"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 4: El Fuego en la Sangre
El Club "El Olimpo" esa noche era un hervidero de diamantes y susurros. Bianca, bajo su máscara de Flor, caminaba por el salón con una elegancia mecánica. El collar de diamantes negros que Andrés le había obligado a usar pesaba sobre su cuello como una sentencia. Ella sabía que cada hombre en esa sala la miraba, pero también sabía que ninguno se atrevía a dar un paso hacia ella. La sombra de Urrieta era un muro infranqueable.
O eso creía ella hasta que llegó a la barra de caoba del fondo, buscando un respiro del asedio visual de Andrés, quien vigilaba cada uno de sus movimientos desde el balcón del segundo piso.
— Un vaso de agua, por favor —pidió Bianca al barman.
— El agua es para los que no tienen nada que olvidar, preciosa. Tú pareces tener una enciclopedia entera bajo esos ojos de cristal.
La voz era distinta. No era la autoridad gélida de Andrés ni la calidez rústica de Santiago. Era una voz ronca, cargada de una confianza magnética y un rastro de peligro callejero. Bianca giró la cabeza y se encontró con Juan Aguilar.
Juan no vestía un traje de tres piezas. Llevaba una chaqueta de cuero oscuro sobre una camisa desabrochada, y una sonrisa que parecía un desafío directo al mundo. Sus ojos no la miraban con la devoción de Santiago ni con la posesión de Andrés; la miraban con un hambre cruda, de igual a igual.
— No deberías estar hablándome —susurró Bianca, sintiendo un calor desconocido trepando por su cuello—. Mi dueño tiene poca paciencia y mucha memoria.
— No creo en los dueños, Flor. Solo en los momentos —Juan dio un paso más, invadiendo ese espacio que nadie se atrevía a tocar—. Y este momento me dice que estás gritando por dentro aunque tu cara diga que eres una estatua de mármol.
Juan extendió la mano y, en un movimiento relámpago, rozó los dedos de Bianca sobre la barra. Fue como un latigazo eléctrico. Por primera vez en meses, Bianca no sintió asco ni miedo; sintió un chispazo de vida, una pasión que la hizo recordar que, debajo de las sedas y las deudas, seguía siendo una mujer de carne y hueso.
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La Reacción de la Bestia
El silencio cayó sobre la barra como una guillotina. Bianca levantó la vista hacia el balcón y vio a Don Andrés. Ya no estaba sentado; estaba de pie, con las manos apoyadas en el barandal, los nudillos blancos y una expresión que habría hecho temblar al hombre más valiente de la ciudad.
Andrés bajó las escaleras con una calma aterradora, cada paso resonando como un tambor de guerra. El barman retrocedió y los clientes se apartaron.
— ¿Hay algún problema aquí, Aguilar? —la voz de Andrés era un susurro letal al llegar frente a ellos.
— Ninguno, Urrieta —respondió Juan, sin apartar la mano de la de Bianca hasta el último segundo—. Solo comentaba lo bien que le sientan los diamantes a tu... protegida.
Andrés tomó a Bianca del brazo con una fuerza que le dejó una marca inmediata bajo la seda. No la miró a ella; sus ojos estaban fijos en Juan, en un duelo de machos alfa que hacía vibrar el aire.
— Mis joyas no necesitan tus comentarios. Y mi mujer no necesita tu compañía —Andrés se inclinó hacia Juan, reduciendo la distancia—. Si vuelves a dirigirle la palabra, me encargaré de que la próxima vez que intentes hablar, sea a través de un tubo en un hospital.
Juan soltó una risa corta, desafiante, y retrocedió con las manos en alto, pero sus ojos le enviaron un mensaje final a Bianca: Te veré de nuevo.
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El Castigo en la Oscuridad
Andrés arrastró a Bianca hacia el reservado privado, cerrando la puerta con un estruendo que hizo que las copas de cristal vibraran. La empujó contra la pared, atrapándola entre su cuerpo y el muro frío.
— ¿Quién te dio permiso para tocarlo? —rugió Andrés, con la cara congestionada de una rabia posesiva—. ¡Te compré para que fueras intocable! ¡Eres mi marca, mi estandarte!
— ¡Yo no lo toqué, él se acercó! —gritó Bianca, la espina de su carácter emergiendo finalmente—. No puedes controlar el aire que respiro, Andrés. ¡Me tienes aquí, tengo tu collar, cumplo tus caprichos! ¿Qué más quieres?
Andrés le tomó la cara con una mano, apretando sus mejillas hasta que ella tuvo que abrir los labios.
— Quiero tu alma, Bianca. Quiero que cuando cierres los ojos, solo veas mi sombra. Si vuelves a permitir que un perro como Aguilar te mire así, destruiré todo lo que amas. Empezando por ese vecino tuyo que te mira desde la cerca cada tarde.
Bianca se quedó helada. Él lo sabía todo. Sabía lo de Santiago. El miedo por sus hermanas se transformó en un terror helado por el hombre que la amaba de verdad.
— No le hagas nada a Santiago —suplicó ella, con la voz quebrada.
— Entonces pórtate como la joya que eres —sentenció Andrés, soltándola bruscamente—. Límpiate la cara. Los invitados esperan. Y recuerda, Flor... el cristal que se rebela, termina hecho añicos.
Bianca se quedó sola en la penumbra del reservado. Se miró al espejo, con los labios hinchados y el cuello marcado. Había sentido el fuego de Juan y el hielo de Andrés en la misma noche. Y supo que la guerra apenas comenzaba.