"¿Qué harías si el hombre que juró amarte te roba la vida, tu fortuna y a tus hijos?"
Valeria Estrada lo tenía todo: una familia hermosa y el control de la corporación más grande del país. Pero su mundo se volvió cenizas cuando su esposo, Adrián Montero, la traicionó de la forma más cruel. No solo le quitó su dinero y la engañó con su mejor amiga, sino que la encerró en un hospital psiquiátrico de alta seguridad, drogándola durante años para borrar su lucidez y hacerle creer que estaba loca.
Para el mundo exterior, Valeria Estrada murió. Para sus hijos, ella es solo un recuerdo borroso reemplazado por una madrastra cruel.
Pero tras cinco años de oscuridad, Valeria logra despertar de la niebla. Con la ayuda de dos aliados que el destino puso en su celda, finge su propia muerte y escapa de su prisión de pesadilla.
Ahora, Valeria ha regresado con un nuevo rostro y una identidad impenetrable
La "difunta" ha despertado... y la verdadera pesadilla para los Montero está a punto de comenzar.
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La dignidad del silencio
La mañana siguiente a la cena, el ambiente en la mansión Montero era gélido. Isabella no había pegado el ojo, rumiando la humillación silenciosa que sintió al ver cómo Adrián y Sebastián Vogel gravitaban alrededor de la institutriz. Necesitaba restablecer el orden, recordarle a Elena Rose, y sobre todo a su esposo, quién era la verdadera señora de la casa.
Elena se encontraba en el comedor pequeño, ayudando a Mía a terminar su desayuno mientras Lucas repasaba un mapa. Vestía su uniforme habitual de trabajo: un conjunto sencillo, pulcro y modesto. Había guardado la seda azul de la noche anterior junto con la confianza que mostró en el restaurante. Hoy, volvía a ser simplemente la empleada.
Isabella entró al comedor con un paso marcial. Llevaba en la mano una gargantilla de diamantes y zafiros, una pieza de joyería antigua que Adrián valoraba mucho por ser herencia de la familia Estrada.
—¡Elena! —gritó Isabella, atrayendo la atención no solo de los niños, sino de dos empleadas que limpiaban el pasillo cercano—. ¿Qué significa esto?
Elena se puso de pie de inmediato, manteniendo las manos entrelazadas al frente y la mirada baja, en una postura de absoluto respeto.
—Dígame, señora. ¿En qué puedo ayudarla?
—Faltas tú a la verdad si dices que no lo sabes —dijo Isabella, con la voz temblorosa por la rabia fingida—. He encontrado esta joya en el cuarto de servicio, escondida tras tus pertenencias. El cierre está forzado y le falta una piedra. Intentaste ocultar que la dañaste mientras limpiabas el despacho de Adrián, ¿verdad?
Los niños se quedaron paralizados. Lucas miró la joya y luego a Elena. Él sabía que Elena no había entrado al despacho para limpiar; ella solo entraba cuando su padre la llamaba para trabajar en los informes.
—Lo lamento mucho, señora Montero —respondió Elena con voz suave y calmada, sin una pizca de sarcasmo—. Si la joya está dañada y se encontraba cerca de mis cosas, asumo la responsabilidad. No era mi intención causar un perjuicio a la casa.
Elena no intentó defenderse. No dijo que ella no había tocado esa joya, ni que Isabella probablemente lo había movido allí para tenderle una trampa. Su humildad fue tan repentina y absoluta que Isabella, que esperaba una discusión para poder gritarle, se quedó descolocada.
—¿Asumes la responsabilidad? ¿Sabes lo que cuesta esta pieza? —insistió Isabella, elevando la voz para que los empleados en el pasillo escucharan bien—. ¡Eres una negligente! Una simple maestra que no sabe cuidar los lujos que se le permiten disfrutar.
—Tiene razón, señora —asintió Elena, manteniendo la cabeza inclinada—. Es una pieza invaluable. Por favor, descuente el valor de la reparación de mi salario de los próximos meses. Haré lo que sea necesario para reparar el error.
Mía, con los ojos llenos de lágrimas, se levantó de la silla.
—¡Eso no es justo! Elena estuvo con nosotros todo el tiempo ayer, ella no pudo...
—¡Cállate, Mía! —la cortó Isabella—. Vuelve a tu asiento.
Lucas, sin embargo, no se quedó callado. Se levantó y caminó hacia su madre, mirando la joya con sospecha.
—Papá dijo que esa joya estaba bajo llave en la caja fuerte del despacho, mamá. Elena no tiene la clave. Solo tú y él la tienen.
El silencio que seguido a las palabras del niño fue sepulcral. Las empleadas del servicio intercambaron miradas rápidas. Todos en la casa sabían que Elena era cuidadosa al extremo. La acusación de Isabella empezaba a verse como lo que era: un ataque desesperado.
Isabella se puso roja de furia al verse cuestionada por su propio hijo.
—¡No me contradigas, Lucas! Elena debe aprender que su lugar es servir, no andar pavoneándose en cenas elegantes.
Elena no aprovechó el momento para defenderse ni para mirar a Isabella con triunfo. Al contrario, se acercó a Lucas y le puso una mano suave en el hombro.
—Está bien, Lucas. No interrumpas a tu madre. La señora tiene derecho a estar disgustada por un objeto tan valioso. Yo me encargaré de limpiar esto.
Se arrodilló para recoger una pequeña pieza del cierre que Isabella había dejado caer al suelo a propósito para dramatizar la escena. Elena lo hacía con una calma casi santa, sin quejarse, sin protestar. Ver a la mujer que anoche lucía como una reina, ahora arrodillada recogiendo restos bajo los gritos de una Isabella fuera de control, causó un efecto devastador en quienes observaban.
En ese momento, Adrián apareció en la puerta. Había escuchado los gritos desde el pasillo. Vio a Elena en el suelo, humillada y silenciosa, y a Isabella de pie, con el rostro desencajado por el odio.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Adrián, con una voz que hizo que Isabella se estremeciera.
—¡Adrián! —exclamó Isabella, tratando de cambiar el tono—. Esta mujer ha dañado esta joya familiar y ha intentado esconderla. Es una deshonesta.
Adrián miró a Elena, que seguía en el suelo, recogiendo la pieza con cuidado. Ella levantó la vista hacia él, pero no pidió clemencia ni acusó a nadie. Sus ojos solo mostraban una profunda tristeza y una resignación profesional.
—Señor Montero, pido disculpas por el incidente —dijo Elena con voz queda—. Aceptaré cualquier decisión que tome respecto a mi empleo.
Adrián sintió una punzada de rabia, pero no hacia Elena. Conocía a Isabella; sabía de sus celos y de su carácter impulsivo. Miró la joya y luego a los empleados que observaban con desaprobación a su esposa. La escena era patética, e Isabella estaba quedando como una mujer pequeña y vengativa frente a la dignidad intacta de la institutriz.
—Levántate, Elena —ordenó Adrián, su voz suavizándose involuntariamente—. No es necesario que limpies eso. El servicio lo hará.
—Pero Adrián, ella la dañó... —comenzó Isabella.
—Basta, Isabella —la cortó él con frialdad—. Es solo una joya. No vuelvas a armar un escándalo de este tipo frente a mis hijos y el personal. Elena, ve a la biblioteca con los niños. Olvida este asunto.
Elena se puso en pie, hizo una pequeña reverencia y, sin mirar a Isabella, tomó a los niños de la mano y salió del comedor. Caminó con la espalda recta, no por arrogancia, sino por la paz de quien sabe que ha ganado una batalla sin disparar una sola bala.
Había aguantado la humillación, y al hacerlo, había logrado que Adrián despreciara a Isabella un poco más y que los niños la vieran como su única protectora. El sacrificio de su orgullo era un precio pequeño por el control total de la casa.