A los quince años, Ian, un omega con sueños de grandeza, descubrió que su destinado era Eliah, el imperturbable delta y mejor amigo de su hermano. Tras años de rechazo, Eliah finalmente cede al cumplir Ian la mayoría de edad, iniciando un romance entre la estrella en ascenso y el arquitecto.
Sin embargo, a los diecinueve, una traición desgarradora empuja a Ian a huir sin mirar atrás. Cuatro años después, convertido en un ídolo musical de fama mundial, Ian regresa a casa. Eliah, atrapado entre el remordimiento y una obsesión que llama "destino", intentará recuperar lo que el tiempo y el dolor rompieron.
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Capitulo 4 la renuncia del destino
El aire en el estudio de grabación solía ser su refugio, pero tras cinco días de encierro, Ian sentía que las paredes se le echaban encima. Sus dedos dolían de tanto rasgar las cuerdas de la guitarra y su cuello clamaba por el contacto de Eliah. Estaba terminando la maqueta de lo que sería su primer gran éxito, y lo único que lo mantenía en pie era la idea de sorprender a su Delta. El cumpleaños de Eliah era en tres días, y la distancia física estaba empezando a erosionar su paciencia de omega.
— ¿Sigue en la oficina? —preguntó Ian por teléfono a su hermano Marc, mientras guardaba su equipo a toda prisa.
— No, enano —respondió Marc con un tono algo dudoso—. Se fue con unos amigos de la facultad a "The Vault". Ya sabes, ese bar exclusivo cerca del distrito financiero. Dice que necesitaba despejarse de los planos.
Ian sonrió, imaginando la cara de sorpresa de Eliah al verlo aparecer. No le importaba estar cansado o que su aroma estuviera mezclado con el olor a café frío del estudio. Quería estar con él. Quería recordarle que, a pesar del trabajo, seguían siendo uno.
Cuando Ian llegó a "The Vault", el ambiente era pesado, cargado de feromonas de alfas y deltas que celebraban con estruendo. Localizó al grupo en un reservado al fondo, rodeado de botellas de whisky caro. Justo cuando estaba a punto de dar un paso adelante, la voz de uno de los amigos de Eliah, un alfa llamado Rodrigo, lo detuvo en seco.
— ...es que, en serio, Eliah, ¿cómo lo haces? —decía Rodrigo entre risas, dándole un golpe en el hombro al Delta—. Ian es... impresionante, no voy a negarlo. Pero, amigo, tiene más espalda que yo. Si no fuera por el aroma, juraría que me va a noquear en cualquier momento. ¿No extrañas a alguien un poco más... delicado? Ya sabes, un omega que no parezca que puede levantar un edificio él solo.
Ian se quedó helado tras una columna. Su corazón empezó a latir con una fuerza dolorosa contra sus costillas. Esperó la respuesta de Eliah. Esperó que le pusiera un límite, que dijera que amaba su fuerza, que su omega era perfecto tal cual era.
Pero el silencio de Eliah fue un tajo en el aire.
— Es el destino, supongo —dijo Eliah finalmente, con una voz desprovista de emoción, casi aburrida—. No es como si pudiera elegir mi lazo. Ian fue muy... persistente. Estuvo años detrás de mí. A veces es más fácil aceptar lo que te toca que seguir luchando contra la corriente.
Las risas volvieron a estallar. Ian sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era solo que se burlaran de su físico, era que Eliah acababa de reducir su historia de amor a una rendición por cansancio. Pero lo peor estaba por venir.
En ese momento, una omega de aspecto frágil, de esas que Eliah siempre había dicho que le resultaban "aburridas", se acercó al Delta y le susurró algo al oído mientras pasaba una mano por su brazo. Ian vio cómo Eliah, en un arrebato de oscuridad o quizás por la presión del grupo y el alcohol, no la apartó. Al contrario, la atrajo hacia él en un gesto posesivo, dejando que ella escondiera el rostro en su cuello, justo donde Ian solía descansar.
— A veces hace falta un poco de suavidad para equilibrar tanta rigidez, ¿no? —comentó Eliah con una sonrisa amarga, sin saber que Ian lo observaba desde las sombras.
Ian no entró al reservado. No hizo una escena. Retrocedió paso a paso, sintiendo cómo el vínculo en su pecho se agrietaba hasta romperse. En un instante, todas las noches de desvelo, todos los "te amo" susurrados al oído y todas sus canciones cobraron un significado diferente. No era amor; era una obligación que Eliah cargaba con resignación.
Salió del bar a la noche fría y se apoyó contra la pared del callejón, respirando con dificultad. Sacó su teléfono y vio un mensaje de su manager que había ignorado durante días: "Ian, la oferta de Nueva York sigue en pie. Quieren lanzarte a nivel mundial, pero tienes que irte esta semana. Es ahora o nunca".
Ian miró hacia la puerta del bar una última vez. Sus ojos, antes llenos de una devoción casi religiosa por Eliah, se volvieron gélidos, endurecidos por una madurez repentina y cruel.
— Ahora —susurró Ian para sí mismo.
Caminó hacia su coche con la cabeza alta, ignorando el dolor punzante en su glándula de aroma. Esa misma noche, mientras Eliah seguía bebiendo con sus amigos, Ian empezó a empacar su vida en tres maletas. Llamó a su manager y le dio la respuesta que cambiaría su destino.
— Acepto. Prepáralo todo. Me voy en tres días.
No habría más insistencia. No habría más omegas suplicando por un espacio en el diseño de un hombre que prefería la apariencia a la verdad del alma. Ian se dio cuenta de que si Eliah quería "suavidad", él le daría el silencio más duro de su vida. Solo le quedaba una última cosa por hacer: asistir al cumpleaños del Delta, no como su pareja, sino como el fantasma de lo que Eliah acababa de perder para siempre.
Esa noche, Ian no compuso una canción de amor. Compuso su libertad, escrita con la tinta de una cicatriz que, aunque sabía a miel, quemaba como el fuego.