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El Sacrificio De Angrod Caranthir

El Sacrificio De Angrod Caranthir

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / Amor eterno / Matrimonio entre clanes / Batalla por el trono / Viaje a un mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10 El despertar

La luz nació de sus manos como un pájaro que aprende a volar.

Leila la contempló, asombrada. No era la explosión cegadora de la noche anterior, cuando había curado a Angrod. Era algo más pequeño, más controlado. Una esfera dorada que flotaba sobre su palma, latiendo al ritmo de su corazón.

—Lo estás haciendo —dijo Angrod, y su voz contenía ese matiz de asombro que ella comenzaba a reconocer—. Lo estás haciendo sola.

—No estoy sola —respondió Leila, sin apartar la mirada de la luz—. Tú estás aquí.

Él no respondió. Pero ella sintió su presencia a su espalda, cálida y silenciosa, como una muralla.

La esfera creció. Palpitó. Y entonces, con un susurro, se elevó hacia el techo de la biblioteca e iluminó los rincones que las antorchas azules nunca alcanzaban.

—¿Cómo te sientes? —preguntó él.

—Extraño. Como si llevara toda la vida con un brazo dormido y de repente recuperara la sensibilidad.

—Duele al principio.

—No duele. Solo... hormiguea.

—Eso es porque aún no has exigido demasiado.

Leila bajó la mano. La esfera flotó un instante más, rebelde, y luego se apagó lentamente.

—Enséñame a exigir —dijo.

Angrod dudó. Ella lo vio en la tensión de su mandíbula, en la forma en que sus dedos se cerraban sobre sí mismos.

—Tu magia está ligada a tus emociones —dijo—. Cuanto más sientes, más poder tienes. Pero también más difícil es controlarlo.

—Entonces, ¿cómo aprendo a controlarlo?

—No controlando las emociones. Aprendiendo a sentirlas sin ahogarte en ellas.

Ella lo miró.

—¿Y tú sabes hacer eso?

Él sonrió con amargura.

—No. Pero tú eres más fuerte que yo.

No es verdad, pensó Leila. Tú has sobrevivido a una maldición, a un padre que te odia, a doce años de soledad. Yo solo he sobrevivido diecinueve días en tu mundo.

Pero no lo dijo. Porque en sus ojos azules, ella veía que él realmente lo creía.

---

El entrenamiento continuó.

Angrod le enseñó a canalizar la luz a través de sus dedos, a proyectarla como un escudo, a concentrarla en un punto diminuto. Leila aprendía rápido, demasiado rápido, como si su cuerpo recordara algo que su mente había olvidado.

—Los Aelindel —dijo Angrod, mientras ella practicaba— no usaban la magia como los hechiceros. No la estudiaban, no la forzaban. Simplemente... la dejaban fluir.

—¿Como el agua?

—Como la sangre. Como la respiración.

Leila cerró los ojos. Intentó no pensar, no forzar, no controlar. Intentó simplemente ser.

La luz brotó de todo su cuerpo a la vez.

No fue un torrente ordenado. Fue una explosión silenciosa que la envolvió por completo, dorada y cálida, como si estuviera dentro del sol. Abrió los ojos y vio sus brazos brillando, sus manos, su pecho. Vio a Angrod dar un paso atrás, no por miedo —nunca por miedo— sino por respeto.

—Leila —dijo—. Eres...

—¿Qué?

—Hermosa. Siempre lo fuiste. Pero ahora...

No terminó la frase. No hacía falta.

Leila miró sus manos luminosas y sonrió.

—Ahora soy yo —dijo—. Completamente yo.

---

Esa noche, después del entrenamiento, no volvieron a sus habitaciones por separado.

Fue algo natural, como si hubieran hecho aquello siempre. Angrod la tomó de la mano y la guió por los pasillos de Hassan, y ella lo siguió sin preguntar. Sus dedos entrelazados, sus pasos sincronizados, su silencio compartido.

Las habitaciones de él olían a su piel: piedra mojada, hierba nocturna, ese aroma profundo que ella ya reconocía en cualquier lugar.

—¿Cansada? —preguntó él.

—Sí.

—¿Quieres descansar?

—Quiero quedarme aquí.

Él asintió. No dijo yo también, pero sus ojos lo dijeron por él.

Se acostaron en la cama, vestidos aún, frente a frente. La luz violeta de la luna entraba por la ventana y dibujaba sombras danzantes en sus rostros.

—Háblame de tu mundo —pidió Angrod.

—¿Mi mundo?

—El tuyo. El que te arrebataron.

Leila guardó silencio un momento.

—Olía a pan por las mañanas —dijo—. La panadería de la esquina abría a las seis, y el olor subía hasta mi ventana. Era lo primero que sentía al despertar.

Él escuchaba en silencio, sin apartar la mirada de ella.

—Mi madre cocinaba los domingos. Guisos enormes que olían a hogar. Mi padre se sentaba en el sofá a leer el periódico y fingía que no le importaba, pero siempre pedía repetir.

—¿Los extrañas?

—Todos los días.

—Lo siento.

—No es tu culpa.

—Lo es. Yo te traje aquí.

Ella negó con la cabeza.

—Tú no me trajiste. Las sombras de Malakor me trajeron. Tú solo... me recibiste.

—Y te mentí.

—Y me mentiste.

—¿Puedes perdonarme?

Leila lo miró largamente. Luego extendió la mano y le rozó la mejilla.

—Ya lo hice —dijo—. La noche que me curaste.

Él cerró los ojos bajo su caricia.

—No merezco tu perdón.

—No eres tú quien decide eso.

—¿Quién, entonces?

—Yo.

Abrió los ojos. Ella sostenía su mirada con una firmeza que no recordaba haber tenido nunca.

—Te perdono, Angrod. Por mentirme. Por ocultarme la verdad. Por todo lo que hiciste antes de conocerme. ¿Ves? Ya está. Ya eres libre.

—No es tan sencillo.

—Lo es. Solo tienes que aceptarlo.

Él no respondió. Pero su mano encontró la de ella bajo las sábanas y la apretó con fuerza.

---

Durmieron abrazados.

Leila soñó con el mar. Con olas plateadas y un cielo violeta y un niño ahogándose en aguas que no eran las suyas. En el sueño, ella se lanzaba a rescatarlo una y otra vez, y cada vez que lo sacaba a la orilla, él la miraba con esos ojos azules y decía:

—¿Por qué me salvaste?

Y ella respondía:

—Porque sí. Porque nadie debería ahogarse solo.

Despertó con el nombre de él en los labios.

Angrod seguía dormido, su rostro vuelto hacia ella, la mano aún entrelazada con la suya. En reposo, sin la máscara de hielo que usaba durante el día, parecía más joven. Más vulnerable.

Doce años, pensó Leila. Doce años esperándome. Doce años amándome en silencio.

Y yo sin saberlo.

Pero ahora lo sabía. Y ahora que lo sabía, no podía ignorar las señales que había estado viendo desde el principio.

Sus silencios demasiado largos.

Sus miradas que se desviaban cuando ella lo sorprendía observándola.

Esa tristeza antigua que llevaba incrustada en los huesos.

¿Qué estás tramando? pensó. ¿Qué es lo que no me dices?

No tenía respuestas. Pero tenía una certeza.

No iba a dejar que se sacrificara por ella.

No otra vez. No después de doce años de espera.

No después de haberlo encontrado.

---

El día siguiente amaneció gris.

No gris como en su mundo, ese color suave y perezoso de las mañanas de lluvia. Gris como la ceniza, como el humo, como algo que se está quemando y no quiere apagarse.

—Hay tormenta —dijo Angrod al despertar—. La magia fronteriza se debilita con las tormentas.

—¿Eso es malo?

—Depende. Para Malakor, es una oportunidad. Para nosotros...

—¿Para nosotros qué?

Él la miró. Y en sus ojos, ella vio la decisión que llevaba días gestándose.

—Para nosotros es una oportunidad también.

---

No le explicó más.

Pasó la mañana encerrado con el hechicero, en las profundidades de las mazmorras. Leila lo supo por Elara, que siempre sabía todo lo que ocurría en el palacio.

—Va a hacer algo —dijo Leila, mientras la elfa peinaba su cabello—. Algo peligroso. Algo que cree que tiene que hacer solo.

Elara no respondió. Pero sus dedos se detuvieron un instante sobre la nuca de Leila.

—Usted también lo sabe —susurró Leila.

—Sé muchas cosas, mi señora. Y sé que algunas verdades duelen más si se dicen en voz alta.

—Dígame una.

Elara dudó.

—El príncipe Angrod lleva doce años esperando un milagro —dijo—. Y ahora que lo tiene, haría cualquier cosa por conservarlo.

—¿Incluso morir?

El silencio fue la respuesta.

Leila cerró los puños.

—No voy a permitirlo —dijo—. No después de todo esto. No cuando apenas estamos empezando.

—¿Y cómo piensa detenerlo, mi señora?

—No lo sé. Pero lo haré.

Elara la miró largamente. Luego, lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Es usted más fuerte de lo que cree —dijo—. Y más testaruda.

—Eso me han dicho.

—Le va a hacer falta.

---

Angrod regresó al atardecer.

Leila lo esperaba en sus habitaciones, sentada en el borde de la cama, las manos entrelazadas sobre el regazo. Había estado practicando su magia en secreto —pequeñas luces, apenas chispas— y sentía el hormigueo familiar bajo la piel.

—Tenemos que hablar —dijo.

Él se detuvo en el umbral.

—¿De qué?

—De ti. De mí. De lo que estás planeando.

—No sé de qué hablas.

—Mientes.

—Siempre miento.

—Conmigo intentas no hacerlo.

Las palabras de ella, devolviéndoselas. Otra vez. Él desvió la mirada.

—Leila...

—No. No voy a dejar que cambies de tema. No voy a dejar que me protejas con mentiras y silencios. He pasado diecinueve años sin saber que existías. No voy a pasar el resto de mi vida sin saber quién eres realmente.

Él la miró. Y por primera vez, ella vio miedo en sus ojos azules.

—¿Y si quién soy realmente es alguien que no merece ser amado? —preguntó.

—Eso no lo decides tú.

—¿Quién, entonces?

—Yo. Y yo ya he decidido.

Se puso de pie. Cruzó la distancia que los separaba. Tomó su rostro entre sus manos.

—Te he elegido —dijo—. No como príncipe. No como salvador. No como sacrificio. Te he elegido a ti, Angrod. Al hombre que lleva doce años esperándome. Al que me mira como si yo fuera un milagro. Al que tiembla cuando me toca. Ese eres tú. Y no voy a dejar que te conviertas en mártir por mi culpa.

Él tragó saliva.

—No es por tu culpa. Es por ti.

—Da igual. No voy a permitirlo.

—¿Y cómo piensas detenerme?

Ella sonrió. Era una sonrisa dulce, pero sus ojos verdes brillaban con algo nuevo. Algo afilado.

—No voy a detenerte —dijo—. Voy a ir contigo.

—¿Qué?

—Sea lo que sea que estés planeando, sea cual sea el sacrificio que crees que tienes que hacer... no vas a hacerlo solo. Vamos juntos. O no vamos.

—No puedes pedirme eso.

—Acabo de hacerlo.

Él la miró largamente. Y en sus ojos, ella vio la batalla que libraba consigo mismo: el deseo de protegerla, el miedo a perderla, la certeza de que no podría soportar otra vida sin ella.

—Eres imposible —susurró.

—Lo sé.

—Testaruda.

—También.

—Y te quiero.

Ella sintió el corazón detenerse. No era la primera vez que él decía esas palabras —la noche anterior, entre besos y jadeos, las había susurrado contra su piel—, pero era la primera vez que las decía así. Desnudas. Sin excusas.

—Yo también te quiero —respondió—. Y por eso mismo no voy a dejarte ir.

Él cerró los ojos. Apoyó la frente contra la de ella.

—No sé cómo hacer esto —dijo—. No sé cómo ser amado sin destruir a quien me ama.

—Aprenderás.

—¿Y si no puedo?

—Entonces te enseño yo.

Él respiró hondo. Luego, lentamente, sus brazos la rodearon.

—Trato —dijo.

—Trato.

---

Esa noche, no hicieron el amor.

Solo se quedaron abrazados, escuchando el latido de sus corazones, sintiendo el calor de sus cuerpos entrelazados. La tormenta gris seguía azotando Hassan, pero dentro de esa habitación, dentro de esa cama, dentro de ese abrazo, todo estaba en calma.

—Angrod —susurró Leila.

—¿Mmm?

—¿Crees que podremos ser felices?

Él tardó en responder.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero quiero intentarlo.

—¿Conmigo?

—Solo contigo. Siempre solo contigo.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Entonces inténtalo.

Y en esa promesa silenciosa, en ese futuro incierto, en ese amor que apenas comenzaba a aprender su propio idioma, ambos encontraron algo que ninguno había tenido antes.

Esperanza.

---

No sé cómo ser amado sin destruir a quien me ama.

Ella dice que me enseñará.

Y yo, que nunca he sabido pedir ayuda, descubro que con ella es fácil.

Con ella todo es fácil.

Hasta aprender a vivir.

1
Maria Elena Maciel Campusano
Bueno Leila dió el paso decisivo y se entregó a Agrod ahora juntos enfrentarán al Malechor de Malakor 🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Quien lo diría Leila está enamorada de Agrod y él que temía ser rechazado, pero la unión hace la fuerza y quizás unidos logren vencer al tal Malechor perdón Malakor 🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
🤔🤔🤔 Qué sacrificio tan grande hizo la mamá de Agrod por amor a su hijo, ahora él decidió sacrificar su existencia por amor a Leila 😔😮‍💨
Maria Elena Maciel Campusano
Estuvo interesante todo lo que Leila descubrió a través de leer un libro, pero lo mejor fué cuando Agrod logró hacer que ella despertara su poder🤔🤔
Maria Elena Maciel Campusano
Realmente es una historia interesante, pero mientras no se aclare sobre el dichoso pacto entre el mundo de Leila y el mundo de Agrod, seguiremos junto con Leila intrigados sobre el porqué de su encuentro y de ese pacto🤔🤨🤨🤨
Maria Elena Maciel Campusano
Debe ser muy impactante ser arrebatada de tu vida, de tu hogar, de tus amigos, familia y actividades así nada más 🤨🤨🤨
Lorena Itriago
Excelente Novela, Felicidades
Lorena Itriago
Que pasó con Elara?
welimar hernandez lobo
Buen historia lo malo es que la gente no lo conoce, gracias autora por publicar esto.
Jisieli: También te recomiendo mi otra novela "El Archiduque Bestia y la Esclava"
Feliz tarde 🤗
total 2 replies
Maria Elena Maciel Campusano
Vaya manera de llevarse a Leila a su mundo, fué muy impresionante leer sobre las sensaciones que sentía y la manera en que las sombras la arrastraron hasta cruzar el umbral del espejo 😨😰😱😱
Maria Elena Maciel Campusano
Me atrapó ésta historia, empezó con acción y la manera en que conoció a su destinada☺️👍👍👍
Jisieli
Me pareció encantadora la historia 🤗
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