Desilusionada por la traición de su esposo, Tamara encontrará refugio en donde menos lo espera, los brazos de su jefe. Un importante joyero, un ceo de renombre, un artista único y excéntrico que viaja por el mundo exponiendo sus magníficas colecciones, sin interesarse realmente en el amor y solo le importan sus piedras preciosas. Sin embargo pronto descubrirá que la joya más invaluable e inalcanzable es la mujer que se hospeda bajo su mismo techo y a la cual pretende conquistar.
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Capítulo N°5
Franco una vez que se despidió del ama de llaves cerró la puerta de la habitación, depositó las prendas sobre la cama y con tranquilidad se dirigió al cuarto de baño. Al ingresar podía oír el sonido de la ducha y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro de solo imaginar como el agua recorría por completo la piel desnuda de su secretaría. De solo pensar en ese hermoso trasero enjabonado, cubierto de espuma su miembro reaccionó inmediatamente, sin embargo intentó controlar su hombría y pensar una estrategia para acercarse. Conocía perfectamente a esa mujer, sabía que cuando su tono de voz cambiaba drásticamente es porque estaba enojada. Debía ser muy creativo para conseguir su perdón ya que era más que evidente que Tamara estaba molesta por la interrupción, sin embargo él estaba más que dispuesto a compensarla. Su secretaria había despertado un sentimiento que permanecía dormido desde hace mucho tiempo y ahora necesitaba con ansias calmar.
A medida que se acercaba el sonido del agua era más intenso y el deseo de estar a su lado se incrementa haciendo que una gran erección comienza a aparecer debajo de su ropa interior y haciendo que sus pantalones le estorbaran, su hombría aclamaba ser liberada.
El cristal de la mampara estaba empañado, el vapor en el lugar era visiblemente exagerado y al acercarse al pequeño compartimento donde se encontraba la joven tomando un baño, su corazón se detuvo de golpe al ver a su secretaria desnuda en el suelo, inconsciente, completamente desmayada.
—¡Tamara!—gritó con desesperación y se apresuró a brindarle su ayuda.
Sin perder el tiempo se acercó a ella, se puso de rodillas a su lado, verificó que no estaba herida y que aún respiraba, entonces la tomó entre sus brazos sin importar que el agua hirviendo quemara su torso. A toda prisa se dirigió a la habitación dejando sus huellas marcadas en el piso. Con cuidado la depositó sobre la cama y con desesperación, sintiendo que su corazón estaba a punto de salirse de su pecho, se comunicó con Telma.
—¡Telma, ven a la casa es una emergencia!—dijo con desesperación recordando que su ama de llaves tenía conocimientos en primeros auxilios.
—Señor, debe calmarse y decirme ¿qué sucede?—aconsejo el ama de llaves del otro lado de la línea.
—¡Tamara…Tamara está desmayada!
—Tranquilo joven, voy para allá pero por las dudas llamaremos a emergencias, no es normal que alguien se desmaye de la nada—sugirió.
—De acuerdo.
Telma colgó el teléfono y le dio indicaciones a su esposo.
— Alfred, llama a la clínica y solicita que envíen una ambulancia de inmediato—ordenó mientras se colocaba su abrigo.
—¿Qué sucede?
—No lo sé con exactitud, pero deja de ser curioso y obedece.
—Está bien—respondió el chofer mientras agarraba el teléfono y llamaba a emergencias.
[…]
Mientras tanto en la habitación principal
Franco se movía de un lugar a otro con desesperación hasta que se dio cuenta que Tamara estaba completamente desnuda y temblaba sobre la cama. Deprisa buscó una toalla en el baño, secó con suavidad el cuerpo de la secretaria y lo cubrió con una manta. No podía permitir que nadie más viera la hermosa figura de esa mujer.
La puerta del cuarto se abrió de golpe, Telma conocía muy bien a su jefe y sabía que no le molestaría si entraba a la habitación sin anunciarse.
El ama de llaves se acercó a la cama con una botella de alcohol puro en sus manos, él cual siempre guardaba en su botiquín de primeros auxilios, entonces la destapó y con calma lo posiciona debajo de la nariz de la joven e hizo que Tamara se tomará su tiempo para aspirar y se despertara de su inconsciencia.
—¡Eso no funciona!—se quejó Franco al ver que no reaccionaba.
—Paciencia, no sabemos cuánto tiempo lleva así.
Él se movía de un lado a otro dentro de la habitación, se sentía un inútil por no poder ayudar en ese momento, entonces escucho como de los labios de Tamara se escapó un pequeño quejido.
—Está reaccionando—dijo Telma con calma y vio como lentamente la secretaria abría sus ojos, la miraba confundida e intentaba incorporarse—. Hola preciosa —saludó con amabilidad mientras que con una mano impedía que se moviera—. No te esfuerces, debes permanecer acostada—indicó con suavidad.
—¿Dónde estoy?¿Quién es usted?—preguntó aturdida.
—Soy Telma, el ama de llaves de Franco Contreras y estás en su casa—respondió.
—Franco, ¿dónde está Franco?—murmuró como si comenzara a recordar, sin embargo tenía un horrible dolor de cabeza, se sentía mareada, no podía ver con claridad y todo a su alrededor le daba vueltas, entonces al observar a la mujer que estaba a su lado y que la miraba con tanta compasión se sintió avergonzada de sentir celos y desconfianza de alguien que ni siquiera conocía.
—El señor…
—Muñeca, aquí estoy—dijo Franco interrumpiendo la conversación y se acercó a la cama para que lo viera y supiera que aún seguía a su lado—. ¿Cómo te sientes?—preguntó sin ocultar su preocupación.
—¿Qué pasó? Me duele la cabeza—comentó mientras se acariciaba la sien.
—No lo sé, pero pronto lo averiguaremos—respondió sentándose a su lado y tomando con cariño su mano.
—Será mejor que la señorita se vista antes de que lleguen los paramédicos—sugirió Telma al darse cuenta que la joven seguía desnuda bajo las sábanas.
—Tienes razón—contestó Franco sintiendo celos de que alguien más la viera desnuda—. Telma, puedes retirarte, yo me encargo.
—De acuerdo señor, estaré afuera por si necesita mi ayuda.
Franco asintió con un movimiento de cabeza. Una vez que estuvieron a solas busco la ropa que estaba sobre la cama y sin ningún tipo de pudor se acercó a la joven y dijo.
—Tamara, ¿puedes sentarte?—pregunto y ella intentó incorporarse, sin embargo cerró fuertemente sus ojos al sentir que se mareaba nuevamente.
—Estoy mareada, todo me da vuelta—explicó al mismo tiempo que apoyaba su cabeza sobre la almohada.
—En ese caso, te tendré que vestir—anunció y lentamente le quitó la manta. Franco maldijo en silencio al descubrir que su cuerpo había sufrido algunas quemaduras producto del agua caliente—. Muñeca, será mejor que olvidemos la ropa interior—dijo haciendo una mueca de disgusto.
—¿Qué sucede?—preguntó al ver ese gesto.
—Nada, confía en mí. Estarás bien—prometió mientras con cuidado le colocaba la camisa de algodón y lentamente abotonaba cada uno de los botones sin dejar de mirarla con ternura a los ojos, luego le colocó el pantalón del pijama—. ¡Listo, eso fue fácil! ¡Ya estás completamente vestida!—anunció y no pudo evitar rozar sus labios con un tierno beso.
—¡Qué ironía!
—¿Qué cosa?
—Se supone que tendrías que festejar al quitarme la ropa, no por vestirme—se quejó Tamara intentando recuperar su buen humor.
—Ya habrá tiempo para eso—dijo y acaricio su rostro con cariño—. Ahora lo importante es descubrir que sucedió en ese baño y porque te desmayaste.
—Debe ser cansancio, estrés o nervios—dio su diagnóstico pensando en las últimas horas y no pudo evitar que se le formara un nudo en la garganta y su voz sonara diferente. Ella se cubrió el rostro con ambas manos, deseaba llorar, se sentía nostálgica, abrumada y no quería que Franco la viera de esa manera.
—No debes ocultarte de mí, si quieres llorar puedes hacerlo—dijo y la abrazó con ternura, brindándole contención.
A lo lejos se escuchaba el sonido de la sirena de la ambulancia, era cuestión de minutos para que Tamara recibiera atención medica y Franco suspiro agradecido, ya que la joven no dejaba de temblar bajo sus brazos.