En un mundo donde el poder compra silencios y el amor puede destruir imperios, ella se convirtió en su única luz… justo cuando él olvidó quién era.
Un accidente cambia el destino del CEO más temido de la ciudad, y una asistente invisible se convierte en la mujer a la que él promete proteger con una obsesión casi irracional.
Pero la memoria no permanece perdida para siempre… y cuando regrese, todo se romperá. O sanará o ambos.
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Capítulo 23: La llamada del abismo
El mundo para Liam se convirtió en un sonido:
el pitido irregular de la máquina de Mía.
Nada más.
No escuchó a Sophie llamarlo.
No escuchó al guardia hablar por radio.
No escuchó a los médicos correr de un lado a otro.
Solo escuchó el pitido.
Y vio las puertas del quirófano cerrarse justo en su cara.
—¡DÉJENME PASAR! —rugió, golpeando con las manos ensangrentadas—.
¡DÉJENME ENTRAR!
¡ES ELLA!
¡ES MI—!
Sophie lo agarró del brazo.
—¡Liam, escucha! ¡No puedes entrar! ¡La estás poniendo en riesgo!
Él la miró con ojos desencajados, casi irreconocible.
Temblaba.
No de shock.
De furia.
De miedo.
De amor.
—Sophie… —jadeó, con la voz rota—.
Ella me necesita.
Yo… yo no puedo…
no puedo dejarla sola…
Sophie sintió un nudo en la garganta.
Nunca había visto a Liam así.
Nunca.
—Estás aquí —susurró ella—.
Es lo que importa.
Mía sabe que estás aquí.
Liam apoyó la frente en la puerta.
Era como si tratara de escuchar su respiración a través del metal.
—No puede morir —dijo, sin aire—.
No ella.
No… mi Mía…
Sus dedos se cerraron en puños.
—Si ella muere… yo…
Sophie lo abrazó por detrás para que no colapsara.
—Liam, no digas eso…
—Lo digo —susurró él, helado—.
Porque es verdad.
Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas en el suelo del pasillo.
Sophie se agachó con él, sujetándolo.
Liam apoyó las manos en el piso, doblándose hacia adelante como si su cuerpo quisiera expulsar el dolor.
—Ella… me salvó —dijo él, llorando sin sonido—.
Ella… me devolvió la vida… sin que yo recordara quién era…
Ella…
Ella me eligió.
Sus lágrimas cayeron en el suelo frío.
—Y yo…
yo no pude detener a mi padre.
Sophie sintió lágrimas arderle los ojos.
—Liam… no fue tu culpa.
—¡Sí lo fue! —gritó él, levantando la cabeza—.
Porque él vino por mí.
Por lo que yo represento.
Por lo que yo…
amo.
La palabra amo se quebró.
Y dentro del quirófano…
Mía dejó de respirar.
Adentro — en algún lugar entre la vida y la muerte
Mía estaba suspendida en una oscuridad suave, fría, que no dolía.
No era un sueño.
No era conciencia.
Era un lugar sin tiempo.
Como si estuviera flotando en un océano sin luz.
—¿Hola…? —susurró, pero su voz no hacía eco.
Y entonces lo escuchó.
Una respiración.
Fuerte.
Rota.
Liam.
—Mía… —su voz resonó, pero no desde un lugar externo—.
No te vayas.
Por favor…
No me dejes…
Ella frunció el ceño.
—Liam… —llamó ella, extendiendo una mano que no podía ver—.
Estoy aquí… estoy…
Pero su voz no avanzó.
La respiración de Liam se volvió más dolorosa.
—Te necesito —susurró—.
Si te pierdo… yo también me pierdo.
Mía sintió algo desgarrarse.
Era como si sus lágrimas cayeran en la oscuridad, pero no hubiera gravedad para guiarlas.
—No digas eso —dijo ella—. No te pierdas… por mi culpa…
Pero algo más apareció en la oscuridad.
Una figura.
No tan nítida como los recuerdos.
Más sólida que los sueños.
Era un niño.
Un chico de diez u once años.
De cabello oscuro.
Con ojos grises.
Los ojos de Liam.
El niño extendió una mano hacia ella.
—¿Me recuerdas? —preguntó con voz suave.
Mía dio un paso atrás.
—No… yo…
El niño sonrió con tristeza.
—Nos vimos hace muchos años.
Cuando tu mamá te trajo al muelle…
¿te acuerdas?
Mía abrió los ojos de par en par.
—Eso… eso no fue un sueño…? —susurró.
El niño negó lentamente.
—No.
Nos conocimos antes de esa casa.
Antes del dolor.
Antes de Calder.
Antes de todo esto.
Mía llevó una mano al pecho.
—Pero… ¿por qué no lo recuerdo…?
El niño la miró con dulzura.
—Porque él… —sus ojos se oscurecieron—
…no quería que te acordaras.
—¿Él… quién?
El niño dio un paso atrás.
Y la figura se desvaneció.
Todo volvió a la oscuridad.
Afuera — El médico aparece
Las puertas del quirófano se abrieron de golpe.
Un médico salió casi corriendo.
—¡Necesitamos O negativo! ¡YA!
El guardia gritó por radio.
—¡Traigan ocho unidades, corriendo!
Liam se levantó de golpe.
—¡Mi sangre! —gritó—.
Mi tipo es compatible.
Úsenla.
Úsenla a ella.
¡Úsenme a mí!
El médico lo miró.
—Su presión es inestable. Si lo conectamos también lo perderemos a usted.
—¡No me importa! —rugió Liam—.
¡Solo sálvenla!
El médico no tenía tiempo para discutir.
Cerró las puertas.
Liam golpeó la puerta otra vez con la frente.
—No te mueras… no te mueras… no te mueras…
Sus manos temblaban.
Pero su mirada se endureció de repente.
Como si algo dentro de él se hubiera encendido.
Una llama vieja.
Oscura.
Decidida.
Liam se puso de pie.
—Sophie.
Ella lo miró, ansiosa.
—¿Qué vas a hacer?
Él caminó hacia ella con pasos firmes.
—Mi padre no va a quedar libre.
Alexander tampoco.
No mientras ella está ahí adentro luchando por su vida.
Sophie tragó saliva.
—Liam… calma. No tomes decisiones sin pensar. Estás herido. Estás—
—Estoy despierto —la interrumpió él, con una voz tan fría que Sophie retrocedió un paso—.
Por primera vez lo estoy.
Y sé exactamente lo que tengo que hacer.
—¿Qué cosa? —preguntó ella, con miedo.
Liam la miró.
—Acabar con ellos.
Sophie quiso hablar, pero él la detuvo con una mirada.
—No voy a permitir que toquen a la mujer que amo.
No otra vez.
No mientras yo respire.
Tomó aire.
Profundo.
Y añadió:
—Si Mía sobrevive…
voy a sacarla de este infierno.
Y entonces…
—Y si muere…
mi padre y Alexander van conmigo.
Sophie abrió los ojos en shock.
—¡Liam! ¡No puedes decir algo así—!
—No lo digo —interrumpió él, apoyando la mano ensangrentada en la pared—.
Lo juro.
En ese instante…
El monitor dentro del quirófano emitió un pitido continuo.
Plano.
Sin ritmo.
Liam se quedó helado.
—No…
no…
no…
—¡Descarga! —gritó alguien dentro.
Sophie lo agarró.
El guardia lo sostuvo.
Pero Liam los empujó con una fuerza brutal.
—¡MÍA! —rugió—.
¡MÍA, NO TE VAYAS!
Y justo cuando iban a aplicar una segunda descarga…
El pitido volvió.
Un ritmo.
Inestable.
Débil.
Pero ahí.
El médico gritó:
—¡Tenemos pulso! ¡¡Pulso!!
¡Sigue latiendo!
Liam cayó al suelo, llorando.
—Gracias…
Gracias…
Sophie lo abrazó.
El guardia también.
Pero Liam solo repetía:
—No me dejes…
No me dejes…
Adentro — en la oscuridad
El niño regresó.
Sonrió.
—Él no te obtuvo.
Mía lo miró, confundida.
—¿Quién?
La voz del niño se volvió susurro.
—El hombre que quiso borrarte de nuestra historia.
Mía sintió un escalofrío.
—¿Nuestro…?
El niño extendió la mano.
—Ven.
Despierta.
Él te necesita.
Ella tocó su mano.
Y entonces, una luz se encendió.
No dolorosa.
No fría.
Una luz cálida.
Como si alguien encendiera una vela al otro lado del mundo.
Afuera — las puertas del quirófano se abren
El médico salió con el rostro cansado.
—Ella…
está viva.
Pero apenas.
Las próximas 24 horas serán críticas.
Liam sintió que el corazón volvió a latir.
Se acercó.
—¿Puedo verla?
El médico dudó… y asintió.
—Un minuto.
Solo uno.
Liam entró.
La vio.
Pálida.
Frágil.
Con tubos y vendas.
Pero viva.
Liam se acercó.
Tomó su mano.
La besó.
Y dijo:
—No te voy a perder.
No ahora.
No nunca.
Ella… apretó débilmente su dedo.
Liam se detuvo.
Parpadeó.
—¿Mía…?
Y ella, con la voz más suave, como un susurro que regresaba del borde de la muerte, dijo:
—Yo… también te conocía… antes.