Sin saber que él cayó primero en esa trampa de seda y misterio, Alicia guarda silencio. Ahora, el destino prepara su propia jugada: un encuentro casual en una cafetería a plena luz del día. ¿Bastará el eco de una voz o el calor de una mirada para reconocer al amor que juraron mantener en la oscuridad?
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capitulo 12
La oficina ha dejado de ser mi centro de gravedad para convertirse en una sala de espera. Llevo toda la semana analizando contratos de fideicomisos, pero mi mente está en otro lado, específicamente en la textura del papel de lija que parece tener la voz de él cuando me susurra al oído. El viernes ya no es un día de la semana; es una balsa de salvamento en un océano de mediocridad y expedientes.
Me sorprendo a mí misma en mitad de una reunión con los socios principales, acariciando el borde de mi pluma estilográfica. Mis dedos buscan la memoria de su piel. Es una obsesión táctil que me asusta por su intensidad. Cuando mi padre menciona la importancia de "mantener la imagen impoluta de la firma", siento una ganas casi físicas de reírme. Si supiera que su hija impecable cuenta las horas para ponerse una peluca sintética y entregarse a un hombre cuya identidad es un misterio absoluto, probablemente se le detendría el corazón.
El viernes llega con un cielo plomizo, pero para mí, el mundo brilla con una intensidad peligrosa.
Llego a casa y la transformación es casi espiritual. Me quito el traje de raya diplomática y, por un momento, me quedo desnuda frente al espejo del baño. Miro mi cuerpo y me pregunto si él, con sus manos expertas, ha llegado a conocerme mejor que yo misma. Me coloco la peluca roja. El carmesí es mi armadura y mi bandera.
Cuando entro en la habitación 402, el silencio es denso, casi sólido. Él ya está allí, esperándome junto a la ventana donde la luz de la calle apenas se filtra por las lamas de la persiana.
—Has vuelto a tiempo —dice, sin girarse.
—Nunca llegaría tarde a mi única cita con la realidad —respondo, cerrando la puerta tras de mí.
Él se gira. Su máscara de cuero proyecta una sombra que oculta su mirada, pero siento su escrutinio. Se acerca con esa elegancia depredadora que tanto me gusta y se detiene a centímetros de mí. Sus manos, esas manos de dedos largos que han empezado a protagonizar mis sueños, se elevan para tomar las mías.
—Tus manos están frías —observa, frotando mis palmas con sus pulgares. El calor que desprende es inmediato, eléctrico—. ¿Qué ha pasado hoy en tu mundo de cristal?
Me dejo guiar hasta la cama, donde nos sentamos uno frente al otro, con las rodillas rozándose.
—Hoy he tenido que defender a una persona que sabía que mentía —confieso, y la honestidad de la penumbra me empuja a seguir—. Tuve que usar la ley para ocultar la verdad. Y lo hice bien. Tan bien que me felicitaron por mi "integridad profesional". Es agotador vivir en un sistema donde la máscara más exitosa es la que parece más real.
Él aprieta mis manos, un gesto de apoyo silencioso que me llega más que cualquier palabra.
—Yo también miento, roja —susurra él. Su pulgar empieza a trazar círculos lentos en mi muñeca, justo donde late mi pulso, que se acelera bajo su toque—. Miento cuando digo que me importa el poder que ostento. Miento cuando sonrío en las cenas de gala. La gente cree que me conoce porque sabe mi cargo o mi patrimonio, pero nadie se detiene a preguntar qué hay debajo de la armadura. Solo aquí, contigo, siento que no tengo que defender ningún fuerte.
Se inclina hacia delante y sus labios encuentran el hueco de mi cuello. No es un beso cargado de urgencia sexual, sino algo más profundo, una marca de posesión y reconocimiento. Siento su aliento caliente contra mi piel y un escalofrío me recorre la espalda.
—Me haces sentir vista —le digo en un susurro, cerrando los ojos—. Es irónico, porque ni siquiera sabes de qué color son mis ojos debajo de este encaje. Pero me ves. Ves la fatiga, ves el hambre de algo más...
—Veo a la mujer que se atreve a ser fuego en un mundo de hielo —responde él, subiendo sus manos por mis brazos hasta mis hombros—. No necesito saber tu nombre para saber que eres la única persona honesta que he conocido en mucho tiempo.
Él me tumba con suavidad sobre el colchón. Sus manos comienzan su recorrido habitual, pero esta noche hay una delicadeza nueva. Sus dedos delinean el contorno de mi vestido de seda, deteniéndose en los puntos donde mi piel reacciona más vivamente. El lenguaje de sus manos es una conversación compleja: me pregunta qué necesito y yo le respondo con el arco de mi espalda y el ritmo de mi respiración.
La sensualidad en la habitación 402 no es solo física; es la comunión de dos soledades que han encontrado un refugio. Mientras él se deshace de su camisa y siento su pecho cálido contra el mío, el mundo exterior desaparece. No hay juicios, no hay bufetes de abogados, no hay apellidos ilustres. Solo está el olor a sándalo, el tacto del cuero de su máscara contra mi mejilla y la verdad que solo se puede decir cuando no hay testigos.
—Dime algo que desees —me pide él, con su boca a milímetros de la mía.
—Deseo que el viernes no termine nunca —respondo, rodeando su cuello con mis brazos—. Deseo que este silencio sea nuestra única ley.
Él me besa, y esta vez el beso es una explosión de todo lo que hemos callado durante la semana. Es una promesa de anonimato y una entrega absoluta. En la oscuridad de la habitación, las confesiones se convierten en caricias y los secretos en suspiros. Soy suya, no porque él sepa quién soy, sino porque es el único que ha tenido el valor de buscarme donde yo misma me había perdido.
Hay un tipo de cansancio que no se cura con el sueño. Es el cansancio de llevar una armadura que no te pertenece. Durante toda la semana, he sentido que mi piel es de cristal y que el mundo exterior es un martillo constante. En el bufete, los pasillos parecen más estrechos, y la voz de mi padre, siempre analítica, me suena como un ruido blanco que intento filtrar sin éxito.
—Alicia, el memorando sobre la fusión de IndusCorp tiene un tono demasiado... humano —me dijo ayer mi padre, dejando el documento sobre mi mesa con un desdén educado—. Limítate a los hechos. Los sentimientos no ganan casos ni mantienen imperios.