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Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Helios [Libro 2] [The Celestials Series]

Status: Terminada
Genre:Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:677
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

La aurora no promete perdón: sólo la prueba de quien se atreve a reclamar el cielo.

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Capítulo 03

El Palacio de Voran no era solo una construcción de piedra y mármol; era una bofetada de opulencia en mitad de una ciudad que empezaba a mostrar las costuras de la decadencia. Construido sobre la colina más alta de Solis, sus muros blancos relucían bajo el sol del mediodía, coronados por estatuas de guerreros antiguos cuyas lanzas de oro parecían amenazar al mismo cielo.

Para Helios, aquel lugar era un mausoleo.

Caminó por la Avenida de los Reyes, una amplia calzada bordeada de cedros que conducía directamente a las Puertas del Sol, la entrada principal al recinto palaciego. No iba oculto. Su capa de viaje ondeaba tras él, revelando el acero de su mandoble y la elegancia letal de sus movimientos. Sus hombres se mantenían a una distancia prudencial, mezclándose con la multitud de suplicantes y comerciantes, pero con los ojos clavados en su espalda.

Al llegar a la línea de guardia, Helios se detuvo. El aire a su alrededor se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de los presentes se erizara.

—¡Alto! —gritó un guardia, bajando su pica con manos temblorosas—. El Palacio está cerrado para todo aquel que no posea un salvoconducto sellado por el Gran Canciller.

Helios levantó la vista. El casco del guardia era de un diseño nuevo, pero la estructura de la puerta, con sus relieves de soles entrelazados, era la misma que él había cruzado a caballo el día que fue desterrado.

—No necesito un papel para entrar en mi propia casa —dijo Helios. Su voz no era un grito, pero tenía la resonancia del trueno lejano—. Quita esa vara de madera de mi camino antes de que la convierta en astillas y cenizas.

Un oficial de mayor rango, un hombre de mediana edad con una cicatriz que le recorría el cuello, se acercó al ver el altercado. Se detuvo en seco cuando sus ojos se encontraron con los de Helios. El color abandonó su rostro de golpe.

—¿Sargento Kaelen? —preguntó Helios, ladeando la cabeza—. Veo que has ascendido. La última vez que te vi, estabas limpiando las cuadras de mi padre después de haberte emborrachado en servicio.

El oficial, Kaelen, tragó saliva con dificultad. Su mano voló al pomo de su espada, pero no llegó a desenvainarla. Sabía quién era el hombre que tenía delante. Recordaba la noche del golpe, recordaba cómo aquel muchacho de dieciocho años había luchado contra seis hombres a la vez mientras el palacio ardía.

—Príncipe Helios... —susurró Kaelen, y el nombre causó un murmullo de asombro entre los civiles cercanos—. Estás muerto. El decreto decía que habías muerto en las minas de sal.

—Las noticias de mi muerte fueron una exageración de mi tío para dormir tranquilo —replicó Helios, dando un paso adelante. La temperatura en la puerta subió varios grados. El sudor empezó a perlar la frente de los guardias—. Ahora, abre las puertas. Tengo asuntos que tratar con el Consejo.

Kaelen recuperó algo de compostura, aunque sus ojos seguían dilatados por el miedo.

—No puedo, mi señor. Las órdenes del Canciller son claras. Si pones un pie dentro de los límites del palacio sin invitación, serás ejecutado por traición. Los tiempos han cambiado. Los Voran ya no dictan las leyes aquí.

Helios soltó una carcajada seca, carente de humor.

—Los Voran *son* la ley en Solis, Kaelen. Todo lo que ves, desde el mármol que pisas hasta el aire que respiras, pertenece a mi sangre. ¿Vas a detenerme tú? ¿Con estos reclutas que apenas saben sostener una pica?

—He recibido órdenes directas —insistió Kaelen, reforzando su postura—. Si intentas entrar, mis hombres dispararán desde las almenas. Por favor... vete. No me obligues a matarte.

Helios observó a los arqueros que ya asomaban por encima de la puerta. Eran muchos. Podía incinerar a los guardias de la entrada en un parpadeo, pero no podía detener cien flechas a la vez sin agotar su energía antes de llegar al salón del trono. No era el momento para un suicidio heroico.

—Has elegido el bando equivocado, sargento —dijo Helios con una frialdad que contrastaba con el calor que emanaba de su cuerpo—. Disfruta de tu puesto mientras puedas. Cuando vuelva a cruzar esta puerta, no habrá piedad para los que olvidaron a quién debían su lealtad.

Dio media vuelta, con la capa azotando el aire, y se alejó sin mirar atrás.

***

Dos horas después, Helios se encontraba en una zona de la ciudad que el sol parecía haber olvidado: el Distrito de los Muelles Bajos. Allí, el olor a pescado podrido y brea se mezclaba con el hedor del vicio. Se detuvo ante una taberna de aspecto ruinoso llamada "El Ancla de Hierro".

Entró solo. El lugar estaba lleno de marineros, mercenarios y hombres que vivían en los márgenes de la legalidad. En una mesa al fondo, bajo la luz mortecina de una lámpara de aceite, un hombre corpulento con un parche en el ojo y el brazo derecho cubierto de tatuajes de nudos marinos bebía en silencio.

Helios se sentó frente a él sin pedir permiso. El hombre no levantó la vista de su jarra.

—Has tardado mucho en volver, cachorro —dijo el hombre. Su voz era como el roce de dos láminas de metal—. Casi me haces creer que te habías vuelto blando en el desierto.

—El desierto solo me ha quitado lo que me sobraba, Tarkas —respondió Helios—. Sigo vivo. Y sigo teniendo memoria.

1
Mariela Serrano
Estoy algo perdida, Acaso Selene no estaba casada con Varron, o esto pasó antes de eso?
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