NovelToon NovelToon
Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22: La plaza que no está en ningún mapa

La plaza era un lugar imposible. Valentina lo supo en cuanto sus pies tocaron el suelo de tierra apisonada. El aire olía a jazmines y a pan recién horneado, mezclados con un vago aroma a tiempo detenido. Los árboles eran de una especie que no reconocía: troncos plateados, hojas que cambiaban de color mientras uno las miraba, del verde al dorado y del dorado al rojo sin estación alguna.

—¿Dónde estamos? —preguntó Marta, dando una vuelta sobre sí misma como una niña en un lugar nuevo.

—En ninguna parte —respondió Nora, con sus ojos dorados brillando más que nunca—. Y en todas. Esto es lo que el tiempo construye cuando no tiene heridas que sanar. Un espacio de descanso. Un regalo.

—¿Un regalo de quién? —preguntó la piloto, con una mano en el bolsillo donde solía guardar el bisturí, ahora vacío.

—De nosotras mismas —dijo Lucía, levantándose del banco con la agilidad de una mujer veinte años más joven—. Cada vez que una viajera cierra una grieta, una parte de su energía se queda flotando. Con el tiempo, esa energía se junta. Forma lugares como éste. La plaza es nuestra. De todas las versiones, de todas las épocas, de todas las que vinieron y se fueron.

Clara enfermera caminó hacia la fuente del centro. El agua era cristalina, pero no mojaba. Cuando metió la mano, sintió una caricia tibia, como si el agua la conociera.

—¿Podemos volver cuando queramos? —preguntó.

—Si aprendemos a encontrar el camino —dijo Elena, que estaba recostada contra un árbol, con los brazos cruzados y una expresión de paz que no le habían visto nunca—. No es fácil. La plaza no está en el tiempo. Está fuera. Para llegar hay que desconectarse del todo. Dejar de ser "la enfermera", "la piloto", "la nieta". Acá sólo somos almas.

—¿Y podemos quedarnos? —preguntó Valentina, mirando a su abuela.

Lucía negó con la cabeza, pero su sonrisa seguía intacta.

—Podemos visitar. Pero no podemos quedarnos. La vida está allá afuera, nena. En el tiempo real. Con el dolor real. Con la gente real. Acá es un descanso. Un respiro. Pero si nos quedamos, dejamos de vivir.

—Como yo en la habitación blanca —dijo Elena con amargura—. Siglos de descanso forzado. No se lo recomiendo a nadie.

Las siete se sentaron en círculo sobre el pasto plateado. No había mapa, no había bombilla, no había espejo. Sólo ellas y el silencio amable de la plaza.

—Cuéntenme cómo están —pidió Lucía, como una abuela que pregunta por sus nietos después de mucho tiempo.

Y hablaron. No de grietas ni de viajes. Hablaron de cosas pequeñas. Clara contó que había adoptado un gato color naranja y que lo había llamado "Bombilla" en honor al objeto que las había unido. La piloto contó que estaba aprendiendo alemán y que le costaba horrores la pronunciación. Marta contó que en el sanatorio había conocido a una mujer joven que veía sombras y que estaba convencida de que no eran alucinaciones, sino otras versiones de sí misma.

—¿Y vos qué pensás? —preguntó Valentina.

—Creo que tal vez tiene razón —dijo Marta—. Creo que hay muchas más viajeras de las que sabemos. Que el don no es sólo nuestro. Que está esparcido por el mundo, en mujeres que no tienen nuestros ojos verdes pero tienen nuestra misma sed de tiempo.

Nora asintió con energía.

—En el entre vi fragmentos de otras líneas. Otras familias. Otras sangres. No somos las únicas rotas. Somos las únicas que se juntaron.

—Eso nos hace especiales —dijo Elena.

—Nos hace responsables —corrigió Lucía—. Si hay otras viajeras perdidas, tenemos que ayudarlas. No podemos quedarnos en nuestra plaza linda mientras afuera el tiempo sigue doliendo.

—¿Y cómo las encontramos? —preguntó la piloto.

—La bombilla —dijo Valentina, tocándose el bolsillo donde guardaba el objeto—. Aunque está fría. Aunque no vibra. Tal vez sólo necesita un nuevo propósito.

Lucía tomó la bombilla de manos de su nieta. La levantó contra la luz imposible de la plaza. El metal brilló un instante, no con el resplandor de antes, sino con un fulgor más suave, más constante.

—No está muerta —dijo—. Está descansando. Como nosotras. Cuando volvamos a la acción, ella también va a despertar.

—¿Cuándo volvemos? —preguntó Clara.

—Cuando encontremos a la primera —dijo Nora.

—¿La primera? —preguntó Marta—. ¿Otra vez?

—No la primera de nosotras. La primera viajera de otra línea. La que está más cerca, la que más necesita ayuda. La que no sabe que existe un lugar como éste.

Elena cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, sus pupilas habían cambiado. No eran verdes como siempre. Eran grises, como el mar antes de una tormenta.

—La siento —dijo—. Está en 1978. En un pueblo chico de México. Se llama Sofía. Tiene diecisiete años. Ve grietas desde que nació, pero cree que está loca. Nadie le cree. Ni siquiera su madre.

—¿Cómo hacés para sentirla? —preguntó Valentina.

—Porque yo fui ella —respondió Elena—. No literalmente. Pero su dolor es el mismo que el mío. El mismo que el de todas nosotras. La soledad de ser la única que ve lo que los demás no ven. La locura de saber que el tiempo no es lo que parece.

—Vamos a buscarla —dijo la piloto, poniéndose de pie—. No podemos dejarla sola.

—No todas —dijo Lucía—. Esta vez, algunas tienen que quedarse. La plaza necesita guardianas. Alguien que cuide el lugar para las que vengan después.

—¿Yo —se ofreció Marta—. Me quedé dormida cien años. Quedarme quieta un rato más no me va a hacer mal.

—Yo también —dijo Clara—. Ya viajé suficiente. Prefiero cuidar la casa.

—Yo voy —dijo la piloto.

—Yo voy —dijo Nora.

—Yo voy —dijo Elena.

—Yo voy —dijo Valentina.

Lucía las miró una por una. Después asintió.

—Vayan. Pero prométanme algo.

—¿Qué? —preguntaron las cuatro.

—Que no van a tratar de salvar a Sofía. No es una grieta. No es una herida. Es una persona. Una chica asustada. No la van a rescatar. La van a acompañar. La van a escuchar. La van a ayudar a entender que no está sola. El resto ella sola lo va a hacer.

—¿Cómo sabés? —preguntó Valentina.

—Porque todas lo hicimos —respondió Lucía—. Cuando alguien nos tendió la mano, nosotras solas encontramos el camino. No es diferente con ella.

Las cuatro viajeras se despidieron de las que se quedaban. Abrazos cortos, apretados, sin lágrimas. Ya no había espacio para lágrimas en sus vidas. Había espacio para acción.

Cerraron los ojos. Pensaron en 1978. En un pueblo mexicano. En una chica de diecisiete años que se miraba al espejo y veía cosas que nadie más veía.

El salto fue suave, como siempre ahora.

Cuando abrieron los ojos, estaban en una habitación pequeña, con paredes de color rosa desgastado. Había un póster de una banda de rock, un montón de libros en el piso, y una cama revuelta.

Sentada en la cama, con los brazos alrededor de las rodillas, estaba Sofía.

Tenía el pelo negro, largo, enredado. Los ojos marrones —no verdes—, pero del mismo verde en el fondo, si uno miraba bien. La misma mirada de todas ellas.

—¿Quiénes son? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Cómo entraron?

—Somos como vos —dijo Valentina, sentándose en el borde de la cama sin pedir permiso—. Vemos cosas. Viajamos sin movernos. Y vinimos a decirte que no estás loca.

—¿Cómo puedo saber que no es una alucinación?

—Porque cuatro personas no alucinan lo mismo al mismo tiempo —dijo la piloto, apoyándose contra la pared.

—A menos que estén de acuerdo en la alucinación —objetó Sofía.

—Lindas preguntas —dijo Elena con una sonrisa—. Esa mente tuya te va a salvar la vida.

Sofía las miró una por una. Después, lentamente, bajó los brazos de las rodillas. Estiró las piernas. Respiró hondo.

—Muéstrenme —dijo—. Muéstrenme el tiempo.

Nora sacó la bombilla de su bolsillo. No estaba fría. Vibraba suavemente, como un corazón pequeño.

—Poné la mano acá —dijo Nora.

Sofía dudó un segundo. Después apoyó la palma sobre el metal.

La bombilla brilló. Y en ese brillo, Sofía lo vio todo: el quirófano, la plaza, las grietas, las mujeres, el pasado, el futuro.

Cuando abrió los ojos, estaba llorando.

—No estoy sola —susurró.

—No —dijo Valentina—. Nunca lo estuviste.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play