Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 20
Si el Reino Marino fuera un lugar regido por la lógica, un príncipe convertido en cangrejo no debería estar caminando por la llanura de las medusas fantasmales a medianoche. Pero la lógica se había despedido de la vida de **Sebastián** en el momento en que **Rubí** dejó aquella nota cargada de sarcasmo y salitre. Ahora, tras sobrevivir a un encuentro cercano con la dentadura de dos tiburones y a la mala leche de una morena, Sebastián se encontraba en la fase más difícil de su odisea: el soporte social no solicitado.
A su lado, nadando en círculos erráticos y agitando sus aletas con una energía que resultaba ofensiva para alguien que acababa de escapar de la muerte, estaba **Pipo**. Pipo era un pez globo de color amarillo chillón con manchas moradas que parecía haber sido diseñado por un artista con exceso de cafeína y muy poco sentido de la sobriedad.
—¡Y entonces le dije al pulpo: "Oye, amigo, con tantos brazos podrías ser el mejor masajista del océano, pero con esa cara solo sirves para asustar a las ostras"! ¿Lo pillas, rojito? ¡Asustar a las ostras! ¡Porque se cierran! ¡Jajajaja! ¡Es un clásico del arrecife!
Sebastián detuvo su marcha sobre una roca cubierta de liquen marino y cerró sus ojos pedunculados con una fuerza que amenazaba con hundirlos en su propio caparazón.
—Pipo —dijo Sebastián, su voz resonando con la vibración de un trueno metálico contenido—. Te he permitido seguirme porque afirmas conocer el atajo hacia la Fosa Real donde se encuentra la Princesa Rubí. No te he contratado como bufón, ni como cronista de tus mediocres aventuras sociales. Silencio. Esa es la palabra del día. Úsala.
—¡Oh, vamos, su Majestad de las Pinzas! —Pipo se infló un poquito, flotando frente a la cara de Sebastián—. Un poco de alegría no mata a nadie, a menos que seas un erizo de mar en una fiesta de globos, ¡eso sí que es una tragedia! ¡Pum! ¡Confeti por todas partes! Además, este camino es aburridísimo si no hablas. ¿Sabías que las esponjas de mar no responden a los chistes? Son muy absorbentes, pero tienen cero sentido del humor.
Sebastián soltó un suspiro que liberó una cadena de burbujas irritadas.
—Escúchame bien, pez inflable. Mi paciencia tiene el grosor de una escama de sardina vieja. Estoy cruzando el océano, arriesgando mi integridad física y mi dignidad real para encontrar a una sirena que probablemente esté planeando su boda con un naga psicópata. No estoy de humor para metáforas sobre esponjas.
—¡Uh, Baltazar! —Pipo hizo una mueca que desfiguró su rostro redondo—. Ese tipo tiene menos carisma que una piedra con algas. Y Rubí... bueno, ella es "especial", ¿no? Dicen que cuando se ríe, los percebes se desmayan. Pero oye, si te gustan las chicas intensas, ella es el premio gordo. Aunque, siendo tú un cangrejo... ¿cómo funciona eso? ¿Ella te da besitos en el caparazón o tú le haces la manicura con las pinzas? ¡Jajajaja! ¡Me imagino la escena!
Sebastián sintió que una de sus patas traseras temblaba por el deseo de pellizcar la aleta caudal de Pipo.
—No hay "escena", Pipo. Solo hay una deuda de honor. Me debe una disculpa por un chisguetazo mal ejecutado y por dejarme a merced de una princesa con cabello de color uva. Ahora, ¿estamos cerca o solo me estás llevando a dar un tour por los vertederos del océano?
—¡Paciencia, mi pequeño tanque rojo! —Pipo señaló con su aleta hacia una corriente de agua fría que bajaba desde un risco de coral negro—. Mira allá abajo. Esa es la Corriente de la Memoria. Si nos metemos ahí, nos llevará directos a las puertas de la ciudad de Rubí en menos de lo que tarda un calamar en escupir tinta. Pero ojo, que la corriente va rápido, ¡como mi tía Gladys cuando ve un gusano de mar en oferta!
Sebastián miró hacia el abismo que se abría ante ellos. El agua allí era de un azul tan oscuro que parecía tinta pura. Sentía el llamado de las profundidades, una presión que le recordaba que estaba lejos, muy lejos de sus pedestales de mármol y sus camisas de seda.
—Bien —asintió Sebastián, recuperando su tono dominante—. Entraremos en la corriente. Pero si vuelves a hacer un chiste sobre mi tamaño o sobre mi relación con la sirena, te juro que te usaré como boya de señalización en el territorio de las orcas.
—¡Entendido, jefe! —Pipo hizo un saludo militar con la aleta, aunque no pudo evitar añadir—: Aunque las orcas preferirían un bocadillo más grande, tú eres más como un aperitivo gourmet y yo soy... bueno, yo soy el postre que se infla. ¡Sería una cena explosiva!
Mientras se lanzaban hacia la corriente, Sebastián sintió que el agua lo envolvía con una fuerza brutal. La velocidad era vertiginosa. A su alrededor, los colores se difuminaban en líneas de luz bioluminiscente. Pipo gritaba de alegría a su lado, soltando chistes que el ruido del agua afortunadamente amortiguaba.
En medio de aquel torbellino, Sebastián cerró los ojos y la imagen de Rubí volvió a aparecer. La veía en su trono de coral, quizás aburrida, quizás extrañando su arrogancia. El hechizo no se rompía; al contrario, se fortalecía con cada metro que descendía.
—Espérame, Rubí —pensó Sebastián, aferrándose a una roca que pasaba para no perder el equilibrio en la corriente—. Ya he soportado tiburones, morenas y a un pez globo con verborrea. Tu Baltazar no va a ser más que otro obstáculo en mi lista de seres a los que debo humillar.
Pipo, al verlo tan serio, se acercó a su oído entre burbujas.
—Oye, Sebastián... ¿sabes por qué el mar tiene sal?
Sebastián no respondió, manteniendo su mirada fija al frente.
—¡Porque la pimienta lo hacía estornudar! ¡Jajajajaja! ¡Lo pillas! ¡Estornudar!
Sebastián decidió en ese momento que, si lograba volver a ser humano, su primera ley real sería prohibir el humor en los arrecifes. Pero por ahora, necesitaba a ese pez. Necesitaba su guía y, aunque le costara admitirlo, la voz de Pipo evitaba que el silencio del abismo le recordara lo solo que se sentía sin el caos de su sirena.
El viaje continuaba, y las luces de la capital del Reino Marino empezaban a brillar en la distancia, como estrellas hundidas esperando al príncipe que venía a reclamar su orgullo... o quizás, algo mucho más peligroso que no se atrevía a nombrar.