Del dolor al amor
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El regreso a la mansión Von Hardenberg no fue un retorno al hogar, sino una mudanza al mausoleo de mis propios recuerdos. Cruzar las pesadas puertas de hierro de la propiedad familiar se sintió como una rendición. Mis padres, en su afán de protegerme, intentaron crear un entorno donde nada me faltara, pero su condescendencia era, irónicamente, el peor remedio para mi alma rota. Sus miradas cargadas de lástima, sus voces bajas al pasar cerca de mí y ese empeño constante en decirme que «el tiempo lo cura todo» solo lograban que mis heridas se ensancharan. No hay peor soledad que la de estar rodeado de gente que trata tu dolor como si fuera una enfermedad contagiosa de la que hay que hablar con precaución.
Sin darme cuenta, empecé a construir un muro entre el mundo y yo. Y lo más doloroso es que, en el proceso, me alejé de mi pequeña. Cada vez que miraba a Gitta, el pecho me ardía; ver sus manos diminutas o escuchar su llanto era un recordatorio constante de lo que nos había costado su llegada. El parecido físico con su madre se estaba volviendo una tortura visual que yo no sabía cómo gestionar. Así que, cobardemente, le entregué toda la responsabilidad a mi madre.
—Ella estará mejor contigo, mamá —mentía, mientras me ajustaba el nudo de la corbata con manos temblorosas—. Las empresas me requieren ahora más que nunca. Hay cuentas que revisar, contratos que rescatar... el legado Von Hardenberg no espera.
Era una excusa perfecta. El mundo de los negocios es frío, calculador y no permite espacio para las lágrimas. Me sumergí en los números, en las juntas que duraban hasta la madrugada y en los viajes de negocios innecesarios. Mi padre, un hombre de pocas palabras y mirada de acero, solo me observaba desde el umbral de su despacho. Él sabía perfectamente que las empresas no eran mi prioridad, sino mi refugio; un búnker de cristal donde me escondía para no volverme loco, para no tener que enfrentar el silencio de una cuna que debería haber tenido dos pares de manos cuidándola.
Volvía a la mansión cuando el sol ya no estaba, caminando por los largos pasillos como un extraño. Evitaba pasar por la habitación del bebé. Me aterraba la idea de que, si me quedaba a solas con ella, el peso de la realidad me aplastara definitivamente. Mi madre la cuidaba con una devoción infinita, pero yo sentía que le estaba robando a mi hija su derecho a tener un padre. Sin embargo, el miedo era más fuerte que la sangre.
Una noche, el silencio de la mansión se rompió. Mi madre había salido y la enfermera descansaba. Escuché el llanto de Gitta desde el final del pasillo. Fue un sonido agudo, desesperado, que atravesó las paredes de mi indiferencia fingida. Mis pies se movieron antes de que mi mente pudiera detenerlos. Entré en su cuarto, un espacio lleno de peluches y lujos que ella no comprendía.
Allí estaba, pequeña y vulnerable en su cuna. Por primera vez en semanas, estábamos solos. Me acerqué con el corazón martilleando contra mis costillas. Al verla, el aire se me escapó de los pulmones. Tenía el ceño fruncido igual que ella cuando se concentraba. La tomé en brazos con una torpeza que me dio vergüenza. En el momento en que sintió mi contacto, su llanto cesó. Abrió los ojos y me miró con esa profundidad que solo tienen los recién nacidos, como si pudiera ver directamente a través de todas mis mentiras y de mi escondite en las empresas.
En ese encuentro a solas, la realidad me golpeó: no podía seguir huyendo. Podía dirigir mil empresas, podía ganar millones y viajar por todo el mundo, pero nada de eso llenaría el vacío que solo esa pequeña criatura podía empezar a sanar. Mis mejillas se mojaron de nuevo, pero esta vez no era solo por la pérdida, sino por el miedo atroz de darme cuenta de que Gitta era lo único real que me quedaba en la vida. Estaba solo con ella en la inmensidad de la mansión Von Hardenberg, un padre roto sosteniendo a una hija que era todo luz, tratando de entender cómo se empieza de nuevo cuando sientes que ya lo has perdido todo.