, cruzándose de brazos.
Leví se levantó. Rodeó el escritorio y se detuvo frente a ella.
—¿Eso crees? ¿Qué el poder me cambió?
—No. Creo que el dolor lo hizo.
Leví la miró, pero esta vez no respondió. Su máscara de hielo se resquebrajó por un instante imperceptible, revelando un abismo. Solo esa intensidad en sus ojos, como un lugar donde algo se había roto, y seguía ahí.
—¿Todavía te acuerdas? —susurró.
—Del chico que se fue sin decir nada. Sí.
El silencio se hizo espeso. Luego, él extendió la mano.
—Firma.
Ella tomó la pluma. Al rozar sus dedos, una corriente invisible les recorrió la piel. Ambos lo sintieron. Ambos lo ignoraron.
Mientras firmaba, Leví habló con voz baja y significado oculto:
—No permito distracciones en mi equipo. Ni errores. Y detesto perder el control.
Camila firmó la última hoja. Alzó la mirada.
—Entonces me odias —susurró.
Leví la observó, sin moverse, sin pestañear. Luego guardó el contrato en una carpeta.
—Eres libre de irte.
Ella se giró. Pero antes de tocar el pomo, lo escuchó otra vez:
—¿Él te hizo feliz?
Se detuvo. El corazón se tensó.
—¿Quién?
—El idiota que te escribía todos los días en la universidad.
—¿Daniel? —Camila se giró lentamente, la sorpresa borrando toda su frialdad anterior—. ¿Tú… sabías?
—Por supuesto. Me aseguré de saber todo sobre ti antes de autorizar tu ingreso. Quería saber si aún eras tú.
—¿Y qué descubriste?
Leví la miró como si le doliera respirar.
—Que ninguna versión de ti me es indiferente. Ni siquiera la que ya no me quiere.
Camila tragó saliva. No sabía si abrazarlo, golpearlo o quedarse a preguntarle por qué se fue sin despedirse. Recordó las noches en que soñaba con verlo de nuevo. Y todo el esfuerzo que hizo para olvidarlo.
Pero no hizo nada de eso.
Solo abrió la puerta y se marchó.
Mientras el ascensor bajaba, comprendió que algo había cambiado. Firmó un contrato con su jefe. Pero lo que Leví deseaba de ella… no estaba escrito en ninguna cláusula.