nada es para siempre
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4
—¿Lista? —preguntó Azul, dándole un último toque al cuello de su camisa blanca frente al espejo del vestidor de empleados.
Roberta, que estaba sentada en una banca de madera peleándose con una de sus zapatillas de trabajo, soltó un bufido de frustración y se cruzó de brazos, clavando la mirada en el suelo.
—No... —protestó Roberta, haciendo un mohín con los labios—. De verdad, hoy no tengo el cuerpo ni el alma para aguantar clientes exigentes, Azul. Tengo los pies destrozados del turno de ayer.
Azul se giró por completo, mirándola con una mezcla de firmeza y cariño fraternal. Sabía perfectamente que el cansancio era real, pero también sabía que las cuentas no esperaban a que ellas se sintieran de humor.
—¿Cómo que no, Rob? Necesitamos esto, y lo sabes muy bien. Así que borra esa cara, ponte el uniforme completo, hazte una coleta bien firme para que no te estorbe el cabello y sal a trabajar con una sonrisa. Acuérdate de la regla de oro de este lugar: mientras más sonrías, más propinas dejan. Las sonrisas abren las billeteras de los ejecutivos, grábatelo.
Roberta levantó la cabeza, entornando los ojos con una mirada cargada de pura ironía.
—Y lo dice la que nunca sonríe... —replicó, soltando una risita burlona—. La reina del hielo dándome clases de simpatía y relaciones públicas. Qué ironía de la vida.
Azul no pudo evitar que una pequeña y rápida sonrisa se le escapara. Tomó su bandeja de servicio y la acomodó bajo el brazo con total profesionalismo.
—Aquí sí sonrío, porque me pagan por hacerlo —respondió Azul con pragmatismo puro—. Anda, muévete. Me adelanto para checar las mesas del piso principal. Te veo afuera en dos minutos, ¿ok?
—Sí, está bien, ya voy... —cedió Roberta, poniéndose de pie de mala gana y tomando una liga para recogerse la melena en una coleta alta—. Pero prométeme una cosa, Azul. Prométeme que cuando seamos ricas y tengamos la vida resuelta, ayudaremos a que nadie más tenga que dejar la universidad por falta de dinero. Que nadie pase por lo que pasamos nosotras.
Azul se detuvo justo antes de abrir la puerta del vestidor. Las palabras de su amiga le llegaron al corazón. Ella misma había tenido que congelar materias y duplicar turnos para poder subsistir. Miró a Roberta a los ojos, con total seriedad.
—Ok. Te lo prometo. Palabra de honor. Ahora, a trabajar —sentenció Azul, guiñándole un ojo antes de salir al bullicio del restaurante.
Y es que este par de locas, soñadoras y trabajadoras, se ganaban la vida en un restaurante muy emblemático de la Ciudad de México. Un lugar de techos altos, arquitectura colonial, azulejos tradicionales y un prestigio que atraía tanto a turistas internacionales como a los políticos y empresarios más influyentes del país. Era un sitio donde el servicio tenía que ser impecable; el más mínimo error costaba el empleo.
Azul apenas iba cruzando el pasillo que conectaba la cocina con el salón principal cuando escuchó una voz grave y apresurada que la llamaba a sus espaldas.
—¡Azul! ¡Azul, espera un momento!
Ella se detuvo de inmediato y se giró con una postura perfecta. Era Don Alejandro, el gerente general del establecimiento, un hombre impecable con traje sastre que rara vez perdía la compostura, excepto cuando el lugar estaba a reventar.
—Sí, señor, dígame —respondió Azul, atenta.
—Azul, necesito que tú y Roberta atiendan exclusivamente la zona VIP el día de hoy —dijo el gerente, bajando un poco la voz y mirando de reojo hacia la entrada principal—. Habrá una reunión de muy alto nivel en unos minutos. Gente del extranjero, socios muy importantes del sector inmobiliario. Necesito que alguien con tu eficiencia y tu control se haga cargo de ellos. Todo tiene que salir perfecto. Sin errores, ¿entendido?
—Entendido, señor. No se preocupe, nosotras nos encargamos —aseguró Azul con total confianza.
—Confío en ti. Vayan preparando el reservado.
Don Alejandro se dio la vuelta a toda prisa para recibir a otros clientes, mientras Azul respiraba hondo. Atender la zona VIP significaba una presión enorme, comensales sumamente exigentes y caprichosos, pero también representaba la oportunidad de conseguir las mejores propinas de la semana.
Azul fue de inmediato a preparar todo el salón privado para recibir a los comensales. Revisó que la mantelería de lino no tuviera una sola arruga, alineó las copas de cristal cortado con precisión milimétrica y se aseguró de que los cubiertos de plata brillaran bajo la luz cálida de los candiles. Mientras acomodaba las pesadas sillas de madera tallada, ensayó mentalmente su mejor sonrisa frente al reflejo de los grandes ventanales que daban al centro histórico de la ciudad.
Sabía que de la perfección de ese servicio dependía el pago de la renta, las colegiaturas rezagadas y las cuentas del mes. Tenía que ser la mesera perfecta.