Keile es el hijo de un estricto general toda su vida fue criado entre régimen reglas y perfección su ojos verdes siempre alerta siempre fríos y distante no omite errores si piel blanca y su cabello dorado no van encanja dentro de los estándares de soldado para el que fue creado a sus 24 años no conoce el amor lo concidera un distracción de lo que realmente importa sengu el.
Su nemesis Brayan hijo del más temido mafioso fue criado de forma muy distinta sin reglas sin estándares
Lejos de la perfección extrema y rodeado no solo de lujos también de amor de pies impecable ojos grises y complexión musculosa a sus 25 años es listo escurridizo estratégico su mente es analítica cuando debe
ambos comienza una rivalidad desde el jardín de infancia cuando Brayan derramó sin queres sobre la mochila de Keile un juego de uva desde entonces Keile lo a visto como un ejecutivo pero mientras el va enserio en querer hundirlo Brayan se divierte viendolo intentar y fracasar tomado todo como un juego
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fin del juego
La vibración en mi bolsillo lateral me cortó la nota alta de la risa. Era un zumbido rítmico, pesado, con ese código de encriptación que solo usaba una persona. El juego se había acabado antes de tiempo.
Saqué el dispositivo mientras mantenía la vista fija en Keile. Él estaba allí, de pie, con los hombros cuadrados y esa expresión de "voy a salvar al mundo de ti", pero pude ver cómo sus ojos bajaban un segundo hacia mis manos. Estaba calculando mi siguiente movimiento, analizando mi distracción.
—¿Problemas en el paraíso, Brayan? —soltó con esa voz de barítono que usa para dar órdenes.
—Peor —respondí, deslizando el dedo para aceptar la llamada. No me hizo falta hablar. La voz de mi viejo al otro lado, seca y cargada de esa autoridad que hace que incluso a alguien como yo se le erice la piel, fue breve: "Extracción en cinco minutos. Te necesito de vuelta. Ahora".
Corté la comunicación y guardé el equipo. Suspiré, dejando que mis hombros cayeran, fingiendo una derrota que sabía que lo descolocaría.
—Parece que papá quiere que vuelva a casa, Soldadito —dije, dando un paso hacia él en lugar de retroceder.
Keile no se movió. Se puso en guardia, esperando un ataque, una granada de humo, cualquier truco sucio. Pero no hice nada de eso. Me acerqué tanto que pude oler el jabón neutro de su uniforme y sentir el calor que emanaba de su cuerpo tenso.
Levanté su guante, el trofeo que todavía sostenía en mi mano. Él extendió la suya, la que tenía desnuda, esperando que se lo entregara con la sumisión que dicta su manual. En lugar de eso, rodeé su muñeca con mis dedos. Su pulso saltó bajo mi tacto, rápido, errático, como un animal atrapado.
—Te lo devuelvo —susurré, pegando mis labios a su oído, justo donde el cuello del uniforme rozaba su piel—. Pero no porque me hayas atrapado.
Deslicé el guante muy despacio por su palma, asegurándome de que mi piel rozara la suya en cada milímetro. Vi cómo su garganta se movía al tragar saliva. El gran Alfa, el hombre de hielo, estaba conteniendo la respiración.
—Quédatelo para que recuerdes que, por mucho que te esfuerces en ser perfecto, siempre vas a querer que alguien te rompa las reglas —le dije, dejando que mi aliento le rozara la mejilla—. Admítelo, Keile... tu corazón está latiendo tan fuerte ahora mismo que podrías romper el monitor de tu unidad de inteligencia.
Me alejé de un salto antes de que pudiera reaccionar, subiéndome al borde del contenedor rojo. Lo miré desde arriba una última vez. Keile se había quedado estático, con el guante a medio poner, mirándome con una mezcla de furia y una confusión tan profunda que casi me dio lástima. No era odio lo que veía en sus ojos; era algo que no sabía nombrar porque no estaba en sus libros.
—¡Hasta la próxima, Alfa! —le grité, lanzándole un beso al aire antes de desaparecer en la oscuridad hacia el punto de extracción.
Me fui sabiendo que, aunque él se quedara con el muelle y el control, yo me llevaba algo mucho más divertido: le había arruinado el silencio de su propia mente
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Estoy muy agradecido con esta obra, la disfruté demasiado, muchas gracias.