"El arrepentimiento llega cuando el silencio comienza."
Vera y Nadia Smirnov siempre fueron las sombras de los gemelos Vane, hasta que escucharon lo que ellos realmente pensaban: que eran solo unas "chiquillas malcriadas" y un "estorbo" en sus vidas.
Ahora, las gemelas han decidido darles lo que pidieron: ausencia total.
En medio de la boda de Aria y Ethan, Evans y Edans Vane descubren que el poder y la tecnología no sirven de nada contra el hielo de las mujeres que despreciaron. Mientras ellos se desesperan por recuperar su atención, se enfrentan a un obstáculo mayor: la furia de sus padres, Killian y Damián, quienes no perdonarán que hayan roto el corazón de sus niñas.
En esta guerra de egos y orgullo, los enemigos son ellos mismos. ¿Podrán los gemelos Vane convencer a las Smirnov de que ya no son un juego, o las perdieron para siempre?
cuarta parte
_mis hijos hackearon al CEO
_heredero del Pecado
_Dinastía del Leon y la luna
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Capitulo 5
El aire de Cerdeña era espeso, cargado con el aroma del salitre y los perfumes caros de la aristocracia europea que se congregaba en la Villa dei Fiori. Era una noche de máscaras, el tipo de evento donde la identidad se pierde bajo el encaje y el oro, permitiendo que los instintos más bajos salgan a la luz. Pero para Evans y Edans Vane, no había máscara que pudiera ocultar la tormenta de furia que arrastraban desde Nueva York.
Habían aterrizado en Olbia hacía apenas tres horas, saltándose todos los protocolos de la Alianza y moviéndose como fantasmas bajo el radar de sus propios padres. No estaban allí para negociar. Estaban allí porque ver a las gemelas sonreírle a otros hombres a través de una pantalla de cristal les había fracturado algo por dentro.
—Mantén la calma, Edans —susurró Evans, ajustándose una máscara veneciana de cuero negro que le cubría la mitad superior del rostro—. Si armamos un escándalo aquí, Damián se enterará antes de que termine la noche y nos mandará de regreso encadenados.
—La calma se me acabó en el momento en que vi a Nadia subirse a ese yate —respondió Edans con una voz que era un gruñido bajo—. Ahí están. En la terraza superior.
Evans levantó la mirada y sintió un golpe seco en el pecho. Vera estaba radiante. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, con la espalda totalmente descubierta. A su lado, Nadia lucía un conjunto de encaje negro que gritaba peligro. Ambas llevaban antifaces de encaje delicado, pero sus ojos azules brillaban con una chispa de independencia que Evans nunca les había visto.
Y lo peor de todo: estaban rodeadas. El conde italiano de la foto, un hombre rubio con una sonrisa de superioridad que Evans deseaba borrarle a golpes, tenía su mano peligrosamente cerca de la espalda baja de Vera.
Los gemelos Vane se mezclaron con la multitud, moviéndose con la precisión de depredadores. No necesitaban palabras; años de trabajar juntos les permitían coordinar cada paso. Se acercaron a la barra de mármol, pidiendo dos whiskies dobles mientras observaban cómo Vera aceptaba una copa de champagne del italiano.
—¿Siente el ritmo de la música, Vera? —decía el italiano, su voz llegando a los oídos de Evans gracias al discreto micrófono direccional que había instalado en una de las columnas—. Nueva York debe ser un lugar muy gris comparado con esta luz.
—Nueva York es... complicada —respondió Vera, y Evans notó la pequeña pausa en su voz, un rastro de dolor que ella intentaba ocultar con una risa falsa—. A veces la gente allí olvida cómo respirar fuera de sus oficinas.
Evans apretó el vaso de cristal hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Cada palabra de Vera era un dardo directo a su orgullo. Ella no estaba solo divirtiéndose; estaba sanando, y lo estaba haciendo lejos de él.
Edans no pudo aguantar más. Vio cómo Nadia se alejaba hacia un rincón más privado de la terraza con un joven francés que no dejaba de mirarle los labios. Sin decir una palabra a su hermano, Edans dejó el vaso y se abrió paso entre los invitados, su presencia cortando la atmósfera festiva como un cuchillo.
Cuando Nadia sintió una mano firme rodeando su muñeca, su primer instinto fue atacar. Pero el aroma... ese aroma a tabaco, cedro y algo puramente metálico que solo Edans poseía, la hizo detenerse en seco.
—¿Qué haces aquí? —susurró Nadia, girándose para quedar cara a cara con la máscara de Edans—. Te dije que no quería verte.
—No me importa lo que quieras ahora, Nadia —respondió Edans, su voz vibrando de una posesividad oscura—. No voy a dejar que ese tipo te toque como si fueras un premio de consolación. Vámonos.
—No soy tuya para que me des órdenes, Edans Vane —dijo ella, soltándose con un movimiento brusco—. Me llamaste estorbo. Dijiste que estabas harto. Pues felicidades, ya no tienes que estarlo. Ahora lárgate antes de que llame a seguridad.
—Seguridad no me detendrá, y lo sabes —gruñó él, acortando la distancia hasta que sus pechos se rozaron—. Me estoy volviendo loco, Nadia. El silencio en casa me está matando y no voy a permitir que te pierdas en los brazos de un imbécil que no sabe ni cómo sostener un arma.
Mientras tanto, en el centro de la pista, Evans decidió cambiar de táctica. Se acercó al conde italiano justo cuando este intentaba guiar a Vera hacia el baile.
—Me temo que esta pieza me pertenece —dijo Evans, su voz resonando con una autoridad gélida que hizo que el italiano diera un paso atrás por puro instinto.
Vera se tensó. Reconocería esa voz en medio de un tiroteo. Lenta, muy lentamente, se giró hacia él. Sus ojos azules chocaron con los de Evans a través de las máscaras.
—Llegas tarde, Evans —dijo Vera, su voz cargada de un veneno dulce—. Y no recuerdo haberte puesto en mi lista de invitados.
—No necesito invitación para lo que es mío, Vera —respondió él, tomándola de la cintura con una fuerza que no admitía réplicas. El italiano intentó intervenir, pero Evans le lanzó una mirada tan letal que el hombre simplemente se desvaneció entre la multitud.
Empezaron a bailar un vals lento, pero no era una danza de amor; era una guerra. Evans la sostenía con una urgencia que rozaba la desesperación, mientras ella mantenía el cuerpo rígido, negándose a ceder al calor que siempre emanaba de él.
—¿Crees que puedes venir aquí, ponerte una máscara y borrar lo que dijiste? —preguntó Vera, su aliento rozando el cuello de Evans—. Nos humillaste. Nos hiciste sentir que nuestro amor era una carga.
—Fui un idiota —confesó Evans, y por primera vez en sus 29 años, su voz sonó vulnerable—. Estaba asustado, Vera. Asustado de lo mucho que me importas, de cómo controlas cada uno de mis pensamientos. Pensé que alejándolas recuperaría el control de mi vida, pero lo único que hice fue vaciarla de todo lo que vale la pena.
Vera sintió que su resolución flaqueaba por un segundo, pero luego recordó el vacío de esos meses en Nueva York. Recordó las noches llorando en silencio mientras él se enterraba en su trabajo.
—El control es lo único que te importa, Evans. Y por eso me perdiste. Porque yo no soy un servidor que puedas reiniciar cuando cometes un error.
Justo cuando la tensión estaba a punto de estallar, los comunicadores en los oídos de los gemelos Vane pitaron con urgencia. Era la voz de Leo (el hermano menor, que se había quedado en Nueva York vigilando los satélites).
—¡Evans, Edans, salgan de ahí ahora mismo! —gritó el hermano menor—. Papá y Damián acaban de descubrir su ubicación. Han hackeado el plan de vuelo del jet. Damián está furioso. Dice que si no están en el aire en diez minutos, considerará esto una violación del tratado y la Alianza se termina.
Vera, que también tenía un auricular oculto conectado a la red de los Smirnov, escuchó el mensaje y sonrió con malicia.
—Parece que tus vacaciones se terminaron, Evans —dijo ella, empujándolo suavemente para alejarse—. Papá viene en camino, y créeme, él no está de humor para tus disculpas de medianoche.
Evans miró a Vera, luego a Edans, que venía hacia él con Nadia siguiéndolo con una mirada de triunfo. Estaban atrapados. Si se quedaban, arriesgaban la paz entre las familias. Si se iban, confirmaban su derrota.
—Esto no ha terminado, Vera —sentenció Evans, dándole la espalda para caminar hacia la salida—. Solo estamos reagrupándonos. Disfruta de tu champagne y de tus condes mientras puedas. Porque cuando regresemos, y lo haremos, no habrá máscara ni océano que te proteja de lo que siento por ti.
Los gemelos Vane desaparecieron en la oscuridad de la noche italiana, dejando tras de sí un rastro de promesas rotas y un perfume que Vera y Nadia no pudieron quitarse de la piel en toda la noche. La guerra apenas comenzaba, y esta vez, el campo de batalla era el corazón.
Espero que el orgullo de las gemelas no sea tan drástico
Ellos se equivocaron pero ellas están siendo demasiado duras 🤦🤦😅