NovelToon NovelToon
Forjado En Cadenas

Forjado En Cadenas

Status: En proceso
Genre:Edad media / Fantasía épica / Mundo mágico
Popularitas:202
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

PROHIBIDO LA MAGIA

...Reino de Sloughware ...

Una mujer anciana caminó hacia Amaia, muy despacio debido a su edad.

En el salón había un silencio absoluto, dejando percibir únicamente el sonido del bastón de la mujer encontrándose con el suelo.

—Su Majestad, Matriarca Real, Siron Elyndra de Sloughware —comentó la mujer al lado de Amaia.

Vestida de lino y detalles de oro, hacía resaltar la elegancia de aquella mujer.

Sus miradas se encontraron.

Amaia, nerviosa, se inclinó en una reverencia pronunciada.

—Es un placer conocerla, mi señora —pregonó aún estando inclinada.

La matriarca la tomó de la barbilla cuando Amaia volvió a su postura.

La examinó y Amaia no se permitió temblar.

—No se puede ver mucho en ti. —Estrechó sus ojos—. Ya veremos de qué estás hecha.

Su rostro expresó insuficiencia.

La princesa no comprendió del todo las palabras de la mujer, quien le pidió que la siguiera.

Caminaron hasta el gran comedor de caoba, increíblemente largo, ocupado por presencias que Amaia desconocía.

Un sirviente ofreció un asiento a Amaia, justo al final de la mesa. Ella tomó posición, pero no se sentó, ya que todos permanecían de pie.

La matriarca caminó a su sitio, justo a la izquierda del lugar del rey, el cual estaba vacío. El líder no se encontraba presente. El asiento a la derecha se encontraba vacío también; pensó que tal vez ese debía ser su lugar, pero prefirió mantenerse taciturna. Momentos después se daría cuenta de que no era así.

Su vista se dirigió al lugar principal. El rey no estaba presente, lo que la llenó de incertidumbre.

Con una seña de la matriarca, todos tomaron asiento.

El rechinar de las sillas se escuchó por todo el salón.

—Majestad, espero que su majestad el rey se encuentre mejor —dijo el hombre con ropas de cuero, pero que aún mostraban un cuerpo musculoso y bronceado.

—Gracias, general Bowin —la matriarca hizo un gesto con la cabeza—. El galeno nos indicó reposo y que en un par de días se encontrará bien, para poder llevar a cabo el matrimonio.

—¿El rey ha enfermado? —se preocupó Amaia, preguntando sin darse cuenta de que tal vez estaba siendo imprudente.

Todos se giraron para observarla, pero nadie respondió.

—Mi hijo estará bien. Pido a todos que no se preocupen —aseguró la reina.

—Imploraré a los dioses… —un anciano juntó las palmas en una señal de súplica—. Estoy seguro de que nos escucharán.

—Por supuesto, Superior Sosam. El galeno ha informado las mejorías de mi hijo.

Amaia se sintió diminuta al ser ignorada por todos, pero intentó hablar de nuevo.

—Si me permiten —dijo, tomando valor—, tal vez pueda ayudar a su majestad.

Amaia había aprendido que con su magia podía aliviar heridas pequeñas y sanar algunas cosas; tal vez podría hacer que el rey se sintiera mejor.

Los rostros se giraron nuevamente hacia ella.

—¿Cómo, precisamente, podría ayudar a su majestad? —preguntó un hombre maduro, con ropas finas, aunque ligeramente ajadas, al igual que todos.

—La magia es curativa…

—El galeno debe asegurar la salud del rey, su majestad —la interrumpió el hombre apenas abrió la boca.

Amaia sintió la llama crecerle en el pecho. Se preguntó si había dicho algo malo.

—Lo hizo Lord Pagne. El día de hoy le recomendó reposo, pero sin duda mañana podrá asistir al baile de compromiso.

El banquete fue servido.

Amaia decidió permanecer callada el resto de la cena. No sería presentada como es debido, eso era un hecho, pero ya lo hablaría con su majestad el rey cuando lo viera.

Al permanecer en silencio, se dio cuenta de cuánto calor hacía en ese lugar, aun cuando el sol ya se ocultaba bajo el manto oscuro y diamantado del cielo nocturno.

Se removía incómoda en su asiento, sintiendo la piel húmeda y cómo el aire comenzaba a hacerle falta.

Trataba de hacerlo discretamente, pero todos habían estado notando sus gestos durante la conversación.

—La boda real debe llevarse a cabo lo antes posible. Se debe asegurar un heredero al trono.

Amaia ya estaba tan distraída en su incomodidad que no escuchó las palabras que dijo el noble Pagne.

—La boda se llevará a cabo en una semana. Es tiempo suficiente —aseguró la matriarca—. Nos costó mucho llegar a un acuerdo con Sorak para que quisiera enviarnos a su hija.

Amaia levantó la vista.

Hablaban de ella como una transacción.

—Aún no comprendo por qué traer a una mujer de otro reino, con la cual queda claro que no comprende nuestras costumbres ni es digna de ascender al trono.

—Concuerdo totalmente con Lord Pagne —el general se unió a la conversación—. Sorak es traicionero y ambicioso. Tiene apenas unos años en el trono. Es claro que no podemos confiarnos de él solo porque envió a su hija en señal de alianza.

Amaia se abanicaba con la mano, tratando de contenerse de responderle al hombre.

—Entiendo su frustración, pero esa decisión compete únicamente al rey —habló la matriarca.

—Compete al reino, majestad —habló el sacerdote—. El heredero debe ser digno hijo de nuestro líder. Debe seguir los designios de nuestros dioses. Pero, por el comentario hecho por la señorita anteriormente, temo que su alma esté lo suficientemente contaminada.

¿Mi alma contaminada?, se preguntó Amaia.

Amaia ya no soportaba la asfixia. Extendió su mano, tomando una copa.

Los cuestionamientos de los hombres habían irritado a la reina.

—Les aseguro que esta alianza es lo mejor para el reino —la vista de la mujer se desvió a la princesa, quien dejó la copa, volviendo a abanicarse—. No tenemos nada que Sorak pueda querer. Estoy segura de que, de atacar a alguien, atacará a Norvak primero. ¡Por todos los dioses! —gruñó fastidiada la matriarca—. ¡¿Podrías dejar de retorcerte en el asiento como un gusano de agujero?! —le gritó a Amaia.

Amaia se sobresaltó, comprendiendo apenas que se dirigía a ella. Trataba de mostrarse segura, pero tanto tiempo sin poder enfrentarse a su padre… aunque quería ser valiente, carecía de la habilidad para lograrlo.

—Lo… lo siento —tartamudeó—. No es…

—Cierra la boca cuando tu reina te habla.

Amaia se estremeció; la mirada le tembló.

—Jamás había visto a una mujer comportarse de manera tan impropia en tan poco tiempo.

—Majestad, yo…

—Cállate… —Amaia vio borroso por las lágrimas en sus ojos, por los gritos de la mujer—. Deberás aprender a comportarte, aprende a ser una reina digna, aprende que no hablarás si no se te indica y aprende muy bien cuál es tu lugar.

Amaia se quedó callada. No entendió ni supo qué fue lo que hizo mal, pero ya había sido juzgada.

—Ahora retírate. Es increíble que no hayamos soportado ni una cena contigo.

Amaia miró alrededor. Buscó apoyo en alguien, algo que le dijera que no estaba sola, que no era su culpa. Pero no había nadie. Solo encontró rostros llenos de desprecio e irritación.

Se levantó despacio, pero no bajó la cabeza; nada la haría hacerlo.

—Disculpe, majestad. Nunca fue mi intención ofenderlos —dijo, tragándose el orgullo de gritarles a la cara que ella era la futura reina y que todos los presentes en ese salón le debían respeto. Pero sabía muy bien que eso solo provocaría más desprecio.

Si deseaba ganar, debía jugar su mismo juego.

...****************...

Amaia volvía a sus aposentos, seguida por el arsenal de mujeres que cargaba detrás. Su andar era impetuoso y digno; no agacharía la cabeza.

Se detuvo cuando una luz tenue salía de uno de los aposentos, colándose en la oscuridad de los pasillos de piedra.

Observó con curiosidad hacia la dirección y después se dirigió ahí.

—Majestad, no puede ir por ese pasillo —dijo Leika en un intento absurdo por detenerla.

Amaia no la escuchó; siguió acercándose a la puerta.

Escuchó jadeos y tosidos desgarradores a través de ella.

—Majestad, aquí —escuchó una voz desde dentro.

Era la habitación del rey.

Después se escucharon las arcadas de una persona enferma.

—Majestad, tranquilo.

¿Pero qué…?

Amaia no entendía lo que pasaba.

Cuando se disponía a abrir la puerta, una voz sonó detrás de ella.

—No tienes derecho de estar aquí.

La voz anciana, pero evidentemente furiosa, de la matriarca se hizo presente.

Todas las presentes hicieron una reverencia.

Siron se acercó, con el bastón retumbando.

—Creí haber dado órdenes de que no se le trajera a la princesa a esta parte del castillo —miró a todas las damas con furia.

—Le advertimos que no podía introducirse a esta parte del castillo, majestad. No queríamos que molestara al rey —dijo Leika.

Amaia giró su rostro, molesta, hacia ella.

Si bien le habían dicho que no debía acercarse, ella no se había introducido en ningún lugar prohibido; eran ellas quienes la guiaban, y simplemente se acercó a la luz.

—Solo quería ver por qué había una luz saliendo del pasillo —se justificó.

—Lleva tu curiosidad a otro lado —gruñó la anciana.

La matriarca la pasó de largo y entró a los aposentos del rey.

—¿Por qué está enfermo su majestad el rey? —cuestionó Amaia, girando hacia ella.

—Eso no es algo que te competa —dijo la mujer.

—Se me ha enviado aquí para una alianza; si el rey está bajo alguna condición, es mi derecho saberlo.

El rostro de Siron se desencajó, pero no gritó.

—No hay nada que no se te haya dicho ya. Y, aun así, no eres más que una princesa inútil.

El rostro de Amaia se volvió rojo.

—Ahora llévenla a sus aposentos y asegúrense de que descanse.

La reina regente se perdió detrás de la puerta.

—Por aquí, majestad —señaló Leika.

Amaia le dedicó una última mirada y después se dirigió a sus aposentos.

Cuando llegó, las mujeres quisieron ayudarla.

—Yo puedo sola… —siseó Amaia, molesta.

Todas dejaron de tocarla y se alejaron.

Amaia comenzó a desvestirse, pero no alcanzó un broche en la parte trasera del vestido.

Ninguna de las mujeres se dignó a ayudarla.

Ella las miró a todas, pero nadie se movió.

Sabía lo que querían: que ella pidiera ayuda.

Amaia trataba de alcanzarlo, pero era evidente que, por su complexión, no podría. Así que se le ocurrió usar un poco de su magia. No dejaría que pisotearan su orgullo por esas mujeres.

Colocó una mano detrás de su espalda, hizo un movimiento con los dedos y el broche salió.

Un suspiro ahogado por parte de todas se escuchó dentro de la alcoba.

—¿Cómo se ha atrevido? —cuestionó Leika, evidentemente indignada.

Amaia no entendió.

Frunció ligeramente el ceño, mirando a Leika, luego a las demás.

—¿Qué ocurre? —preguntó, aunque su tono ya no era del todo paciente.

Nadie respondió de inmediato.

Las mujeres intercambiaron miradas incómodas, como si ninguna quisiera ser la primera en hablar.

—Está prohibido —dijo al fin una de ellas en voz baja.

Amaia sostuvo su mirada.

— ¿Que cosa?

—La magia… está prohibida.

Amaia soltó una expresión incrédula, la magia era un recurso del reino y las familias reales, por que demonios estaría prohibida.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier respuesta.

—Eso no se me informó.

—No es necesario informarlo —intervino Leika, más firme ahora—. Es una norma que todos conocen.

Amaia soltó una risa breve, sin humor.

—Curioso. Porque “todos” no me incluye.

Nadie se atrevió a replicar.

Pero el ambiente había cambiado.

—¿Y qué sucede ahora? —preguntó Amaia, cruzándose de brazos.

Nadie respondió.

El silencio se volvió denso… hasta que el sonido del bastón rompió el aire.

La puerta se abrió sin prisa.

—Sucede… que tu insensatez pone en riesgo a todo el reino.

La voz de la matriarca llenó la habitación.

Todas las mujeres hicieron una reverencia de inmediato.

Amaia no se movió.

Siron avanzó despacio, observando la escena: el vestido abierto, las mujeres tensas… y finalmente a ella.

—¿Usaste magia?

Amaia frunció el ceño, pensando como es que llegó tan rápido si estaba en los aposentos del rey.

—Sí.

Un murmullo contenido recorrió la habitación.

—Fue solo un broche —añadió—. Ni siquiera—

El bastón golpeó el suelo.

—Cállate.

Amaia brinco, de nuevo le estaba gritando. apretó la mandíbula, pero no apartó la mirada.

—No entiendo cuál es el problema —insistió, con el ceño fruncido —señaló su espalda con molestia—. ¿De verdad todo esto es por eso?

Los ojos de Siron se afilaron.

—¿“Eso”?

Dio un paso más hacia ella.

—¿Llamas “eso” a desobedecer una de las normas más antiguas de este reino?

Amaia soltó una pequeña exhalación.

—Nadie me lo dijo.

—No necesitas que te lo digan.

—Claro que sí —replicó Amaia, esta vez más firme—. No soy de aquí. No conozco sus reglas, sus… supersticiones—

El golpe del bastón fue más fuerte esta vez.

—No te atrevas.

El aire se tensó de golpe.

Amaia sintió el impacto de esas palabras, pero no retrocedió.

—Entonces explíqueme —dijo, conteniendo la frustración—. Porque hasta ahora, lo único que he visto es que se me juzga por cosas que ni siquiera se me han informado.

Un silencio incómodo cayó sobre todas.

La matriarca la observó largo, como si midiera cada palabra.

—Aquí —dijo al fin, con una calma peligrosa— no estás para entender.

Amaia sintió algo encenderse en el pecho.

—Estoy aquí para casarme con su hijo —respondió sin bajar la voz—. Eso me convierte en parte de este reino, le guste o no.

Varias mujeres la miraron con desaprobación.

Siron no gritó.

Pero su mirada se volvió helada.

—No.

Un solo paso.

— Si crees que por ser la esposa de mi hijo serás la reina, estás muy equivocada, aquí la única reina es y seguiré siendo yo.

Amaia se quedó inmóvil por un segundo.

— Solo te casarás con mi hijo para tener a su heredero, pero no tienes voz ni voto aquí.

Amaia tragó saliva, pero no cedió.

Se mañdijo internamente, solo la enviaron para ser la portadora de un bebé. De un heredero.

—¿Entonces espera que me quede quieta mientras todos deciden por mí?

—Espero —interrumpió Siron— que no me desafíes. o te arrepentirás. Aquí la magia no es aceptada.

Amaia apretó los puños..

Amaia sintió el golpe de esas palabras, directo.

—Eso es absurdo —soltó, sin poder contenerlo—. No puede tratarme como si fuera una amenaza por algo tan insignificante. Usted misma la posee, ¿por qie la niega?

Siron la observó sin parpadear.

—Aqui tu no estás para cuestionar, estas para óbedecer.

Amaia sostuvo la mirada, aunque ahora su respiración era más pesada.

Amaia no apartó la vista.

El bastón golpeó el suelo una última vez.

—A partir de ahora, no usarás magia dentro de estos muros. Ni por error… ni por necesidad… ni por capricho. Tampoco fuera.

Siron giró para marchar.

—Vigílenla.

Y sin más, salió de la habitación.

El sonido del bastón se fue alejando… dejando un vacío incómodo detrás.

Nadie habló.

Amaia permaneció de pie, con la respiración contenida, el pecho ardiendo.

Estaba arta de sentirse prisionera.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play