Una historia de amor, odio y venganza
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El pacto
Cap 13
El coche recorrió la autopista hacia el norte durante una hora antes de que Dante decidiera parar. Valentina perdía sangre aunque la herida era superficial; la bala le había rozado el hombro izquierdo, arrancando carne pero sin tocar hueso. Lucas, aún tembloroso, le limpió la herida con agua de una botella y la vendó con la camiseta que él mismo se quitó. Dante, entretanto, revisaba el expediente que habían robado.
—Esto es más grande de lo que imaginaba —dijo, pasando las páginas con dedos que apenas temblaban—. No es solo tráfico de niños. Hay cuentas suizas, nombres de jueces, políticos, policías. Si esto sale a la luz, se cae medio gobierno.
—Por eso Renato nos dejó huir —respondió Valentina, con la voz débil pero la mirada fiera—. Sabía que llevarnos el expediente nos convertiría en objetivos. Ahora no solo nos busca él. Nos buscarán todos los que aparecen en esas páginas.
Lucas, que estaba sentado en el suelo del arcén, levantó la cabeza.
—Entonces ¿qué hacemos? ¿Nos entregamos? ¿Quemamos el expediente?
—No —dijeron Dante y Valentina al unísono.
Se miraron. Fue un instante de conexión genuina, de esos que habían sido tan escasos entre ellos. Dante le tendió la mano a Valentina para ayudarla a levantarse; ella la aceptó.
—Hay una tercera opción —dijo Dante—. Usar el expediente como moneda de cambio. No para salvar nuestras vidas, sino para comprar algo más valioso.
—¿El qué? —preguntó Lucas.
—La libertad. No la nuestra. La de todos los niños que siguen atrapados en esa red. Si entregamos esto a los medios de comunicación en lugar de a la fiscalía, la presión popular obligará a actuar aunque los jueces estén comprados.
Valentina negó con la cabeza.
—Los medios también están comprados. Lo sabe cualquiera que lea un periódico.
—No todos. Conozco a una periodista de investigación en El País. Se llama Marta Fuentes. Ha estado tras la pista de la red Montenegro durante años, pero nunca ha tenido pruebas suficientes. Esto —Dante alzó el expediente— es lo que necesita.
—¿Y por qué iba a ayudarnos? —preguntó Lucas—. Somos Montenegro. Para ella, somos los enemigos.
—Porque no le importa de quién vienen las pruebas. Le importa la verdad.
Valentina se incorporó con dificultad. El hombro le ardía, pero el dolor era limpio, casi bienvenido. La mantenían despierta, enfocada.
—Hagamos una cosa —propuso—. En lugar de entregar todo el expediente, entregamos una copia. Nos quedamos con el original como seguro. Si alguien intenta matarnos, las pruebas salen a la luz igualmente. Es el pacto de los muertos vivientes: mientras respiremos, el secreto estará a salvo.
Dante la miró con una admiración que no intentó ocultar.
—Eres más Montenegro que yo —dijo.
—No me insultes.
Lucas soltó una risa nerviosa. Era la primera vez que reía desde que salieran del almacén de Renato.
—Entonces estamos de acuerdo. Copiamos el expediente, enviamos una copia anónima a Marta Fuentes, y nos escondemos hasta que la bomba explote.
—¿Dónde nos escondemos? —preguntó Valentina.
Dante y Lucas se miraron. Ambos pensaron en el mismo lugar al mismo tiempo.
—La cabaña de la sierra —dijo Dante—. Nadie la conoce excepto nosotros. Ni siquiera mi padre.
—Y tu padre es el único que podría decirle a Renato dónde estamos —añadió Lucas—. Pero no sabe nada de ese lugar. Es el escondite perfecto.
Valentina recordó la noche en la cabaña. El fuego, los abrazos, las confesiones. Aquella noche había sido el principio de algo que aún no terminaba de entender.
—Vamos —dijo, subiendo al coche—. Pero con una condición: esta vez, sin mentiras. Los tres sabemos cosas que el otro desconoce. Es hora de poner las cartas sobre la mesa.
Dante arrancó el coche. Lucas se acurrucó en el asiento trasero con el expediente abrazado al pecho. En la radio sonaba una canción antigua, de esas que hablan de amores imposibles y caminos que se bifurcan.
—Te contaré todo —prometió Dante, sin apartar la vista de la carretera—. Sobre mi madre. Sobre el día que murió. Sobre lo que realmente siento por ti.
—No quiero lo que sientes —respondió Valentina—. Quiero lo que haces. Los sentimientos se los lleva el viento. Las acciones quedan.
El coche se perdió en la noche, hacia la frontera con España. Atrás quedaba Lisboa, Renato, los disparos. Delante, la cabaña de madera y piedra, las brasas del fuego, y la posibilidad de un futuro que ninguno de los tres se atrevía a imaginar.
Pero en el mundo real, los pactos se rompen. Y el de ellos no iba a ser la excepción.