No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 5
Arya lo observó en silencio durante un instante que se sintio demasiado largo. No pensó en nada al principio; su mente quedó en blanco, suspendida en ese encuentro inesperado. Luego, como si despertara de golpe, reaccionó.
— Esta maldita suerte mía…No podría haber sido otra persona a quien se le cayera el libro…
Sus ojos se pusieron en blanco por un segundo.
— O, preferentemente, a nadie—, se respondió a sí misma.
Sus manos se aferraban con fuerza al barandal como si una parte de ella se resistiera a moverse. Sin embargo, sabía que debía hacerlo. Inspiró hondo, se dio la vuelta y bajó las escaleras con paso contenido, dirigiéndose hacia el patio exterior, donde August von Hohenberg aguardaba con el libro aún en las manos.
Cuando finalmente estuvo frente a él, Arya realizó una reverencia lo más correcta que pudo y habló con sinceridad.
— He cometido un error, lo siento… realmente lo siento. ¿Está usted lastimado? ¿Necesita que lo acompañe a la enfermería?
August guardó silencio por un momento. Su expresión no mostraba molestia alguna.
—No hace falta que se incline así, señorita, en la academia somos todos iguales… por favor —dijo finalmente.
Arya se quedó un instante con la cabeza agacha, y pensó:
— Es cierto... Según las reglas de la academia, dentro de la institución no existen diferencias de estatus entre sus estudiantes... Sin embargo, nadie quiere cometer un error aquí y pagarlo afuera, porque un noble sigue siendo un noble, y su orgullo cosa de estudio...
Luego de esa leve reflexión, Arya levantó la mirada con lentitud.
Sus ojos se encontraron.
— Verdes…Verdes como el verde de la primavera. Realmente son así...— pensó ella.
—Estoy bien. No me he hecho daño, así que no tiene de qué preocuparse —continuó él, con una voz amable, casi suave.
Luego, su mirada descendió hacia el libro que sostenía y se lo extendió.
—Parece que le interesa la medicina —murmuró.
Arya tomó el libro y asintió.
—Así es. Me interesa.
Sin embargo, August no soltó el volumen de inmediato, aun cuando ella ya lo sostenía entre sus manos.
—También podrían interesarle las leyes —añadió—. Podría recomendarle algún libro, para que vea si despierta su interés…las inscripciones a las orientaciones aún no se han realizado.
Arya lo miró con desconcierto, sorprendida por aquellas palabras tan repentinas. Tardó un segundo en responder, pero cuando lo hizo, su voz fue firme.
—Se lo agradezco, pero sé muy bien lo que quiero hacer.
La determinación que llevaba tan interiorizada afloró en su mirada. August la observó con leve sorpresa, aunque sin permitir que esta se reflejara del todo en su rostro.
—Oh… ya veo —murmuró.
Arya bajó ligeramente la cabeza.
—Vuelvo a reiterarle mis disculpas. Ahora me retiro.
Se dio media vuelta y comenzó a alejarse, sin mirar atrás. August permaneció allí, inmóvil, observándola hasta que su figura desapareció de su campo de visión, solo entonces bajó la mirada.
— ¿Qué fue eso…?— se preguntó Arya mientras regresaba a los dormitorios.
Tras aquel inesperado encuentro con August von Hohenberg, una sensación extraña persistía en su pecho, ligera pero constante, como un eco que se negaba a desaparecer.
— Tonterías... solo fue un encuentro casual. Debo concentrarme en mis estudios.—Se lo repitió a sí misma al entrar en la habitación, casi como un intento de ordenar sus pensamientos.
Sin embargo, por más que lo intentara, la mirada amable de August seguía colándose entre sus ideas, interrumpiéndolas una y otra vez.
Con el paso de los días, la rutina estudiantil continuó. Clases, lecturas, noches largas de estudio. Y, aun así, algo había cambiado. En más de una ocasión, la mirada de Arya terminaba encontrándose con la de August. Demasiadas veces como para que fuera simple casualidad.
Al principio creyó que era su imaginación. Después, dejó de convencerse de ello. Había momentos en los que ella misma buscaba su mirada sin darse cuenta, pero otras veces… simplemente sucedía. Aun así, no se atrevía a pensar que August von Hohenberg pudiera estar buscándola deliberadamente o intentando llamar su atención.
— No seas absurda—, se decía.
Finalmente, el día de la inscripción a las orientaciones específicas llegó.
—Entonces… está hecho —murmuró Arya para sí, tras completar el formulario de inscripción a la orientación en medicina.
Al día siguiente comenzarían las clases específicas.
Desde el primer momento, Arya sintió el peso de la diferencia. Era la única mujer en la sala, al menos entre los estudiantes de primer año y ni siquiera había algún conocido de su clase. Además, el grupo era reducido, lo que hacía su presencia aún más evidente.
Durante casi toda la clase, se sintió incómoda. Las miradas de sus compañeros no se molestaban en ocultar el desagrado, algunas cargadas de desdén, otras de incredulidad. Cuando finalmente regresaba a los dormitorios, soltó un suspiro profundo y pesado.
Todo sería más difícil de lo que había imaginado.
No solo tendría que estudiar más —mucho más—, sino que también debería aprender a lidiar con aquellos compañeros que parecían considerar su presencia como una afrenta en una orientación dominada por hombres.
—Me esforzaré… ya verán que sí puedo —murmuró, deteniéndose un momento en el pasillo y apretando el puño con determinación.
—Pfff…
El sonido se oyó desde detrás de un pilar, muy cerca.
—¿Eh…? —susurró Arya, alzando una ceja.
Entonces, la persona responsable del sonido salio de detrás del pilar.
—Tal vez, si hubiera elegido Leyes, no estaría suspirando tan pesadamente, señorita.
Arya abrió los ojos con sorpresa.
August von Hohenberg estaba frente a ella, observándola con una sonrisa divertida. Durante un instante, no supo qué decir.
¿Por qué estaba ahí, por qué le estaba hablando? Todos esas preguntas pasaron en un instante por la cabeza de Arya, pero no fue lo que dijo.
—Tal vez —respondió finalmente—, pero entonces estaría en un lugar en el que no quiero estar.
Su tono fue serio, firme.
August dejó de sonreír y dio un paso más cerca. La expresión en su rostro cambió, volviéndose más atenta.
—Es increíble… —dijo.
Arya frunció levemente el ceño, desconcertada.
—Incluso ahora sigue tan determinada a continuar en una orientación tan complicada para una señorita…
Las palabras de August eran ambiguas. Podían interpretarse como una muestra de preocupación… o como un menosprecio velado, una insinuación de que, por ser mujer y plebeya, no debería aspirar a la medicina.
A Arta no gustaba de las conclusiones apresuradas. Prefería la claridad.
—No sé exactamente en qué sentido lo dice —respondió con calma—, pero no soy alguien que se rinda con facilidad.
Durante un segundo, August la observó en silencio. Luego, volvió a sonreír, esta vez de una forma distinta, sincera, serena.
—Exactamente —dijo—. Esa determinación que se refleja en los ojos de la señorita… es lo que más me agrada.
Arya sostuvo su mirada, sin saber por qué su corazón latía un poco más rápido de lo habitual.
— ¿Qué debería decir en una situación como esta…?— pensó Arya, mientras el viento hacía revolotear sus cabellos y sus labios se apretaban con fuerza, incapaces de formar palabra alguna.
Entonces, su nombre fue pronunciado con entusiasmo.
—¡Arya, ahí estás! Te estaba buscando para regresar al dormitorio.
Arya se tensó levemente, aunque al mismo tiempo sintió un profundo alivio. Era Annie.
Cuando Annie llegó hasta ella, recién entonces se percató de la presencia de August. Se detuvo en seco, mirándolo con evidente sorpresa, y enseguida lo saludó de manera amable.
—Buenas tardes…
August, sin embargo, no le devolvió el gesto con la misma calidez. Su saludo fue breve, casi frío, lo que provocó que Annie se pusiera rígida por un instante. Arya no lo notó.
—No sabía que ustedes se conocían —comentó Annie, intentando recuperar la naturalidad.
—En realidad no nos conocemos —intervino Arya con rapidez, casi atropellando las palabras.
Annie cubrió su boca con una mano.
—Es cierto… claro, sería raro que alguien como Arya conociera al joven de una familia tan importante.
Arya parpadeó, desconcertada. Aquellas palabras le resultaron incómodas, pero eran verdad. Annie se apresuró a añadir, tropezando con su propio discurso, como si intentara corregirse:
—Lo digo porque… bueno, Arya viene de un pueblo lejano y es su primera vez en la capital, así que…
Entonces, August habló.
—Es cierto —dijo con calma—. La señorita Rosenfeld y yo no nos conocemos. Pero… es algo que me gustaría cambiar, si ella me lo permite.
Sus ojos se posaron directamente en Arya.
Annie quedó boquiabierta entre ambos. Justo cuando iba a decir algo, Arya tomó su mano y, casi arrastrándola, comenzó a caminar.
—Se nos hace tarde para prepararnos para la cena —dijo con firmeza, sin mirar atrás.
—¡Arya! ¡Al menos deberíamos despedirnos del joven von Hohenberg! —protestó Annie.
Arya no respondió y continuó avanzando. Annie se volvió una última vez con la intención de saludar, pero la mirada distante —e incluso molesta— de August hizo que las palabras se le quedaran atrapadas en la garganta.
Al llegar a la habitación, Arya no le dio tiempo a Annie para preguntar nada. Entró directamente al baño, alegando que se bañaría primero.
Una vez dentro, cerró la puerta y se recostó contra ella. Se llevó ambas manos al rostro y se dio una leve palmada en las mejillas.
—Despierta… Arya Rosenfeld —murmuró para sí misma, intentando calmar ese extraño nerviosismo que se apoderaba de ella cada vez que hablaba con August von Hohenberg.