VOLVER A AMAR - TEMPORADA II
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 6
No quise que nada arruinara la felicidad que estaba compartiendo con Leonardo, así que no respondí. Ni siquiera guardé el número, lo dejé ahí, como si ignorarlo pudiera borrarlo de mi mente.
Seguimos caminando hasta que llegamos al estacionamiento. La llovizna comenzaba a mojar el pavimento y, sin decir nada, Leonardo se quitó su chaqueta y me la puso sobre los hombros. No había gesto que él no hiciera que no me enamorara aun más.
Durante el trayecto en coche, traté de concentrarme en lo que hablábamos, un viaje que él quería planear, una receta que quería enseñarme y aquella visita a sus padres que él consideraba importante, sin decirme la razón; pero las palabras en la pantalla volvían una y otra vez a mi mente: "No todo es como parece".
Cuando llegamos a mi edificio, me ofreció acompañarme hasta arriba, no era necesario, pero lo dejé. El ascensor subió en silencio, salvo por el sonido de su respiración cerca de mí.
En la puerta de mi departamento, dudó un segundo antes de hablar.
—Sé que algo te preocupa. Si no quieres contármelo ahora, está bien, pero no lo guardes sola— comentó él.
Asentí, sin prometer nada. Se inclinó para besarme, un beso lento, como si quisiera borrar cualquier sombra que se hubiera colado entre nosotros.
Cuando cerré la puerta detrás de él, me apoyé contra la madera. Abrí el celular y volví a leer el mensaje. Tenía algo extraño, la hora de envío estaba marcada tres minutos antes de que viéramos a Octavio en el banco.
Sentí un cosquilleo que parecía advertirme algo. Me asomé por la ventana. Abajo, en la calle, una figura con abrigo beige caminaba bajo la llovizna, sin prisa, como si supiera que yo la observaba.
El teléfono vibró de nuevo, "Samantha, necesitamos hablar", y en ese momento supe que era Octavio, pero me negué a responder, decidí que le cobraría a Leonardo el día siguiente y fui a ponerme algo cómodo.
Terminaba de lavarme los dientes cuando el timbre sonó. No esperaba a nadie, la imagen en el intercomunicador hizo que el aire se me quedara atrapado en el pecho
—Hola, Samantha— dijo Octavio, con esa voz en la que siempre se escondía un reto.
—¿Qué… qué haces aquí—, pregunté, midiendo la distancia y tratando de no sonar nerviosa.
—No fue difícil encontrarte. Solo tenía que querer hacerlo— sonrió, y esa frase fue como un recordatorio de por qué lo había dejado, no necesitaba ser su sombra, ni quería su control.
—Es mejor que te vayas, no tengo nada que tratar contigo— dije cerrando la mano, odiaba que aún por el intercomunicador estuviera cerca de mí.
Octavio levantó un sobre, lo sostuvo apenas un segundo, y lo dejó en el suelo.
—Vengo a recuperar lo que es mío, solo quería que esto no te afectara, pero si sigues a su lado, el escándalo te alcanzará— manifestó Octavio.
Se dio media vuelta y se alejó con una cSamantha que solo incrementó el nudo en mi estómago.
No iba a abrir ese sobre, se repetía, pero no podía quitarse de la cabeza las preguntas que sí me desvelarían esa noche: ¿cómo había conseguido mi dirección?, ¿y qué buscaba con esa actitud?
Me quedé quieta, mirando el sobre tirado debajo de la puerta como si fuera un animal que pudiera morderme si me acercaba demasiado. El reloj marcaba las once y cuarto. Demasiado tarde para llamar a Jessica sin preocuparla. Demasiado pronto para despertar a Leonardo.
Caminé hasta el sofá con el impulso de ignorarlo, pero la curiosidad y el miedo hicieron que diera media vuelta. Lo recogí con dos dedos, como si el papel tuviera peso propio. La solapa estaba cerrada, pero no sellada.
Podía oler el perfume que Octavio solía usar. Ese detalle absurdo me encendió la piel de la rabia. Lo dejé sobre la mesa del comedor, como si así pudiera aislarlo, pero era inútil, estaba ahí, en mi casa, como una presencia muda que ocupaba todo el aire.
Encendí la televisión, solo para tener ruido, y me serví un vaso de agua que no bebí. Los minutos pasaban lentos, el tic tac del reloj amplificaba la tensión.
Finalmente me senté frente al sobre, no lo abrí, me limité a escribirle a Leonardo: "Mañana necesito contarte algo".
Apagué la luz y me metí en la cama, pero el sueño no llegó. Cada sombra que se movía detrás de las cortinas me parecía una figura con abrigo beige. Y aunque sabía que Octavio no podía entrar, no pude evitar dejar la lámpara encendida toda la noche.