Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.
El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.
Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.
Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?
Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.
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Capítulo 23
Capítulo 23 — Qué preguntona
—El mecánico que trajo el auto dijo que ya estaba todo pagado, señorita —respondió Ramón.
Aurelia asintió. Después se acercó al coche para revisarlo.
—Todo se ve bien —murmuró tras inspeccionarlo.
—¿Qué le pasó a tu auto? —preguntó Alejandro, que acababa de salir por la puerta, impecablemente vestido.
Detrás de él venía Valentín, también muy elegante, con un esmoquin negro.
Hacía juego con el de Alejandro, que igualmente llevaba esmoquin.
—¿A dónde van? —Aurelia, en lugar de responder, contraatacó con su propia pregunta al ver a los dos hombres listos para salir.
—¿Quieres venir, cariño? —preguntó Valentín, al notar la curiosidad de su hija por su destino.
—Papá, ¿de verdad me llevarías si ni siquiera estoy arreglada? Ustedes ya están listos, sería perder el tiempo esperando a que me aliste —respondió Aurelia, muerta de curiosidad por saber a dónde irían.
Valentín soltó una risa.
—Pues anda a arreglarte. Tu hermano y yo te esperamos.
—¿En serio? Tardaría como una hora —ella iría; no quería hacerlos llegar tarde.
—Qué preguntona eres. Si sigues con tantas preguntas, igual nos vamos más de una hora tarde —Alejandro le pellizcó la nariz, enternecido.
—Ay, eso duele, hermano —se quejó Aurelia, frotándose la nariz. Luego añadió—: Está bien, si insisten tanto... Espérenme —y corrió hacia el interior de la mansión, buscando con la mirada a su criada personal para que la ayudara a alistarse cuanto antes.
—¡Daniela! ¡Daniela! —gritó Aurelia, llamándola.
—Sí, señorita —Daniela acudió a toda prisa al oírla. Estaba regando las plantas del balcón de la habitación de Aurelia.
—Ayúdame a arreglarme... Voy a salir con mi papá y con Alejandro. Déjame hermosa, y rápido, ¿de acuerdo? —soltó Aurelia de un tirón, sin pausa.
—De acuerdo, señorita. Déjelo todo en mis manos —respondió Daniela con seguridad.
Quince minutos después...
—¡Tachán!
Aurelia se contempló en el espejo. Lucía preciosa.
—Vaya, eres una verdadera artista, Daniela. Mira quién es esta chica... Si parezco otra —se elogió a sí misma. Y, en efecto, la hermosa joven del reflejo no era ella; la verdadera, vaya uno a saber qué suerte corría en aquel otro mundo.
A Daniela se le hinchó el pecho de orgullo ante el cumplido de su señorita: en apenas quince minutos había dejado a Aurelia bella como un hada. Aunque, en realidad, Aurelia ya era hermosa de por sí.
Aurelia fue al encuentro de Valentín y Alejandro, que la esperaban en la sala.
Los dos hombres la contemplaron maravillados: Aurelia llevaba un vestido a la rodilla de color granate, con un detalle transparente en los hombros que apenas velaba su piel blanca. Calzaba zapatos del mismo tono que el vestido, y se había recogido un poco el cabello, dejando el resto suelto en una hermosa caída. El conjunto se completaba con un maquillaje tan tenue que casi pasaba inadvertido.
—Qué rápido. ¿No te bañaste? —preguntó Alejandro, echando un vistazo a su reloj. No podía creer que se hubiera arreglado en solo quince minutos.
—Ay, hermano, claro que me bañé —protestó Aurelia. En realidad, acababa de salir del baño justo cuando vio llegar su auto.
—Bueno, ya, vámonos —pidió Valentín, poniendo fin a la riña entre sus dos hijos.
Subieron al auto, donde el chofer personal de su padre ya los esperaba.
Alejandro se sentó adelante, junto al conductor; Valentín y Aurelia, atrás.
El vehículo arrancó y se alejó de la mansión Cassano.