Deseo Prohibido narra el encuentro entre dos mundos opuestos: Diego, un hombre rico, poderoso y emocionalmente inaccesible, que vive bajo control y rechaza el amor; y Elías, un joven inocente, criado entre afectos sinceros y que cree en la seguridad del amor.
La atracción silenciosa entre ellos despierta un sentimiento prohibido que desafía límites, certezas y promesas personales. Mientras Elías enfrenta la inevitable pérdida de su inocencia, Diego se ve obligado a confrontar una vulnerabilidad que siempre había evitado.
Entre deseo, silencio y negación, la historia explora un amor que nace en el lugar equivocado y el alto precio de sentir aquello que nunca debería permitirse.
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Capítulo 3
La luz del principio de la tarde entraba oblicua por las amplias ventanas de la sala del co-CEO, recortando la mesa de madera oscura donde el contrato estaba abierto. Lo leía por tercera vez la misma cláusula, los dedos marcando el margen del papel con una presión casi invisible. No era desconfianza, era hábito. A Diego no le gustaba ser sorprendido, mucho menos en una reunión decisiva.
El reloj de pared rompió el silencio con un clic seco. Él alzó los ojos por un instante, calculando el tiempo. Aún había algunos minutos. Se ajustó las gafas, hizo una anotación corta en el canto de la página y volteó la última hoja. El contrato estaba correcto, rígido como él exigía. Aun así, cerró la carpeta con cuidado excesivo, como si sellara algo mayor que un acuerdo.
Se levantó, alisó el saco y caminó hasta la ventana. Allá abajo, la rutina seguía indiferente. Pensó en el almuerzo con el padre —no exactamente un descanso, sino una pausa necesaria—. Algunas conversaciones no podían ser aplazadas.
Tomó el celular, revisó las notificaciones y respiró hondo antes de salir de la sala.
Del lado de afuera, la secretaria organizaba algunos documentos sobre la mesa auxiliar. Al verlo, enderezó la postura.
—Voy a salir para el almuerzo —dijo Diego, con la voz baja y controlada.
—¿Quiere que le reprograme algo?
—No —respondió él, colocando el celular en el bolsillo del saco—. Pero si surge cualquier emergencia, me llama. Cualquier cosa que salga de lo previsto.
—Claro, jefe. Le aviso inmediatamente.
Él sostuvo la mirada por un segundo, como si confirmara que había sido comprendido, y entonces hizo un leve movimiento de cabeza.
—Gracias.
Siguió por el corredor con pasos firmes, llevando consigo el silencio de la oficina y la certeza de que, aún ausente, continuaría en el control.
Diego dejó el estacionamiento de la empresa pocos minutos después del mediodía, y luego él estaba inmerso en el flujo denso de la avenida principal. El sol pegaba fuerte en el parabrisas, reflejando en los edificios espejados y tornando el tránsito aún más lento.
No demoró para que el embotellamiento se formara. Faroles rojos al frente, bocinas impacientes, motos costurando entre los carros. Él soltó el aire despacio, aceptando el ritmo impuesto por el horario de almuerzo. No adelantaba luchar contra aquello.
Giró el botón de la radio casi por reflejo. Después de algunas estaciones chiadas, una banda de rock llenó el interior del carro —guitarras firmes, batería marcada, una voz ronca cantando algo sobre resistencia y carretera—. El sonido no era alto demás, apenas lo suficiente para crear una burbuja alrededor de él.
Con el pie alternando entre freno y aceleración, Diego dejó la música conducir sus pensamientos. Cada riff parecía ocupar el espacio que el tedio del tránsito intentaba invadir. Él observaba las personas en los carros al lado, algunas comiendo apuradas, otras presas a los propios celulares, todas igualmente retenidas en aquel trecho de la ciudad.
Cuando el semáforo finalmente abrió y el tránsito avanzó algunos metros, la música entró en el estribillo. Apoyando el brazo en la puerta, tamborileando los dedos en el ritmo de la batería. Aún había tiempo antes de llegar al restaurante, y, por primera vez desde la mañana, él no se importó. El rock hacía el embotellamiento parecer apenas más un trecho de la jornada, no un atraso.
El carro se deslizó para fuera del flujo pesado de la avenida y entró en el área cubierta en frente al restaurante. Diego apagó el motor con un gesto calmo y extendió la llave al valet, que la recibió con un movimiento respetuoso antes de desaparecer con el vehículo.
Así que atravesó la puerta de entrada, fue envuelto por una atmósfera clásica y acogedora. Lámparas elegantes pendían del techo alto, esparciendo una luz caliente sobre el salón. La música de fondo era suave, casi discreta, mezclándose al sonido de cubiertos y conversaciones bajas. Meseros cruzaban el espacio con pasos ágiles y precisos, bandejas firmes en las manos, como si todo allí siguiera un ritmo propio y bien ensayado.
En la entrada, la recepcionista alzó los ojos y sonrió con profesionalismo.
—Buenas tardes. ¿El señor tiene reserva?
—Sí —respondió Diego—. Está en el nombre de Gonzalo Del Toro.
Ella confirmó rápidamente en una carpeta, la sonrisa se tornando aún más cordial.
—Perfecto, señor. Por favor, acompáñeme.
Diego siguió atrás de ella por el salón, pasando entre mesas bien puestas y conversaciones interrumpidas por miradas curiosas. Al fondo, reconoció la silueta del padre ya sentado, postura erguida, manos apoyadas con calma sobre la mesa.
La recepcionista paró, afastó la silla con delicadeza e hizo un leve gesto de acogimiento.
—Aquí está. Deseo a los señores una óptima refección.
Ella se retiró con pasos silenciosos, dejando Diego delante de la mesa, mientras la música continuaba a llenar el ambiente y el almuerzo prometía ser más que apenas una pausa en el día. Gonzalo alzó los ojos así que Diego se aproximó de la mesa. Había una leve sonrisa en el canto de la boca, más irónico que afectuoso.
—Pensé que puntualidad fuera uno de sus puntos fuertes —dijo él, mirando para el reloj en su pulso izquierdo.
Diego jaló la silla con calma y se sentó, apoyando el saco en el respaldo antes de responder.
—Continua siendo —retrucó, con una media sonrisa cargada de burla—. El tránsito es que aún no se adaptó a mi agenda.
Gonzalo soltó un breve aire por la nariz, casi una risa contenida.
—Siempre una explicación bien ensayada.
—Prefiero llamar de realista —respondió Diego, cruzando los brazos con tranquilidad—. Llegar cinco minutos después aún es mejor que no llegar, papá.
El padre lo encaró por un instante, evaluándolo, antes de desviar la mirada para el salón.
—Veo que la confianza sigue intacta.
—Esa, al contrario del tránsito, nunca atrasa —concluyó Diego, manteniendo el tono provocador mientras la música suave del restaurante llenaba el silencio momentáneo entre los dos.
Un mesero se aproximó con pasos silenciosos, surgiendo al lado de la mesa casi sin ser notado. Paró con postura impecable y una sonrisa discreta.
—Buenas tardes, señores. Sean bienvenidos. ¿Les gustaría de acompañar la refección con algún vino?
En cuanto hablaba, colocó los menús sobre la mesa con cuidado, alineándolos antes de recuar medio paso.
Gonzalo respondió sin vacilar:
—Sí, claro. ¿Qué usted recomienda?
El mesero inclinó levemente la cabeza, seguro del propio repertorio.
—Tenemos excelentes opciones hoy. Un Tempranillo reserva muy equilibrado, un Rioja de óptima estructura… y también algunos rótulos españoles más exclusivos, bastante procurados.
Gonzalo alzó la mirada, un brillo contenido de reconocimiento en los ojos.
—Imagino que aún trabajen con el El Ocaso Dorado —dijo, con naturalidad, como quien confirma algo que ya sabe.
La sonrisa del mesero se amplió de forma respetuosa.
—Sí, señor. Tenemos, sí. Es uno de los vinos más apreciados de la casa.
—Entonces será ese —decidió Gonzalo, abriendo el menú con calma—. Conozco bien.
—Excelente elección —respondió el mesero—. Ya providencio.
Él se afastó discretamente, dejando sobre la mesa la expectativa del vino —y el peso simbólico de El Ocaso Dorado, un nombre que cargaba historia, prestigio y algo no dicho entre padre e hijo.
El mesero retornó pocos minutos después, trayendo el cuaderno de anotaciones y parando al lado de la mesa con la misma discreción de antes.
—¿Los señores ya decidieron?
Gonzalo mantuvo el menú abierto sobre la mesa, los ojos aún recorriendo las páginas con calma calculada. No respondió de inmediato. El mesero aguardó, paciente, el silencio se alongando por algunos segundos.
Diego rompió la pausa.
—Para empezar, quiero un Jamón Ibérico de Bellota —dijo, con la voz firme—. De plato principal, cordero asado con hierbas. De acompañamiento, patatas bravas.
El mesero anotó con atención, entonces volvió la mirada para Gonzalo. El más viejo cerró el menú lentamente.
—Lo mismo para mí —dijo, por fin, en tono neutro, casi indiferente.
—Perfectamente, señores —respondió el mesero, haciendo un leve movimiento de cabeza antes de se afastar llevando consigo los menús.
En cuanto aguardaban los pedidos, el salón seguía en movimiento contenido. Meseros cruzaban entre las mesas con pasos leves, cubiertos tilintaban discretamente y la música suave llenaba los espacios de silencio. La luz caliente de las lámparas reflejaba en los vasos aún vacíos, creando un clima elegante, casi solemne.
Gonzalo se recostó en la silla, entrelazando los dedos sobre la mesa. Observaba el ambiente como quien ya conocía cada detalle de aquel lugar, hasta jalar asunto sin rodeos:
—Supe de la videoconferencia con los italianos —dijo, en tono calculado—. Es un contrato grande. Muy importante para la empresa.
Hizo una breve pausa, mirando directamente para el hijo.
—Usted sabe que es su deber garantizar aquella firma.
Diego no desvió la mirada. Enderezó la postura, la expresión cerrada.
—Yo sé exactamente lo que tengo que hacer —respondió, seco—. Yo nunca decepciono cuando el asunto es trabajo.
Gonzalo arqueó levemente las cejas, pero Diego continuó, la voz baja y firme:
—Si la empresa a cada día que pasa continua creciendo en el mercado no es por suerte. Es por mi causa.
El silencio que se siguió fue cortado apenas por el sonido distante de platos siendo colocados en otra mesa. Gonzalo sostuvo la mirada por algunos segundos, como si midiera cada palabra, mientras el restaurante seguía normalmente —ajeno a la tensión contenida entre padre e hijo.
En cuanto el ambiente alrededor permanecía elegante y controlado, Gonzalo no dejó pasar la afronta. Se ajustó en la silla con calma estudiada, la mirada firme, la voz baja —pero cargada de autoridad.
—No confunda competencia con autonomía absoluta —dijo él—. La empresa prospera porque existe una estructura que vino mucho antes de usted.
Hizo una breve pausa, suficiente para que el peso de las palabras se asentase.
—Usted ejecuta bien, Diego, no niego. Pero no se olvide de que está ocupando un lugar que yo construí. Resultados individuales no substituyen legado.
Gonzalo apoyó las manos en la mesa, el tono permaneciendo controlado, casi frío.
—Haga su trabajo con excelencia, como siempre. Solo no transforme eso en una disputa de egos.
El silencio volvió a se instalar entre ellos, más denso que antes, en cuanto a lo lejos el mismo mesero se aproximaba con la bandeja, ajeno a la batalla silenciosa que se dibujaba a la mesa. Él queda entre los dos con la bandeja equilibrada, depositando primero la botella de El Ocaso Dorado sobre la mesa. Sirvió el vino con precisión, girando la botella al final del gesto, y en seguida acomodó los platos delante de ellos. El aroma del cordero asado con hierbas se esparció por el aire, mezclándose al perfume del vino recién-servido. Las patatas bravas fueron colocadas al centro, aún fumegantes.
—Buen provecho, señores —dijo el mesero, antes de se afastar discretamente.
Así que quedó solo a la mesa con el padre, Diego no esperó. Tomó los cubiertos y empezó a comer, los movimientos firmes, casi mecánicos. No era hambre —era fuga. Cada bocado era una forma de evitar la mirada de Gonzalo, de no prolongar aquel silencio cargado.
Gonzalo observó por un instante, la copa de vino aún intacto en su mano. No dijo nada. Apenas llevó la copa a los labios con calma, en cuanto el sonido de los cubiertos de Diego marcaba el ritmo tenso de aquel almuerzo que tenía poco de refección y mucho de confrontación silenciosa.