Si me hubieran dicho que conocer y amar a ese hombre me llevaría hasta la muerte… aun así lo elegiría, una y mil veces, hasta mi último aliento.
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Capítulo 10
Una hora más tarde, cuando el silencio se había apoderado de la casa y solo se escuchaba el canto de los grillos, Alejandra escuchó un suave golpe en su ventana. Abrió los ojos y vio la silueta de Francis en la oscuridad.
Se levantó con el corazón latiéndole fuerte y abrió la ventana con sigilo.
—¿Qué haces aquí? —susurró, con una mezcla de sorpresa y emoción.
—No puedo dormir sin ti —respondió Francis, su voz baja y seductora—. Te extrañaba.
Sin decir más, él se deslizó por la ventana con agilidad, entrando en su habitación. La luna llena iluminaba el cuarto, creando un ambiente íntimo. Se acercó a ella, tomándola entre sus brazos y besándola con una urgencia contenida.
—Creí que mi madre se daría cuenta —susurró Alejandra, entre besos, mientras sus manos recorrían la espalda de Francis, sintiendo la calidez de su piel a través de la fina tela de su camiseta. La cercanía de él en la oscuridad de su habitación, donde había pasado toda su infancia, era una mezcla embriagadora de audacia y ternura.
—Tu madre es una mujer muy sabia —murmuró Francis, sus labios en su cuello, enviando escalofríos por su cuerpo—. Pero ni toda su sabiduría podría evitar que viniera a buscarte. No sabes lo difícil que fue estar tan cerca y a la vez tan lejos.
Sus manos se entrelazaron y él la llevó suavemente hacia la cama. La luna, cómplice, bañaba la habitación con una luz plateada que filtraba los contornos de sus cuerpos. Cada roce, cada suspiro, era magnificado por el silencio de la noche y la intimidad del espacio. Se besaron con una pasión que era a la vez un reencuentro y una exploración. Los besos de Francis eran una promesa, una confirmación de que, a pesar de las dudas y las distancias impuestas, su conexión era irrompible.
Alejandra desabrochó la camisa de Francis, sus dedos expertos recorriendo los botones, liberando el torso firme que tan bien conocía. Él, con una delicadeza que la volvía loca, desató los cordones de su camisón, permitiendo que la suave tela se deslizara por su cuerpo hasta caer a sus pies, dejándola desnuda ante su mirada.
—Eres tan perfecta, mi amor —susurró Francis, sus ojos oscuros brillando con deseo y adoración mientras la contemplaba. Su voz era un alivio para las inseguridades que la habían asaltado la noche anterior.
Ella se sintió deseada, valorada, la mujer más hermosa del mundo. Se subió a la cama, abrazándose a él, y sus pieles se encontraron, una explosión de calor que disipó cualquier rastro de frío o distancia.
—Francis —gimió, su voz apenas un susurro, mientras sus manos se perdían en su cabello, tirando suavemente de él—. No puedo creer que estés aquí. Conmigo.
Él la besó con una ternura infinita, pero con una pasión creciente. Sus labios recorrían cada centímetro de su piel, desde sus labios hasta su cuello, bajando por su clavícula hasta el suave valle entre sus senos. Las caricias eran lentas, pausadas, tortuosas, diseñadas para llevarla al límite de la excitación.
—Te amo, Alejandra —murmuró él contra su piel, sus alientos mezclándose—. Te amo, te amo, te amo.
Cada palabra era un eco de su propio corazón. Ella arqueó la espalda, entregándose por completo a las sensaciones que él provocaba. Sus dedos se movían con destreza, explorando cada curva, cada rincón de su cuerpo, despertando en ella una sinfonía de placer. El aliento de Alejandra se aceleró, sus gemidos se volvieron más urgentes, pidiéndole más, queriéndolo más cerca.
—Más, Francis, por favor —suplicó, su cuerpo ardiendo, su mente nublada por la pasión.
Él sonrió, un sonido ronco que vibró contra su oído, mientras se movía sobre ella, posicionándose. —Con todo mi ser, mi vida. Con todo mi amor.
Cuando finalmente la penetr0, fue una sensación que trascendió lo físico. Fue la unión de dos almas, fue casi una danza casi religiosa llena de amor y deseo. Alejandra se aferró a él, sus piernas entrelazadas alrededor de su cintura, sus uñas arañando suavemente su espalda, en un éxtasis compartido.
—Eres mi droga, Ale —jadeó Francis, sus ojos fijos en los de ella, llenos de una intensidad innegable—. No puedo vivir sin ti.
—Tú eres mi mundo —respondió ella, las lágrimas de placer mezclándose con su sudor, mientras se movían al unísono, sus caderas chocando en un ritmo frenético, imparable.
Los gemidos y suspiros llenaron la pequeña habitación, una melodía secreta en la quietud de la noche. Se entregaron el uno al otro una y otra vez, explorando los límites del placer, sus cuerpos entrelazados, sus almas fusionadas. Cada estocada de Francis era una declaración de amor, cada caricia de Alejandra una confirmación de su entrega.
Finalmente, el clímax los alcanzó en una explosión simultánea, un grito ahogado de placer que se perdió en la almohada. Exhaustos pero plenos, cayeron el uno en los brazos del otro, sus respiraciones aún agitadas, sus cuerpos brillando con sudor y amor.
Francis la abrazó fuerte, besando su frente, sus labios. —Eso fue... increíble, mi amor.
—Lo fue —susurró Alejandra, acurrucada contra su pecho, escuchando los latidos acelerados de su corazón—. Te amo, Francis.
Durmieron entrelazados, en el calor de su amor, protegidos por la oscuridad y la complicidad de la noche. Para Alejandra, esa noche en su antigua habitación, con el hombre que amaba, fue un bálsamo para sus dudas. Se sentía completa, segura. Él estaba aquí, en su mundo, demostrándole con cada beso y cada caricia que su amor era real.
El gallo de Don Pedro, el vecino, fue el encargado de anunciar la llegada del nuevo día. Alejandra se despertó sobresaltada, con el brazo de Francis rodeándola. Una sonrisa tonta se dibujó en sus labios. A la luz tenue del amanecer, Francis dormía profundamente, su rostro relajado y hermoso.
Se levantó con cuidado para no despertarlo, recogió el camisón del suelo y se lo puso. Miró por la ventana, viendo cómo el pueblo despertaba. El humo de las cocinas comenzaba a elevarse, el canto de los pájaros se hacía más fuerte. Era hora de levantarse, antes de que su madre se diera cuenta de la visita nocturna.
Se vistió rápidamente y, antes de salir, se inclinó para besar la frente de Francis. —Despierta, dormilón. La vida en el campo no espera.
Él gruñó, pero le sonrió con los ojos entrecerrados. —Dame cinco minutos más, mi amor.
Alejandra rió suavemente y salió de la habitación, no sin antes asegurarse de cerrar bien la ventana. Bajó a la cocina, donde Doña Elena ya estaba preparando el desayuno. El aroma a café recién colado y a arepas calientes llenaba el ambiente.
—Buenos días, mamá —dijo Alejandra, abrazándola.
—Buenos días, mi niña —respondió Doña Elena, sin dejar de remover la mezcla para las arepas—. Te veo con otra cara hoy. Más descansada.
Alejandra se sonrojó, pero su madre no insistió. Era una mujer de pocas palabras, pero de miradas que lo decían todo.
Unos minutos más tarde, Francis bajó, ya vestido con la ropa informal que traía. Su cabello un poco revuelto, pero su sonrisa radiante.
—Buenos días, Doña Elena —saludó con cortesía—. Espero no haber dormido de más.
—Para nada, joven Francis —dijo Doña Elena, sirviéndole una taza de café—. Los hombres necesitan su buen descanso. Siéntese, el desayuno está listo.
Durante el desayuno, la conversación fluyó con naturalidad. Francis hizo preguntas sobre la agricultura local, sobre la vida en el pueblo, mostrando un interés genuino que sorprendió gratamente a Alejandra. Doña Elena, a pesar de su inicial cautela, parecía ablandarse un poco ante el encanto de Francis.
—Hoy podemos ir al mercado del pueblo —sugirió Alejandra—. Y luego a la playa.
—Me parece perfecto —dijo Francis—. Quiero conocer todo lo que le dio forma a la mujer que amo.
Continuará ✨
Felicidades escritora. Una novela con matices que hacen cada capítulo interesante.
Debería de ponerse al tú por tú con Isabel y no dejarse amedrentar.
Al final será un cobarde que vivirá con amargura por no saber defender sus ideales y su amor.
Debería dejar pasar unos días y reflexionar sobre sus sentimientos. Y si el amor por ella misma le da el valor de escucharlo, que sobre eso decida qué elige.