Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 5
Vera
Saber que tenía que administrar la finca y, peor aún, convivir con Dante, me generaba una sensación extraña. No era miedo. Tampoco rabia pura. Era algo incómodo, denso, como cuando sabes que estás a punto de meterte en un problema del que no quieres salir… pero tampoco puedes evitarlo.
Nos acercamos a la ventanilla de la notaría para autenticar los documentos. Yo solo quería terminar rápido y largarme de ahí.
—Disculpa —le pregunté al chico que atendía—, ¿conoces algún hotel por aquí?
El muchacho sonrió con timidez.
—Sí, señorita. Mi madre tiene un pequeño hotel.
—¿Tiene habitaciones disponibles?
—Sí, señora.
—¿Me puedes indicar dónde queda?
—A dos cuadras de aquí, a la derecha.
—Gracias —respondí, aliviada.
Terminé de firmar los documentos con la sensación de estar sellando un pacto con el diablo. Salimos de la notaría y me giré hacia José.
—Hay un hotel a dos cuadras. Vamos.
Él negó con la cabeza.
—No, Vera. Yo no viajo hoy.
Parpadeé.
—¿Y cómo piensas irte?
—Gustavo y yo alquilamos transporte privado. Además, debo radicar estos documentos mañana. Es importante.
Suspiré.
—Cualquier cosa que necesites, me llamas —añadió—. No importa la hora. Ten cuidado.
—Gracias, José —le dije, sincera—. Que te vaya bien.
—Lo mismo para ti —sonrió—. Suerte.
Suerte.
La iba a necesitar.
Me subí a la camioneta y conduje hasta el hotel. Era una casa grande, antigua, con ese aire lúgubre que parecía marca registrada del pueblo. Golpeé la puerta y me abrió una mujer de sonrisa cálida.
—Buenas noches.
—Buenas noches —respondí—. Me dijeron que aquí hay habitaciones disponibles.
—Claro que sí —dijo—. Soy Dora.
—Mucho gusto, soy Vera.
Escuché una camioneta estacionarse detrás de mí. No tuve que girarme para saber quién era. Cerré los ojos y suspiré con resignación.
La señora Dora, miró por encima de mi hombro… y literalmente se comió a Dante con la mirada.
Espero que no pase frío esta noche si él se lo permite, pensé, mordaz.
Ella me condujo a una habitación con vista a la calle y un pequeño balcón. Tenía baño privado, cosa que agradecí profundamente después del día que había tenido. Dejé la maleta y salí al balcón.
Dante estaba en el balcón de la habitación contigua.
Ambos rodamos los ojos con fastidio.
—¿Podemos hablar de la casa durante la comida? —pregunté, directa.
—Prefiero que sea después —respondió—. No quiero arruinarla con tu presencia.
—Eres un inmaduro.
Me di media vuelta y entré a la habitación.
—Es insoportable ese hombre —murmuré.
Llamé a mi mamá y a mi hermana en videollamada. Les conté lo del hotel, la mina, Dante. Claudia se reía. Mamá fruncía el ceño.
—Ten cuidado, Vera —me dijo—. Ese hombre no me da buena espina.
Golpearon la puerta. Abrí.
—Hola —dije—. ¿Cómo estás?
—Bien, gracias. ¿Y tú?
—Bien, gracias.
—Me llamo Brayan.
—Mucho gusto, soy Vera.
—La comida está servida.
—Muchas gracias.
—El comedor es donde la luz está encendida —dijo, señalando.
Me asomé. La parte baja de la casa tenía un hermoso jardín interior. Sonreí.
—Gracias, Brayan.
Me despedí de mi mamá y mi hermana y bajé. Dante llegó poco después. Durante la cena, la conversación fue casual. Forzada. Dante respondía más por respeto que por gusto. O eso quise creer.
Después subimos a una pequeña terraza.
El cielo estaba despejado. Lleno de estrellas.
Dante bebió un sorbo de café.
—Es mejor tumbar la casa —dijo.
—Estoy de acuerdo —respondí—. Construir algo nuevo. Tal vez dos casas.
No me miró.
—No necesito una segunda casa —dijo—. No pienso quedarme aquí.
—Claro —repliqué—. Tú puedes huir cuando quieras. Algunos no tenemos ese lujo.
Giró el rostro hacia mí.
—No sabes nada de mí.
—Sé lo suficiente —respondí—. Eres arrogante, grosero y te crees dueño del mundo.
—Y tú eres controladora, sarcástica y te gusta provocar.
—No provoco —me acerqué un paso—. Digo lo que pienso.
—Eso es provocar.
La tensión se podía cortar con cuchillo.
—No voy a compartir decisiones contigo eternamente —dije—. Esto es un negocio, Dante.
—Entonces deja de mirarme como si quisieras ganar algo más que dinero.
Me quedé en silencio.
Demasiado cerca.
Demasiado consciente de su presencia.
—No te confundas —susurré—. Nunca volvería a cometer el mismo error con un De Bedout.
Su expresión se oscureció.
—¿Así que ya lo sabes?
—Lo suficiente —respondí—. Y créeme… esto recién empieza.
El viento movió las hojas del jardín. Las estrellas seguían ahí, indiferentes.
Y por primera vez entendí que esta convivencia no iba a ser solo incómoda.
Iba a ser peligrosa.