🔥🔞 Eduardo Álvarez de Toledo creció entendiendo que en su familia el amor tenía jerarquías y que él nunca ocupó el primer lugar. Se marchó para dejar de vivir bajo la sombra de Fabián y, en Barcelona, construyó un imperio propio, elegante y silencioso, que no dependía de su apellido.
No esperaba enamorarse. La conoció cuando ella huía de algo que no quiso explicar. A su lado, Eduardo no era el hermano menor ni el olvidado, sino un hombre libre de su historia. Se enamoró sin saber quién era realmente. Y cuando descubrió la verdad, ya era demasiado tarde.
Kassandra era la esposa de Fabián. Obligada a regresar a un matrimonio que la asfixia, se convierte en el centro de una batalla que Eduardo no eligió, pero tampoco piensa evitar.
Si su hermano pretende retenerla por obligación, Eduardo está dispuesto a enfrentarlo.
Algunos amores llegan fuera de tiempo y algunos hombres no vuelven a perder lo que aman.
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CAPÍTULO 2
El sol de la tarde se filtraba entre los edificios del barrio financiero de Barcelona, dorando las fachadas de piedra y dibujando sombras alargadas en el empedrado. Eduardo Álvarez de Toledo avanzaba con paso firme, los zapatos de cuero italiano resonando levemente contra el adoquín, como si cada pisada fuera un recordatorio de que ya no era el niño frágil que su familia había dejado atrás.
Llevaba un traje de lana gris oscuro, impecablemente cortado, que resaltaba su complexión esbelta pero no oculta la tensión contenida en sus hombros, heredada de años de ser el segundo, el invisible. Sus ojos avellana, más dorados bajo la luz del atardecer, escaneaban el entorno con una calma calculada, como si midiera no solo las distancias entre los edificios, sino también el peso de cada mirada que se posaba en él.
El café La Sombra Dorada era su refugio en las tardes de trabajo, un lugar donde el aroma a grano recién molido se mezclaba con el susurro de conversaciones en voz baja y el crujido de papeles de negocios. Se acomodó en su mesa habitual, cerca de la ventana, donde la luz entraba en ángulos oblicuos, iluminando los informes financieros que desplegó sobre la mesa de mármol. Sus dedos, largos y de uñas perfectamente cuidadas, deslizaron las páginas.
Cada número era una victoria silenciosa: aquí, el retorno de la inversión en aquel fondo que su padre había descartado como "demasiado arriesgado"; allí, los beneficios de la adquisición de aquella bodega de vino en Rioja, que ahora valía tres veces lo que había pagado por ella. Sonrió, apenas un arqueo de labios, mientras sus pulgares acariciaban el borde de la taza de espresso que la camarera acababa de dejar frente a él. El calor del café se filtraba a través de la porcelana, un recordatorio tangible de todo lo que había logrado sin que nadie, especialmente su familia, se diera cuenta.
—Otro día, otro millón —murmuró para sí mismo, la ironía amarga en la voz. No era el dinero lo que lo excitaba, sino el poder de decidir, de mover piezas en el tablero sin pedir permiso. Su hermano Fabián siempre había sido el favorito, el heredero brillante, el que recibía los elogios y las palmadas en la espalda. Pero Eduardo había aprendido que las sombras eran más poderosas que la luz cegadora. En la oscuridad, uno podía moverse sin ser visto. Y él había perfeccionado ese arte.
Mientras revisaba las proyecciones del próximo trimestre, su mente divagó hacia algo más personal. Seis años. Seis malditos años desde que su hermano se había casado con aquella mujer de la que ni siquiera quiso saber el nombre. Kassandra, había escuchado de paso en alguna conversación familiar, como un detalle sin importancia. Su padre había insistido en que asistiera a la boda, pero él, postrado en una cama de hospital por otra de sus crisis de salud, se había negado. "No quiero conocer a otra muñeca más en la colección de Fabián", había dicho, con el desdén que solo la juventud herida puede permitirse. Ahora, sin embargo, una curiosidad malsana lo carcomía. ¿Cómo sería ella? ¿Otra socialité vacía, obsesionada con el brillo de los diamantes y el eco de su propio nombre? O quizá... quizá algo más.
El dedo índice de Eduardo trazó círculos distraídos sobre el mantel de lino, como si estuviera dibujando el contorno de un rostro desconocido. No era el tipo de hombre que se dejaba llevar por fantasías, pero había algo en la idea de una mujer atrapada en el mismo juego que él había odiado toda su vida: el de las apariencias, el de los roles asignados. ¿La habría doblegado Fabián a su voluntad, como hacía con todo lo que tocaba? La idea lo irritó y, al mismo tiempo, encendió algo oscuro en su pecho. Si había algo que Eduardo entendía era la dinámica del poder. Y si esa mujer era tan solo un peón en el tablero de su hermano... bueno, los peones podían convertirse en reinas si se movían con astucia.
Afuera, el cielo se teñía de púrpura y naranja, como si la ciudad misma estuviera ardiendo en silencio. Eduardo cerró los informes y se recostó en la silla, estirando los brazos por encima de la cabeza. El movimiento hizo que la camisa se levantara ligeramente, revelando un vello oscuro y fino en el abdomen, y la cicatriz pálida de una operación antigua, un recordatorio de los años en que su cuerpo había sido su mayor traición. Ahora, sin embargo, cada centímetro de su piel era suyo, ganado a fuerza de disciplina y silencio. Se pasó una mano por el pelo, más oscuro que el de Fabián y siempre ligeramente despeinado, como si se negara a someterse incluso al orden de un peinado impecable.
La terraza del café estaba casi vacía a esa hora, solo un par de ejecutivos fumando puros en un rincón y una mujer mayor leyendo un libro con lentes de montura dorada. Eduardo se levantó y caminó hacia el balcón, apoyando las manos en la barandilla de hierro forjado. El viento le trajo el olor a sal del Mediterráneo, mezclado con el humo de los tubos de escape y el perfume dulce de las glicinias que trepaban por los muros. Cerró los ojos y respiró hondo. Seis años lejos de los Álvarez de Toledo. Seis años construyendo un imperio que lo hiciera inmune a sus juegos. Y sin embargo, aquí estaba, pensando en una mujer que ni siquiera conocía, imaginando cómo sería desarmar el mundo perfecto que su hermano había construido a su alrededor.
—Señor Álvarez —la voz de la camarera lo sacó de sus pensamientos—. ¿Desea algo más?
Eduardo abrió los ojos y la miró. Era joven, de mejillas sonrojadas y una coleta que se balanceaba con cada movimiento. Otra que lo veía como un cliente más, como un cheque con piernas. Pero hoy no estaba de humor para juegos.
—No, gracias —respondió—. Solo el aire.
La chica asintió y se alejó, confundida por su tono. Eduardo volvió a mirar la ciudad, pero esta vez su mente no estaba en los rascacielos ni en los mercados financieros. Estaba en Madrid, en una mansión que nunca había visitado, imaginando a una mujer de vestido azul noche descendiendo una escalera de mármol, con los labios pintados de rojo oscuro y una sonrisa. Kassandra. El nombre le quemaba en la lengua, como un trago de whisky demasiado fuerte.
Se ajustó la corbata, un gesto automático, y sintió el roce de la seda contra su cuello. El poder no era solo dinero, pensó. Era esto: la capacidad de hacer que los demás desearan lo que tú querías que desearan. Y de repente, Eduardo supo que quería conocerla. No por morbo, no por venganza, sino porque algo en su instinto le decía que ella, como él, llevaba una máscara. Y las máscaras, cuando se quitaban, revelaban las verdades más peligrosas.