En un mundo devastado por una pandemia que acabó con la civilización, Jimena, una enfermera que aún carga con el duelo por la pérdida de su pareja, sobrevive en soledad en la periferia de una ciudad en ruinas. Su existencia se limita a cuidar de un pequeño grupo de marginados: un anciano con una herida incurable, una mujer que ha perdido la razón por el dolor, y una niña salvaje que vive escondida.
Su monótona y silenciosa rutina se rompe cuando Iván, un joven mensajero, llega para pedir su ayuda. En ese momento conoce a Mateo, la persona que hará que todo en su mundo cambie.
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Capítulo 5
Cuando llegó a la farmacia, la lluvia había cesado. Se cambió de ropa, colgó la mojada en una cuerda que había tendido en la trastienda, y revisó sus existencias. El cuaderno de Ricardo lo dejó sobre la mesa, junto al suyo. Luego, consultó su lista: aún le quedaba una visita pendiente, un hombre con una infección ocular en un edificio ocupado cerca del polígono.
El hombre se llamaba Tomás, aunque Jimena nunca había usado su nombre. Era un antiguo fontanero, de unos cincuenta años, que vivía en un tercer piso con otros cuatro supervivientes. Cuando ella llegó, el portal olía a col cocida y a humedad. Subió las escaleras y llamó a la puerta con tres golpes, pausa, dos golpes. Su señal.
Le abrió una mujer joven, de pelo negro y cara delgada, que la miró con alivio.
—Jimena, gracias a Dios. Tomás está peor, no ve nada del ojo derecho.
—Déjame verlo.
Tomás estaba tumbado en un colchón en el suelo, con un trapo húmedo sobre los ojos. Al oírla, intentó incorporarse.
—No se mueva —dijo Jimena, arrodillándose a su lado—. Déjeme ver.
Le retiró el trapo. El ojo derecho estaba muy inflamado, con una secreción espesa y un enrojecimiento que se extendía hacia la mejilla.
—¿Cuándo empezó esto?
—Hace dos días —respondió la mujer—. Le dimos agua con sal, como usted dijo, pero no mejoró.
—Está bien, hicieron bien. Pero esto necesita algo más fuerte.
Jimena sacó de su botiquín un frasco pequeño con un líquido amarillento. Era una solución de ácido bórico que había preparado semanas atrás. Con una gasa limpia, limpió suavemente el ojo de Tomás, retirando la secreción.
—Va a arder un poco —avisó—. Aguante.
Tomás apretó los puños, pero no se quejó. Cuando terminó, Jimena le aplicó una compresa empapada en la misma solución y se la sujetó con una venda.
—Deje esto puesto al menos dos horas. Luego, si mejora, repita el lavado cada cuatro horas con agua hervida fría. Si empeora, si el enrojecimiento se extiende o empieza a tener fiebre, alguien tiene que venir a buscarme. ¿Entendido?
—Entendido —dijo la mujer.
Tomás, con la voz ronca, habló por primera vez.
—No te pago, Jimena, ya lo sabes. No tengo nada que darte.
—No vine por pago.
—Entonces, ¿por qué vienes? Llevas tres años viniendo. A los viejos, a los locos, a los que nadie quiere. ¿Por qué?
Jimena guardó silencio un momento. La respuesta que le daba siempre a sí misma —“porque alguien tiene que hacerlo”— le sonó de repente insuficiente.
—Porque si no vengo, ustedes estarían solos —dijo al fin—. Y nadie debería estar solo cuando está enfermo.
—Pero tú estás sola —dijo la mujer, y no era una pregunta.
—Eso es diferente. Yo elegí estarlo.
Tomás dejó escapar una risa corta, que se convirtió en tos. Sabía que sí los abandonaba, morirían. Nadie los tomaría en cuenta, nadie más los ayudaría y era algo que había quedado bastante claro hacía mucho tiempo atrás.
—Eso es lo que dices. Pero no es verdad. Tú no elegiste estar sola. Te quedaste sin opciones.
Jimena sintió que la frase le daba en el centro del pecho. No respondió. Terminó de recoger sus cosas, dejó unas cuantas gasas limpias y un frasco de la solución, y se despidió con un gesto.
En el rellano, antes de bajar las escaleras, se detuvo un momento. Apoyó la frente en la pared fría y cerró los ojos. "Te quedaste sin opciones".¿Era eso? ¿O había elegido, cada día, la soledad como una armadura?
Bajó las escaleras con pasos lentos, sumida en sus pensamientos.