Cuando Valeria decide empezar de nuevo en una ciudad que no conoce, lo último que espera es que un simple error cambie su vida para siempre.
Un mensaje enviado a la persona equivocada la conecta con Daniel, un hombre que también está intentando dejar atrás su pasado.
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La vida que sigue
El resto del día pasó en silencio.
Sofía trabajó, respondió correos, revisó planos y atendió reuniones. Desde afuera, todo parecía normal. Nadie habría notado que, por dentro, su mente no dejaba de moverse entre dos mundos.
El de siempre.
Y el que estaba empezando a abrirse paso sin pedir permiso.
A las seis de la tarde, Daniel la recogió en la oficina, como lo hacía algunas veces.
—¿Lista? —preguntó con una sonrisa.
Sofía asintió y subió al auto.
El trayecto fue tranquilo. Daniel hablaba con entusiasmo sobre los detalles de la boda: el salón, la decoración, la lista de invitados.
—El lugar es perfecto, Sofía. Tiene un jardín enorme. Te va a encantar.
Ella miraba por la ventana, observando las luces de la ciudad encenderse poco a poco.
—Sí… suena bonito.
Daniel la miró de reojo.
—¿Todo bien?
—Sí —respondió rápidamente.
Pero su voz no sonó tan segura.
El lugar era elegante, rodeado de árboles y luces cálidas. Una coordinadora los recibió y comenzó a explicar fechas, horarios y opciones.
Daniel escuchaba con atención, hacía preguntas, tomaba decisiones.
Sofía caminaba a su lado, sonriendo cuando era necesario.
Hasta que llegaron al jardín principal.
—Aquí sería la ceremonia —dijo la coordinadora.
Daniel tomó la mano de Sofía con emoción.
—¿Te imaginas? —dijo en voz baja—. Tú caminando hacia mí… y empezando nuestra vida juntos.
Sofía lo miró.
Él estaba feliz.
Seguro.
Convencido.
Y por primera vez, en lugar de emoción, ella sintió algo diferente.
Duda.
No sobre Daniel.
Sino sobre ella misma.
¿Estaba ahí porque lo amaba?
¿O porque esa era la vida que siempre había planeado?
—¿Te gusta? —preguntó él.
Sofía tardó un segundo en responder.
—Sí… es hermoso.
Pero en su mente apareció otra imagen.
Una mesa en un café.
Una conversación sin planes.
Una sensación de libertad que no sabía que necesitaba.
Esa noche, al llegar a casa, Daniel se quedó dormido rápido.
Sofía, en cambio, se sentó en la sala con el teléfono en la mano.
No había mensajes de Mateo.
Y, contra toda lógica, eso le molestó.
Pasaron varios minutos.
Diez.
Quince.
Finalmente, la pantalla se iluminó.
Mateo:
“Hoy intenté no escribirte.”
El corazón de Sofía se aceleró.
Un segundo mensaje llegó enseguida.
“Pero todo el día estuve pensando en tu mano sobre la mía.”
Sofía cerró los ojos.
Sabía que debía frenar.
Sabía que esto ya estaba yendo demasiado lejos.
Aun así, respondió.
“Yo también.”
La respuesta fue inmediata.
“Esto ya no es solo conversación, Sofía.”
Ella miró el mensaje.
La verdad estaba ahí.
Clara.
Directa.
“Lo sé.”
Pasaron unos segundos.
Luego llegó el mensaje que hizo que su respiración se detuviera.
“Entonces tenemos que decidir qué vamos a hacer con lo que sentimos.”
Sofía dejó el teléfono sobre sus piernas.
Por primera vez, la situación dejó de ser una emoción secreta.
Se había convertido en una decisión real.
Porque el tiempo seguía avanzando.
Porque la boda tenía fecha.
Porque Daniel confiaba en ella.
Y porque, aun así…
su corazón ya no estaba en un solo lugar.
El daño que se está incubando arrasará como un huracán con los tres, devastadoramente. No te arriendo la ganancia.