historia de Alfas, omegas y betas
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Capítulo 10 — Corrientes
La barcaza amarró en Corrientes con un golpe sordo contra los pilotes del muelle viejo, el que no sale en los mapas de turismo. No era puerto oficial: eran tablones hinchados, sogas podridas y un galpón sin techo donde dos betas descargaban cajones sin mirar a quién se los daban. El sol ya estaba alto y picaba en la nuca. Cuando salimos de abajo, los tres, olíamos a banana fermentada y a encierro. A los tres nos ardían los ojos por la luz.
Nadie nos preguntó nada. El tipo de la gorra —el que había recibido el pendrive— nos hizo una seña con el mentón y se perdió entre los cajones. Protocolo de los que no figuran en ningún folleto: no hablar, no agradecer, no volver.
Valenti caminaba adelante, sin brazalete pero con la espalda derecha de quien usó uniforme quince años. Elián iba en el medio, con la campera de Valenti encima y la capucha puesta aunque hiciera calor. Yo atrás, con la mochila y el brazalete gris en el bolsillo, que ya no pesaba como condena sino como recordatorio. Cada tanto me rozaba el muslo al caminar.
La casa de Maris —la otra Maris, la de Corrientes— era un pasillo largo en Barrio Aldana, puerta de chapa pintada de celeste descascarado y un timbre que no andaba. Valenti golpeó tres veces, pausa, dos veces más. Código.
Abrió una mujer de cincuenta y pico, pelo gris cortado a máquina, remera sin mangas, cicatriz de quemadura en el antebrazo. Beta. Se notaba en cómo no se apuró a cerrar la puerta cuando nos vio.
—Llegaron —dijo. No era bienvenida. Era constatación.
—Llegamos —contestó Valenti.
Nos hizo pasar. Adentro era un dos ambientes con ventilador de techo que hacía más ruido que viento. En la mesa había mate lavado, pan duro y una radio prendida bajito. En la radio hablaban del Consejero Rinaldi: “...recompensa por información sobre el paradero de su hijo, sustraído ayer por un ex miembro de la Pretoriana. Se solicita a la población colaborar con las autoridades. Cualquier beta que haya visto movimientos sospechosos debe reportar...”
Elián apagó la radio de un golpe.
Maris no se inmutó. Nos miró a los tres, despacio, como quien lee un informe sin anotar nada.
—Acá no pueden quedarse más de una noche —dijo—. El barrio está lleno de jubilados que miran por la ventana y de pibes que venden datos por crédito en el almacén. Si ven un omega sin blanco y un alfa sin rojo, llaman.
—No tenemos dónde más —dijo Valenti.
—Siempre hay dónde más. La pregunta es cuánto cuesta.
Sacó de abajo de la pileta una caja de zapatos. Adentro había plata arrugada, un cargador viejo, tres brazaletes sin número y un celular sin chip.
—Esto es lo que dejó el último que pasó por acá —dijo—. Beta también. Archivaba en Resistencia. Lo levantaron a las dos semanas. No volvió.
—¿Por qué ayudás entonces? —pregunté.
Maris me miró como si la pregunta fuera nueva.
—Porque en el Centro me hicieron copiar las actas de los “accidentes de supresión”. Veintisiete omegas en cinco años. Todos dominantes. Todos “incompatibles con Ceremonia”. Todos muertos por “paro cardíaco”. Yo firmaba. Vos también firmabas, Damián Torres.
No lo negó. No hacía falta. Beta. Firmamos lo que nos ponen delante.
Elián se sentó en la silla de plástico y apoyó los codos en la mesa. Sin supresores, la marca del cuello supuraba apenas. El olor —limón amargo y chapa— llenó la cocina en dos respiraciones. Maris no se tapó la nariz. Lo miró fijo.
—Estás entrando en pre-celo —dijo—. Dos días, tres si tenés suerte y no te estresan.
—Lo sé —contestó Elián.
Valenti se tensó entero. No era celo de alfa. Era otra cosa: el cuerpo recordando lo que le enseñaron a odiar. Hierro caliente subiendo de golpe.
—No acá —dijo Maris, dura—. Si largás feromona de celo en este pasillo, en media hora tengo a la Guardia rompiendo la puerta.
—No voy a —dijo Elián, y se le quebró la voz al final. No de sumisión. De rabia.
Yo me levanté y fui al baño. No porque necesitara. Porque necesitaba no estar. En el espejo chico, sobre la pileta, me vi: pelo revuelto, ojeras, remera gris con mancha de banana. Sin brazalete. Sin sello. Y sin embargo olía a algo. No fuerte. No como Valenti o Elián. Olía a tinta y a papel viejo, como dijo Elián. Olía a archivo. Olía a mí.
Cuando volví, Maris había puesto el celular a cargar y Valenti estaba con la cabeza entre las manos.
—No podemos cruzar a Paraguay con él así —dijo—. En el control huelen. Los perros, los lectores, los alfas de frontera. Es suicidio.
—Entonces no cruzamos —dijo Elián.
—Entonces te entregás —contestó Valenti, sin levantar la voz—. Y yo te pierdo.
—Entonces no me entregás —dijo Elián—. Me escondés.
Se hizo silencio. No el de los betas. El de los que no tienen respuesta buena.
Maris se sirvió mate aunque la yerba estaba lavada.
—Hay un lugar —dijo—. No es lindo. No es legal. Pero no huele. Sótano de la iglesia abandonada en la 3 de Abril. Lo usan los betas que se escapan del Censo antes de que los marquen. Sin ventanas, paredes gruesas. Si te encerrás tres días con supresores clase B, pasás el pico.
—¿Tenés clase B? —preguntó Valenti.
Maris negó.
—Pero sé quién vende.
—Cuánto —dije yo.
—Todo lo que tengan. Y el pendrive.
Me lo palpé en el bolsillo. No lo había copiado de nuevo. No lo había escondido en otro lado. Beta idiota.
—Está —dije.
—Bien. Yo voy. Ustedes no salen. Si sale el alfa, lo huelen. Si sale el omega, lo siguen. Si sale el beta… —me miró— nadie lo mira dos veces.
No era cumplido. Era táctica.
Maris se puso una campera y salió. Cerró la puerta con llave desde afuera.
Nos quedamos los tres solos en la cocina con el ventilador haciendo ruido y la radio apagada. Elián se recostó contra la pared. Valenti se paró al lado de la ventana, sin abrirla.
Pasó una hora. Elián empezó a transpirar. No mucho. Lo suficiente para que el olor se volviera más nítido, más crudo. No era invitación. Era aviso. Mi cuerpo lo registró antes que mi cabeza: calor bajo en la panza, boca seca, ganas de acercarme medio paso. No lo hice. No porque no quisiera. Porque si lo hacía, Valenti iba a tener que elegir entre matarme o dejar de controlarse. Y ninguno quería esa elección.
—¿Duele? —pregunté.
Elián abrió los ojos.
—No duele. Quema. Como cuando te apoyás en la chapa al sol y no te das cuenta hasta que sacás la mano.
Valenti se dio vuelta.
—No lo mires así —me dijo.
—No lo estoy mirando de ninguna forma —contesté.
—Sí lo estás. Y él te está mirando igual. Y yo estoy en el medio tratando de que no nos maten a los tres.
No era celo. Era peor: era verdad.
Maris volvió cuando estaba cayendo el sol. Traía una bolsita de farmacia y los ojos más cansados.
—Clase B —dijo—. Dos pastillas por día. No más. Y no mezclás con nada.
Se las dio a Elián. Él se tomó una sin agua, tragó seco.
—Ahora —dijo Maris— escuchan.
Se sentó. Nosotros también.
—El pendrive que me dieron no es solo “Proyecto Silencio”. Tiene una lista. Betas marcados entre 2031 y 2044. Ciento dieciséis nombres. Todos con microdilatación pupilar en el Censo, todos archivados como error. Todos reasignados a puestos de bajo contacto: archivo, depósito, limpieza. Ustedes dos están. Vos —me señaló— y él —señaló a Valenti—. V-7742. Vos reaccionaste a él. Él a vos. Y nadie lo anotó porque no sabían dónde ponerlo.
Valenti no se movió. Yo sí. Me temblaron las manos. Beta. Nos tiembla cuando por fin entendemos.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Elián.
—Significa que el sistema no es binario hace rato —dijo Maris—. Que hay betas que pueden oler y ser olidos si están cerca del alfa correcto en el momento correcto. Que si eso se sabe, el folleto se cae. Y si el folleto se cae, se cae todo lo que sostiene que los alfas mandan, los omegas obedecen y los betas no existen.
Se paró. Agarró la caja de zapatos y nos dio los tres brazaletes sin número.
—Pónganselos cuando salgan. Sin número no saltan en el lector, pero si los paran, dicen que se les borró. Sirve dos minutos. A veces alcanza.
Valenti agarró el rojo. Elián el blanco. Yo el gris.
No me lo puse. Lo dejé sobre la mesa.
—Mañana a las cinco sale un camión de basura para Reconquista —dijo Maris—. Van atrás. El chofer no pregunta si le dan esto —y levantó el pendrive—. Yo ya hice copia.
—¿Y después? —pregunté.
Maris se encogió de hombros.
—Después deciden si quieren ser lista o quieren ser gente.
Esa noche Elián durmió en el sillón. Valenti en la silla al lado de la puerta. Yo en el piso, con la mochila de almohada y el brazalete gris al lado, sin tocarlo.
A las tres me desperté porque Elián se había movido en sueños y terminó con la mano colgando, casi tocando la mía. No la corrí. No la agarré. La dejé ahí, a dos centímetros. Olía a limón y a chapa. Yo olía a tinta. Y en el medio, sin decir nada, Valenti nos miraba desde la silla con los ojos abiertos en la oscuridad.
No dormimos más.
A las cinco salimos. Con brazaletes falsos, con supresores en el bolsillo, con ciento dieciséis nombres en una copia que ya no teníamos.
El camión de basura olía peor que la barcaza. Pero cuando arrancó y Corrientes empezó a quedarse atrás, por primera vez en mi vida no conté los kilómetros que me alejaban de El Trébol. Conté los que me acercaban a no ser fondo.