En lo más profundo de un bosque olvidado por el tiempo, donde el agua de las cascadas es pura y la fe es la única ley, nació Evangeline. Criada entre oraciones y el aroma de los frutos silvestres, su belleza era un secreto guardado por la naturaleza… hasta que el mundo de los hombres decidió reclamarlo.
Alistair von Thorne no conoce la paz. Sus ojos azules han visto caer reinos y sus manos, marcadas por el acero, solo saben de obediencia y sangre. Tras años de guerra, su regreso se cruza con una cacería de monstruos humanos y una mercancía que no tiene precio: la virtud de una mujer.
Por unas cuantas monedas de oro, la salvación de Evangeline se convirtió en su nueva condena. Ella fue comprada. Él es su dueño. Y en el silencio del campamento militar, la pureza de la aldea está a punto de colisionar con la oscuridad del guerrero más temido del Rey.
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Capítulo 7: La marca del General
El roce de la seda contra su piel todavía sensible por la fiebre hizo que Evangeline se estremeciera. Marta, con una destreza que delataba años de servicio en cortes que la joven no alcanzaba a imaginar, ajustó los cordones del corpiño de color azul noche. El vestido era una obra de arte: el escote cuadrado, ribeteado con encaje de plata, resaltaba la blancura lunar de su cuello y hombros, mientras que las mangas largas y ajustadas terminaban en puños delicados que cubrían sus manos temblorosas. Cuando Marta terminó de trenzar su cabello azabache con hilos de seda plateada, Evangeline apenas se reconoció en el pequeño espejo de bronce. Sus ojos negros parecían más profundos, y sus labios, naturalmente rojos, resaltaban contra su palidez recuperada.
—Ya no eres una niña de aldea, pequeña —le susurró Marta al oído, dándole un suave apretón en el hombro—. Ahora eres la joya de Alistair von Thorne. Úsalo a tu favor, o deja que te consuma.
Evangeline no pudo responder. La idea de "usar" algo le resultaba ajena; ella solo sabía obedecer.
Alistair entró en la zona de la habitación tras haber terminado de vestirse con su uniforme de gala: una túnica de cuero negro reforzada con placas de oro y su capa roja carmesí, que caía con una pesadez regia desde sus hombros. Se detuvo en seco al verla. Sus ojos azules, usualmente fríos y analíticos, se encendieron con un fuego nuevo. La recorrió de arriba abajo con una mirada posesiva que hizo que Evangeline bajara la cabeza, sintiendo que el aire se volvía denso.
—Mírame —ordenó él, su voz vibrando con una mezcla de orgullo y dominio.
Ella obedeció, levantando sus ojos oscuros hacia el gigante rubio que la poseía. Alistair se acercó, el metal de sus botas resonando contra el suelo, y tomó su mano pequeña entre la suya, ruda y cálida.
—Caminarás a mi lado —dijo Alistair, sin dejar lugar a réplica—. Que todo hombre bajo mi mando comprenda que lo que he comprado con oro, lo defenderé con acero.
Al salir de la tienda, el ruido del campamento se detuvo de golpe. El murmullo de cientos de soldados, el choque de las espadas en entrenamiento y el relincho de los caballos cesó como si un hechizo hubiera caído sobre el lugar. Alistair no la llevaba como a una prisionera, sino como a un trofeo de un valor incalculable. Evangeline sentía cientos de ojos clavados en ella; miradas cargadas de lujuria, sorpresa y, sobre todo, de un miedo reverencial hacia el hombre que la llevaba del brazo.
En el centro del campamento, donde los oficiales de alto rango se reunían, un hombre de rostro afilado y ojos envidiosos se interpuso en el camino. Era el Capitán Vorian, un oficial que siempre había buscado una oportunidad para socavar la autoridad de Alistair.
—Así que los rumores eran ciertos, General —dijo Vorian con una sonrisa torcida, recorriendo el cuerpo de Evangeline con una mirada que la hizo sentir desnuda—. Gastó una fortuna en una campesina. Debo admitir que tiene buen ojo para la belleza... aunque me pregunto si una criatura tan frágil sobrevivirá al rigor de nuestro viaje.
Alistair no se detuvo, pero su presión sobre la mano de Evangeline aumentó sutilmente. Se detuvo frente a Vorian, su altura superándolo por casi una cabeza. El aire se cargó de una violencia contenida que hizo que los soldados cercanos retrocedieran.
—No es una campesina, Vorian —respondió Alistair, su voz siendo un gruñido bajo y peligroso que heló la sangre de los presentes—. Es mi propiedad. Y si vuelves a mirarla como si pudieras tocarla, me encargaré de que sea la última cosa que vean tus ojos antes de que los arranque de tu cráneo.
El silencio que siguió fue absoluto. Vorian palideció y bajó la mirada, incapaz de sostener el duelo contra el hombre que nunca había perdido una batalla. Alistair continuó su marcha, arrastrando a una Evangeline cuyo corazón martilleaba con fuerza.
Ella entendió en ese momento que su vida en la aldea había muerto para siempre. En este nuevo mundo de lobos y acero, su belleza era su única moneda, pero su dueño era el lobo más peligroso de todos. Alistair la llevó hasta el estrado principal, donde todos podían verla: la mujer de labios rojos y piel de nieve, la virtud cautiva que el General Thorne había reclamado para sí ante el asombro de todo un ejército.
hay la tienes 🤭
como no quería que saliera corriendo 😠
así es contradictorio pero hombres como el son posesivos 🥰