Una historia de amor, odio y venganza
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El juicio falso
Cap 16
La explosión del almacén de Lisboa acaparó las portadas de todos los periódicos europeos al día siguiente. Los titulares hablaban de "ajuste de cuentas entre clanes", "violencia sin precedentes en el puerto" y "desaparición del empresario Renato Montenegro, presunto líder de una red de tráfico". Pero ningún periodista mencionó a Valentina, ni a Dante, ni a Gabriel. Ellos tres habían desaparecido de la escena antes de que llegaran las ambulancias, gracias a un contacto de Héctor Montenegro que los recogió en una furgoneta blindada.
Ahora estaban en una clínica privada en las afueras de Madrid, de esas que no hacen preguntas si el dinero es suficiente. Dante había sido operado del hombro derecho; la bala le había fracturado la clavícula pero no tocado ningún órgano vital. Valentina tenía su herida de bala superficial ya curada, y Gabriel Vargas, desnutrido y deshidratado, recibía sueros y alimentos líquidos mientras dormía.
Héctor Montenegro no había ido a verlos. Envió a sus hombres, envió dinero, envió un mensaje cifrado al móvil de Dante: "Nos vemos en la mansión dentro de tres días. Trae a Valentina y a Gabriel. Es hora de cerrar el círculo."
—No voy —dijo Valentina, sentada en la cama de Dante, con las piernas cruzadas y el ceño fruncido—. Tu padre nos tendió una trampa en Lisboa. Nos usó como carnaza para matar a Renato.
—Lo sé —respondió Dante, con la voz aún débil por la anestesia—. Pero también nos salvó la vida al enviar esa furgoneta. Y ahora tiene algo que nosotros necesitamos.
—¿El qué?
—Un testigo. Alguien que estuvo allí la noche del incendio de tu madre. Alguien que puede testificar que mi padre dio la orden de no intervenir. Con ese testimonio, podemos llevarlo ante la justicia. No con el expediente, que solo implica a Renato. Con una confesión en vivo.
Valentina lo miró largamente. El rostro de Dante estaba pálido, surcado por el dolor y la falta de sueño, pero sus ojos verdes seguían siendo los mismos: intensos, sinceros a medias, siempre calculando.
—¿Y tú estarías dispuesto a que tu padre fuera a la cárcel? —preguntó.
—Estaría dispuesto a cavar su tumba con mis propias manos si eso te diera paz.
—No quiero paz. Quiero justicia.
—Entonces ven conmigo a la mansión. Hagamos que confiese. Y luego, si aún quieres, lo destruimos juntos.
Gabriel Vargas se incorporó en la cama contigua. Llevaba tres días recuperándose, pero aún parecía un fantasma. Su barba era gris y espesa, sus ojos hundidos, sus manos temblorosas.
—Valentina —dijo, con la voz ronca—. Héctor me llamó anoche. Quiere verme a solas antes del encuentro. Dice que tiene algo que devolverme.
—¿El qué?
—La llave de tu madre. La que él guardó durante diez años.
Valentina se llevó la mano al cuello. Su propia llave de plata seguía allí, colgando de una cadena nueva que Dante le había regalado en la clínica. La otra llave, la de su madre, había estado en posesión de Héctor todo ese tiempo.
—Es una trampa —dijo Valentina.
—Lo sé —respondió Gabriel—. Pero también es mi única oportunidad de mirarlo a los ojos y decirle lo que llevo diez años callando.
El día del encuentro amaneció gris. La mansión de la Moraleja parecía más imponente bajo un cielo nublado, como si las piedras mismas absorbieran la amenaza de lo que estaba por venir. Dante, Valentia y Gabriel llegaron en el mismo coche negro que los había recogido en Lisboa. Los guardias de la puerta los registraron y les quitaron las armas. Entraron.
Héctor Montenegro los esperaba en la biblioteca. El mismo salón donde Valentina había cenado semanas atrás, planeando envenenarlo. Ahora no había mesa puesta, ni vino, ni cortesía. Solo un hombre de sesenta años, sentado en un sillón de cuero, con las manos apoyadas en un bastón de plata.
—Gracias por venir —dijo, sin levantarse—. Siéntense.
Nadie se sentó.
—¿Dónde está el testigo? —preguntó Dante.
—Llegará. Pero antes, quiero que sepan algo. —Héctor se levantó con dificultad; caminó hacia la chimenea apagada y les dio la espalda—. No voy a pedir perdón. No serviría de nada. Lo que hice, lo hice por miedo. Miedo a perder el imperio. Miedo a que mis hijos crecieran en la pobreza. Miedo a que Renato me matara. El miedo es una excusa de cobardes, lo sé. Pero es la única verdad que tengo.
Gabriel dio un paso al frente. Su voz temblaba, pero sus ojos ardían.
—¿Dónde está la llave de Sofía, Diego?
Héctor se giró. Por primera vez, alguien lo llamaba por su nombre verdadero. Diego Montenegro, el hombre que una vez escribió cartas de amor a una mujer casada.
—Aquí —dijo, sacando una llave de plata idéntica a la de Valentina de su bolsillo interior—. La guardé porque era lo único que me quedaba de ella. Sé que no tengo derecho. Pero no pude deshacerme de ella.
Gabriel tomó la llave con manos temblorosas. La acarició como si fuera la piel de su mujer muerta.
—Ahora confiesa —dijo Valentina, sacando un grabadora del bolsillo de su chaqueta—. Dilo claro. Que tú ordenaste que no ayudaran a Sofía. Que dejaste que muriera para proteger tu negocio.
Héctor miró la grabadora. Luego miró a Dante. Luego a Valentia.
—No —dijo—. No voy a confesar ante una grabadora. Voy a confesar ante un juez. He pedido que venga un fiscal esta tarde. Me entregaré. Pero antes quería que lo supierais de mi boca.
El silencio fue absoluto. Dante se acercó a su padre.
—¿Por qué ahora?
—Porque Renato está muerto. Ya no tengo a nadie que me proteja ni a nadie que me amenace. Y porque anoche soñé con Elena. Me dijo que era hora de dejar de correr.
Las lágrimas rodaron por las mejillas del hombre que había sido un tiburón durante décadas. Dante, con el hombro vendado, lo abrazó. Fue un abrazo incómodo, lleno de años de odio y de un amor que no sabía cómo expresarse.
—No te perdono —susurró Dante.
—No te pido que me perdones. Solo te pido que no me olvides.
Al atardecer, el fiscal llegó. Héctor Montenegro confesó su complicidad en el asesinato de Sofía Vargas, en el encubrimiento de la red de tráfico de niños y en la muerte accidental de su esposa Elena. Firmó los papeles y se dejó esposar sin oponer resistencia.
Antes de subir al coche patrulla, se giró hacia Valentina.
—Tu madre fue la mujer más valiente que conocí. No un día, no un mes. Siempre. Cuida de mis hijos.
Valentina asintió, con la garganta apretada.
Dante la rodeó con su brazo bueno. Gabriel se quedó atrás, con las dos llaves de plata en las manos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Valentina.
—Ahora —dijo Dante—, vivimos. O lo intentamos.
Esa noche, los tres cenaron en un restaurante cualquiera, de esos donde nadie pregunta tu nombre. Lucas se unió a ellos, con el expediente ya entregado a Marta Fuentes. La periodista prometió publicar la historia completa al día siguiente.
—Vais a ser famosos —dijo Lucas, brindando con vino.
—Vamos a ser libres —corrigió Valentina.
Por primera vez en diez años, la palabra "libre" no le supo a mentira.