Ella es mejor amiga del chico popular el cual comienza a sentir algo por el Pero los prejuicios por las apariencias complican todo
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Capitulo 5
Los viernes eran sagrados.
No importaba qué hubiera pasado durante la semana. No importaban los exámenes, las miradas, los comentarios crueles. Los viernes por la tarde, Abril y Milo dejaban todo atrás.
Subían a la montaña.
Caminaban entre los árboles, respirando el aire fresco, sintiendo la tierra bajo sus pies. Milo llevaba su cámara, la única herencia de su padre, y se pasaba horas intentando capturar pájaros en vuelo, ardillas escondidas, ciervos que aparecían entre la niebla. Abril lo seguía, con su cuaderno de dibujo, tratando de plasmar lo que él fotografiaba.
Amaban los animales con la misma intensidad. Quizá por eso se entendían sin palabras.
—El viernes es mi día favorito de la semana —dijo Abril mientras subía al automóvil que los llevaría a acampar. Su mochila colgaba desordenada de un hombro, su cabello se enredaba con el viento. Estaba feliz. Realmente feliz.
Milo la miró y sintió que el pecho se le rompía en mil pedazos.
Porque Abril feliz era lo más hermoso que había visto en su vida.
—Lo sé —respondió, con una voz más suave de lo que pretendía—. También es mi día favorito.
El auto arrancó. La ciudad quedó atrás. Y con ella, las máscaras.
Llegaron al campamento al atardecer.
Instalaron la tienda juntos, como siempre. Milo clavaba las estacas, Abril inflaba los colchonetas, y ninguno necesitaba pedir ayuda porque ya sabían el ritmo del otro.
Cuando cayó la noche, se sentaron en una roca plana, con una manta sobre los hombros, mirando el cielo.
—Me gusta ver las estrellas —dijo Abril, sonriendo hacia arriba—. Se ven tan bonitas.
Milo no miró las estrellas.
Miró su perfil iluminado por la luna. La curva de su mejilla. La forma en que su sonrisa parecía borrar todo el dolor de la semana.
Y sintió ganas de llorar.
No porque estuviera triste. Sino porque la amaba tanto que no sabía qué hacer con ese amor. No cabía en su pecho. No cabía en su vida llena de mentiras.
Abril rompió el silencio.
—¿Te puedo preguntar algo?
—Dime.
Ella dudó. Jugó con el borde de la manta.
—¿Estás saliendo con Diana?
Milo sintió un vuelco en el estómago.
—No —respondió, demasiado rápido—. Solo somos amigos.
No quería decirle la verdad. Que él quería ser novio de Diana solo para encajar. Que había besado a Diana en una fiesta solo para que los demás lo vieran. Que estaba dispuesto a vender su dignidad por un lugar en el mundo de los ricos.
Abril asintió, pero su rostro se ensombreció.
—Ella no es buena para ti —dijo, con una firmeza que Milo no esperaba—. Es… muy mala. Y superficial. Creo que existen mejores opciones para ti.
Milo la miró.
Tú, pensó. La única opción que quiero eres tú.
Pero no lo dijo.
En lugar de eso, dejó escapar algo que llevaba días guardando.
—Te quiero mucho, Abril.
La culpa le quemaba la garganta. Porque era verdad. Pero también era insuficiente.
Abril sonrió. Una sonrisa cálida, de esas que solo salían en la montaña.
—Lo sé. Yo también te quiero mucho.
Milo bajó la mirada. Sus manos temblaban.
—Lamento no ser el amigo que mereces —susurró—. Prometo esforzarme más.
Abril lo miró extrañada, sin entender del todo.
Pero no preguntó.
Solo apoyó su cabeza en el hombro de él.
Y se quedaron así, bajo las estrellas, fingiendo que el lunes no existía.
Milo cerró los ojos.
Y por un momento, solo un momento, se permitió ser feliz.
Pero en el fondo sabía.
Esa promesa estaba hecha de mentiras.
Y muy pronto, todo se rompería.
A la mañana siguiente, despertaron por los pajaritos.
El sol apenas asomaba entre los árboles, tibio y naranja, y el canto de los pájaros llenaba el silencio de la montaña. Milo abrió los ojos despacio.
Y la vio.
Abril estaba dormida, apoyada en su pecho. Su respiración era suave, su rostro tranquilo, sin las arrugas de preocupación que llevaba en la universidad. En ese momento, no era "la gordita" ni "la rara". Solo era Abril. Su Abril.
Él quiso abrazarla. Quiso envolverla con sus brazos y nunca dejarla ir. Quiso que el tiempo se detuviera ahí, en esa montaña, con ella pegada a él, sin universidad, sin Diana, sin apuestas asquerosas.
Pero no podía.
Y sintió odio. Odio por ser tan cobarde. Odio por saber que en dos días estaría viendo cómo destruían su sonrisa. Odio por no tener el valor de decir yo te amo, siempre te amé, y todo esto es una mentira.
Entonces ella abrió los ojos.
Sus pestañas se movieron lentamente, como si no quisiera salir del sueño. Lo miró. Y sonrió.
—Buenos días —dijo, con la voz ronca por el sueño—. ¿Qué tal si vamos a pescar?
Milo tragó saliva.
—Vamos —respondió.
Guardaron las cosas. Doblaron la tienda, enrollaron las colchonetas, guardaron la cámara con cuidado. Caminaron hasta el arroyo, con el sol ya alto calentándoles la espalda.
Primero jugaron.
Milo le salpicó agua sin querer (o queriendo). Abril se vengó mojándole la camisa entera. Corrieron por la orilla, resbalaron en las piedras, rieron hasta que les dolió el estómago.
Luego pescaron.
No era fácil, pero a ellos no les importaba. Milo sacó dos truchas pequeñas, Abril ninguna, pero ella lo celebró como si hubiera ganado un premio. Limpiaron los pescados juntos, los asaron en una fogata improvisada, y desayunaron mirando el agua correr.
Así pasó el fin de semana.
Solo ellos.
La naturaleza.
Sin máscaras.
Sin miedo.
El lunes llegó como un latigazo.
La universidad apareció frente a ellos con sus paredes grises, sus miradas afiladas, sus susurros. Milo bajó del coche solo, como siempre. Abril se quedó dentro, como siempre.
Pero esa mañana, Milo no caminó directo a su casillero.
Se quedó en la entrada, escondido detrás de una columna.
Y observó.
Pablo se acercó a Abril.
*Pablo*
Con una sonrisa ensayada. Con pasos seguros. Con la mentira puesta como un traje.
Milo sintió que le faltaba el aire.
—Maldita sea —murmuró, apretando los puños.
Vio cómo Pablo le hablaba. Cómo Abril lo escuchaba, desconfiada pero atenta. Cómo Pablo reía, tocaba su propio brazo, se inclinaba hacia ella como si realmente le importara.
Y luego Pablo se fue.
Milo esperó unos segundos. Respiró hondo. Y caminó hacia Abril.
—¿Qué te dijo? —preguntó, con una calma que no sentía.
Abril frunció el ceño, confundida.
—Solo me pidió mi número de celular. Es extraño, ¿verdad?
Milo sintió el corazón en la garganta.
Su número de celular. Para escribirle. Para ilusionarla. Para la apuesta. Para la humillación.
—Sí, demasiado extraño —dijo, con la voz tensa—. Lo mejor es que te alejes de él.
—¿Por qué? —preguntó Abril, levantando una ceja.
Milo dudó. Un segundo. Dos.
Podía decir la verdad. Podía soltarlo todo: Pablo es parte de una apuesta, Diana quiere humillarte, y yo lo sé porque estoy en el círculo de los populares y soy un cobarde que no se atreve a detenerlo.
Pero las palabras no salían.
—Porque él es igual que Diana —dijo al final, con un hilo de voz—. Lo mejor que puedes hacer es guardar distancia.
Abril lo miró. Largo. Intenso.
Como si buscara algo en sus ojos.
—Tal vez tengas razón —dijo, finalmente.
Y Milo respiró.
Pero no estaba aliviado.
Estaba aterrado.
Porque sabía la verdadera razón por la cual Pablo se acercaba a ella. Y no sabía si debería decirle o no.
Si le decía, la protegía. Pero perdía su lugar en el mundo de los populares. Perdía la fiesta de Maximiliano. Perdía todo por lo que había trabajado.
Si no le decía, Abril caería en la trampa. Y él sería cómplice.
Se quedó en silencio.
Y el silencio, otra vez, fue su respuesta.
Abril se alejó hacia su casillero, y Milo se quedó clavado en el suelo, mirándola irse.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de Diana.
"¿Viste a Pablo? Todo va según lo planeado. No la cagues."
Milo guardó el teléfono sin responder.
Levantó la vista.
Abril ya doblaba en el pasillo. Desapareció.
Y él supo, en ese momento, que ya no había vuelta atrás.