Me enamoré de una Youtuber que quiere seguir en el anonimato.
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AÑORANZA
Al día siguiente, Sofía llegó a la agencia después de toparse con dos accidentes de tráfico, un limpiaparabrisas que se sentó en el capó de su auto y unos vendedores de queso que se pelearon frente a ella mientras esperaba que el semáforo se pusiera en verde.
Llegó a su trabajo, se sentó en su escritorio, encendió la computadora y revisó su bandeja de entrada. Entre varios correos vio uno de “Lumen Creativa” con el asunto “Propuesta Final – Campaña Cosmética Orgánica”.
Lo abrió, descargó los archivos adjuntos y los revisó con ojo crítico. Todo parecía estar en orden: los mockups se veían limpios, los colores correctos y la presentación bien armada.
—Bien, esto quedó como debería, las modelos se ven cálidas pero sin sentirse ñoñas y la maquetación es peculiar, pero muy llamativa. —murmuró.
Reenvió todo a su jefa con un breve mensaje: “Becky, aquí está la propuesta de Lumen. Se ve bien, ¿quieres que agendemos la revisión para mañana?”.
Después de unos minutos llegó la contestación: "Mañana a las 4:00".
El resto del día transcurrió atareado, pero fluido, aunque sabía que esa junta podría convertirse en un incordio si es que su jefa tenía otra visión de la campaña.
Cerró la laptop, se despidió y se lanzó a pelear en la jungla de asfalto.
Mientras tanto, en su departamento, Carolina pasó la tarde revisando métricas de sus videos. El segundo que había grabado con más concentración estaba funcionando mejor que el primero “pasable”. Contestó algunos comentarios de sus suscriptores, leyó correos de colaboraciones que nunca aceptaba y preparó la cena: arroz con pollo y una porción grande de papas a la francesa que no pudo evitar.
Mientras cocinaba, con la mente más fría que la noche anterior, se dijo en voz baja:
—No lo voy a volver a ver. Mientras no regrese a ese bar, no hay forma. Es una lástima… me gustaba mucho ese lugar. La comida era rica y el ambiente tranquilo.
Suspiró y siguió revolviendo la sartén.
Más tarde, después de cenar, abrió la ducha. El vapor empezó a llenar el baño. Se quitó la ropa despacio y se paró frente al espejo de cuerpo entero. Ella nunca hubiera comprado un espejo tan grande, pero ya estaba ahí incrustado cuando se mudó al departamento.
Su cabello largo y castaño caía sobre sus hombros y espalda. Observó su figura, su piel blanca, su vientre suave y sus curvas generosas. Sus ojos negros se llenaron de tristeza.
Con voz melancólica y tierna, casi como si estuviera narrando un cuento triste, murmuró:
—Nadie podría quererme con este cuerpo…
Se metió a la regadera, pero no se bañó de inmediato. Se quedó bajo el chorro de agua caliente, dejando que las lágrimas cayeran libremente.
El agua ocultaba su llanto suave y entrecortado. Lloró varios minutos, abrazándose a sí misma, sintiéndose vulnerable y pequeña. Al final se lavó el cuerpo con movimientos mecánicos, se enjuagó el cabello y salió envuelta en una toalla grande.
Se fue a la cama y se quedó viendo Reels y Shorts hasta quedarse dormida.
A esa misma hora, Alejandro decidió volver al bar.
Llegó a “El Refugio del Gato” alrededor de las nueve. Pidió una cerveza negra y se sentó en la misma mesa de la otra noche. Miraba hacia la mesa del fondo cada pocos minutos, con la esperanza de ver esa cortina de cabello castaño largo y esa figura llenita sentada allí. Pidió unas alitas solo para tener algo que hacer, pero apenas las probó.
Las horas pasaron. Las diez, las once, las doce de la noche. El bar empezó a vaciarse. Alejandro apenas había dado un par de sorbos a su cerveza; la mayor parte del tiempo la pasó dando vueltas al vaso con la mirada perdida.
No hubo suerte. Pagó la cuenta, salió a la calle y suspiró profundamente, metiendo las manos en los bolsillos de su chamarra.
—Qué tonto soy… —murmuró para sí mismo.
Caminó hasta su auto y se fue a casa.