Atenea Moretti siempre ha sido la joya más protegida de la familia Moretti. Su heterocromía la hace imposible de olvidar, y para su padre, uno de los hombres más poderosos de la mafia, ella es lo único que queda de la mujer que amó. Ocho años después de la muerte de su madre, una nueva familia entra en sus vidas. Una madrastra, dos hermanastros que cambiarán su mundo para siempre. Mientras Atenea intenta adaptarse a su nueva realidad, descubre que la muerte de su madre no fue un accidente. Entre secretos, traiciones y luchas de poder, deberá encontrar la verdad antes de que esta la destruya. Porque en la mafia, la sangre es poder. Y algunos secretos están dispuestos a matar para permanecer enterrados.
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El vestido perfecto
Por primera vez en semanas, la mansión hablaba de algo que no era muerte, secretos o investigaciones.
La boda.
La esperada boda entre Alessandro y Elena.
Los preparativos ocupaban cada rincón de la casa.
Flores.
Invitaciones.
Decoración.
Música.
Invitados importantes llegando de distintos lugares.
Todo avanzaba a una velocidad imposible.
Y Elena estaba agotada.
—No sabía que casarse implicaba responder trescientas llamadas por día.
Se quejó una mañana.
Bianca soltó una carcajada.
—Todavía faltan dos semanas.
—No me ayudes.
Por suerte había una cosa menos de la que preocuparse.
El vestido de Atenea.
Bianca prácticamente había secuestrado el diseño desde el primer día.
Porque adoraba bordar.
Y aún más cuando se trataba de alguien que quería.
—Será hermoso.
Declaró Bianca.
—Eso dijiste de los últimos cinco.
—Y tenía razón.
—Uno parecía una cortina.
—Una cortina elegante.
Al final, Elena quedó atrapada entre reuniones y preparativos.
Así que alguien tenía que acompañar a Atenea a las pruebas.
Y para desgracia de cierta persona…
Ese alguien terminó siendo Adrián.
—¿Por qué yo?
Preguntó mientras conducían.
—Porque Bianca está ocupada.
—Matteo estaba libre.
—Matteo intentó convencerme de aparecer vestida como una princesa medieval.
—Punto para Matteo.
—No.
—Definitivamente sí.
Llegaron al atelier poco después.
Un lugar elegante donde Bianca había trabajado personalmente con las costureras.
Había telas por todas partes.
Encajes.
Perlas.
Bordados.
Y demasiadas opciones.
—Bienvenida, señorita Atenea.
Sonrió una de las diseñadoras.
—Tenemos varias pruebas preparadas.
Adrián ya sospechaba que aquello sería largo.
Muy largo.
Y tenía razón.
Una hora después seguían allí.
—¿Y este?
Atenea salió del probador.
Girando sobre sí misma.
El vestido era azul oscuro.
Elegante.
Sofisticado.
Adrián levantó la vista de su teléfono.
—Está bien.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Solo bien?
—Correcto.
Atenea entrecerró los ojos.
—Qué opinión tan útil.
—Gracias.
La diseñadora intentó ocultar una sonrisa.
Veinte minutos después apareció con otro.
Color lavanda.
Más delicado.
Más suave.
—¿Y ahora?
Preguntó.
Adrián observó unos segundos.
—Me gusta más.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Eso tampoco ayuda.
—Tiene razón.
Intervino una costurera.
—El color le queda muy bien.
Atenea sonrió satisfecha.
Como si hubiera ganado una discusión importante.
El tercer vestido fue descartado inmediatamente.
Por todos.
Incluida ella.
—Parezco una lámpara.
—Pareces una lámpara.
Confirmó Adrián.
—Gracias.
—Siempre dispuesto a ayudar.
Atenea terminó riendo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Se sintió ligera.
Normal.
Como una chica de su edad.
Y no como alguien perseguida por secretos del pasado.
Finalmente apareció con un cuarto vestido.
Y esta vez…
La habitación quedó en silencio.
Era sencillo.
Elegante.
Color verde esmeralda.
Con detalles bordados a mano por Bianca.
Delicados.
Hermosos.
Atenea giró lentamente.
Mirándose en el espejo.
—¿Y?
Preguntó.
Nadie respondió enseguida.
La diseñadora sonrió.
Las costureras también.
Y Adrián se quedó observándola un segundo más de lo habitual.
Solo uno.
Pero suficiente.
—Ese.
Dijo finalmente.
Atenea levantó una ceja.
—¿Ese?
—Sí.
—¿Por qué?
Él pareció buscar las palabras.
Algo raro en él.
—Porque parece que fue hecho para ti.
El silencio regresó.
Mucho más incómodo esta vez.
Atenea sintió calor en las mejillas.
Y rápidamente volvió a mirar el espejo.
—Creo que este es el indicado.
Murmuró.
—Sí.
Respondió Adrián.
Sin apartar la vista.
—Yo también.
Y por alguna razón, ninguno de los dos estaba hablando únicamente del vestido.