León es un Omega dominante que odia a los alfas debido a su niñes donde muchos abusaron de el y lo maltrataron, el se niega a ser el Omega de un alfa pero se le hará difícil cuando encuentra su alfa destino Mateo que es una ternura El buscará conquistar a su Omega a como de lugar
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Capitulo 4
La noche se había cerrado sobre el barrio como un telón pesado cuando Mateo se detuvo en la puerta del edificio de León. Las estrellas brillaban tenuemente entre las nubes, testigos distantes de un momento que ninguno de los dos sabría nombrar.
—Estuvo delicioso —dijo Mateo, y aunque las palabras eran simples, la forma en que miró a León las cargaba de un significado más hondo—. Nos vemos mañana.
Y entonces, sin pensarlo, sin darle tiempo a su cerebro para detenerlo, lo abrazó.
Fue un abrazo breve, apenas unos segundos. Pero para León, cuyo cuerpo no había conocido el contacto suave en años, fue como si el tiempo se detuviera. Sintió el calor de Mateo a través de la ropa, el latido de su corazón contra el pecho, el aroma limpio y fresco que lo envolvía todo. Por un instante, el mundo dejó de doler.
Mateo se separó con una sonrisa tímida y comenzó a caminar por la vereda, girándose una vez para saludar con la mano. León levantó la suya, correspondiendo al gesto, y observó cómo su silueta se perdía en la oscuridad de la calle.
Solo cuando estuvo seguro de que ya no podía verlo, la sonrisa se desvaneció de su rostro.
Entró al apartamento y cerró la puerta. El silencio lo recibió como siempre, un viejo compañero que conocía demasiado bien. Se recostó en la cama, aún con la ropa puesta, y se quedó mirando el techo agrietado.
Pero no podía dejar de pensar en él.
Mateo.
Su nombre era un eco en su mente, un susurro que se repetía una y otra vez. La forma en que lo miraba, como si fuera valioso. La manera en que cocinaba para él, como si mereciera ese esfuerzo. El abrazo, ese maldito abrazo que aún sentía en la piel.
León apretó los ojos con fuerza y se giró en la cama, enterrando el rostro en la almohada.
—¿En qué estás pensando, León? —se dijo a sí mismo, su voz un murmullo desesperado en la oscuridad—. Es un Omega. Los dos son Omegas. No pueden... no pueden estar juntos. No así.
Pero su corazón no escuchaba. Su corazón latía con una fuerza que dolía, que le oprimía el pecho y le robaba el aliento.
Solo debes tomarlo como un amigo. Alguien a quien proteger. Como a los demás. Eso es todo.
Mentira. Lo sabía. Lo que sentía por Mateo no era lo mismo que sentía por Caín o por los otros Omegas. Era más profundo. Más aterrador.
¿Pero por qué me siento así?
Las preguntas daban vueltas en su cabeza como un carrusel infernal. Recordó su sonrisa, su paciencia, la forma en que se había arrodillado frente a él para estar a su altura. Recordó el prendedor de flor en su cabello y el amor con que hablaba de su hermana.
Por favor, Mateo. No me hagas sentir de esta manera. Deja de hacer que mi corazón lata con tanta fuerza.
Se incorporó en la cama, pasándose las manos por el cabello con desesperación.
Porque voy a volverme loco. Completamente loco.
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La mañana siguiente llegó con un sol tímido que se colaba por las rendijas de la ventana. León se levantó con el corazón aún revuelto, pero con una determinación nueva: sería su amigo. Nada más. Aunque cada fibra de su ser gritara lo contrario.
Llegó a la universidad y se dirigió a su casillero, como cada día. Pero cuando abrió la puerta metálica, algo diferente lo esperaba.
Una caja. Blanca, con un lazo azul.
Frunció el ceño y la tomó con cuidado. Al abrirla, el aire se le escapó de los pulmones.
Eran zapatillas. No unas zapatillas cualquiera. Eran las zapatillas que había visto en el escaparate de la tienda deportiva hacía meses, las mismas que había deseado en secreto aunque sabía que jamás podría pagarlas. El modelo más nuevo, la marca más cara. Su precio equivalía probablemente a lo que él gastaba en comida en tres meses.
Las tocó con dedos temblorosos. El material era suave, perfecto. Las sostenía en sus manos como si fueran un tesoro incalculable.
—¿Fuiste tú?
La voz salió de sus labios antes de ver a Mateo, que apareció por detrás con una sonrisa nerviosa.
—Sí —respondió Mateo, metiendo las manos en los bolsillos—. Por haberme ayudado ayer con Cala. Bueno, por intentarlo. Por ser... por ser tan increíble. Así que, por favor, úsalas.
León negó con la cabeza, apretando la caja contra su pecho. —No puedo aceptarlas. Mateo, estas zapatillas están carísimas. Son demasiado. No puedo...
—¿Y eso qué tiene? —lo interrumpió Mateo, dando un paso adelante—. Tú te mereces lo mejor de lo mejor. ¿Entendido? Y no me vengas con que no puedes aceptarlas, porque si no las aceptas, me voy a sentir rechazado.
Le guiñó un ojo, y ese gesto tan simple, tan Mateo, hizo que León sintiera que las piernas le flaqueaban.
—Vamos —insistió Mateo, abriendo los brazos—. Acepta el regalo. Por favor.
León lo miró. Vio la sinceridad en sus ojos, la forma en que realmente parecía preocupado por si su regalo no era bien recibido. Y entonces, sin poder evitarlo, una sonrisa inmensa se dibujó en su rostro.
Asintió.
Mateo lo abrazó, un abrazo rápido pero cálido, y León apretó la caja contra su pecho como si fuera lo más valioso del mundo. Porque lo era. No por el precio, no por la marca. Sino porque alguien, por primera vez en su vida, había pensado en él. Había visto lo que necesitaba y se lo había dado, sin esperar nada a cambio.
Las zapatillas se convirtieron, en ese instante, en su tesoro más preciado.
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El timbre de la universidad resonó en todo el campus, llamando a los estudiantes a la clase de educación física. El gimnasio era amplio, con ventanales que dejaban entrar la luz de la mañana y un suelo de madera brillante.
—Odio correr —murmuró Mateo mientras trotaban alrededor de la pista, ya ligeramente agitado.
León, que corría a su lado con la facilidad de quien está acostumbrado a moverse rápido para sobrevivir, no pudo evitar reírse.
—¿Y eso? Correr es liberador.
—Tú corre por mí —resopló Mateo—. Yo me dedico a cosas más sedentarias. Como cocinar. O estudiar. O respirar sin morir en el intento.
León rio de nuevo, y el sonido fue tan genuino que varios compañeros giraron a mirarlos. No era común ver a León reír. No era común verlo relajado. Y mucho menos al lado de alguien.
El profesor anunció el juego del día: quemados. Dividirían la clase en dos equipos y competirían. Inmediatamente, una multitud se arremolinó alrededor de Mateo.
—¡Mateo, con nosotros!
—¡Mateo, ven a nuestro equipo!
—¡El que tenga a Mateo gana seguro!
Mateo era popular. Su dulzura, su amabilidad, su disposición a ayudar a cualquiera lo habían convertido en una figura querida por todos. Betas, Omegas, incluso algunos Alfas lo apreciaban. Todos querían tenerlo en su equipo.
León observó la escena desde la distancia. Vio cómo todos rodeaban a Mateo, cómo reían con él, cómo lo tocaban con familiaridad. Y sintió algo frío instalarse en su estómago. Algo que no supo identificar hasta que fue demasiado tarde.
Inseguridad.
¿Qué era él comparado con toda esa gente? Ellos podían darle a Mateo cosas que él jamás podría. Compañía sin complicaciones, risas sin oscuridad, vidas sin traumas. Él solo era un Omega roto que vivía en un apartamento miserable y sobrevivía a base de odio.
Apartó la mirada, sintiendo un vacío en el pecho.
Pero entonces, una mano suave envolvió la suya.
—¿Puedo estar en tu equipo?
Levantó la vista y se encontró con los ojos de Mateo, que lo miraban con esa ternura infinita que siempre lograba desarmarlo.
—Solo si tú quieres —respondió León, esforzándose por sonar casual, aunque por dentro su corazón galopaba desbocado—. Quiero decir, si ya tienes equipo, no hace falta que...
—Ya encontré equipo —lo interrumpió Mateo, apretando su mano—. Tú eres mi equipo.
Y León supo, en ese instante, que estaba perdido. Completamente perdido.
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El juego comenzó con energía. Las pelotas volaban de un lado a otro, los estudiantes reían y gritaban, la competencia era sana pero intensa. Mateo se movía con agilidad sorprendente, atajando pelotas que iban dirigidas a León con una dedicación que no pasó desapercibida.
Cada vez que una pelota amenazaba con golpear al Omega, Mateo estaba allí. Interceptando, desviando, protegiendo. Su cuerpo se convertía en un escudo, su mirada en una promesa silenciosa.
León observaba, fascinado. Nadie lo había protegido jamás. Él siempre había sido el protector, el que se interponía entre el peligro y los demás. Pero ahora, alguien lo protegía a él. Y ese alguien le sonreía cada vez que lograba atajar un golpe, como si fuera lo más natural del mundo.
En el otro lado de la cancha, Cala hervía de rabia.
Había estado observando cada interacción, cada mirada, cada sonrisa. Y lo que veía lo enfurecía más allá de lo racional. Ese Omega rebelde que lo había humillado, ese León que se atrevía a desafiarlo, ahora reía y jugaba con otro Omega como si la vida fuera un cuento de hadas.
Y ese otro Omega... Cala entrecerró los ojos. Algo en él no encajaba. Pero en su furia ciega, no se detuvo a analizarlo.
Lanzó una pelota con toda su fuerza, directo hacia León. Fue un tiro certero, cruel, diseñado para hacer daño.
Pero Mateo lo vio venir.
Se movió como un rayo, interponiéndose en la trayectoria. La pelota impactó contra su pecho con un golpe sordo, pero él ni siquiera se inmutó. Sus ojos se clavaron en Cala con una frialdad que no le conocían.
—Antes de golpearlo a él —dijo, su voz firme y clara—, deberás derribarme a mí. Y te aseguro que no será fácil.
Un murmullo recorrió la clase. Los estudiantes se detuvieron, el juego olvidado. Todos miraban la escena.
Cala sonrió, una sonrisa depredadora y retorcida.
—Bien —respondió, arremangándose—. Veamos de qué estás hecho, Omega.
Y comenzó.
Cala lanzaba pelota tras pelota con una furia creciente, cada tiro más violento que el anterior. Pero Mateo estaba allí, siempre allí, atajando cada una con una precisión que sorprendía a todos. Se movía como si pudiera anticipar cada movimiento de Cala, como si su único objetivo en el mundo fuera proteger a León.
León lo observaba desde detrás de su escudo viviente, con el corazón desbocado. Veía la concentración en el rostro de Mateo, la determinación en sus ojos, la forma en que cada músculo de su cuerpo estaba tenso, listo para defenderlo.
¿Por qué? pensó. ¿Por qué haces esto por mí?
La frustración de Cala crecía con cada tiro fallido. Nada funcionaba. Ese Omega era como un muro infranqueable.
—¡Qué Omega más rebelde! —gritó, fuera de sí—. Te hace falta que un Alfa te enseñe cuál es tu lugar. A ti y a tu amiguito de mierda.
Mateo atajó otro pelotazo y, en un momento de debilidad, se giró hacia León. Solo un segundo. Solo para sonreírle, para asegurarse de que estaba bien, para decirle sin palabras que todo iba a salir bien.
Fue el segundo que Cala necesitaba.
Con un movimiento rápido y sucio, el Alfa levantó la pierna y le asestó una patada directa al estómago.
El impacto fue brutal. Mateo se dobló sobre sí mismo, el aire escapándose de sus pulmones en un gemido ahogado. Cayó de rodillas, sujetándose el vientre, el rostro contraído por el dolor.
—¡Oye! —el grito de León rasgó el aire como un cuchillo. Sus ojos ardían con una furia asesina mientras forcejeaba contra los compañeros que lo sujetaban—. ¡Maldito bastardo! ¡Suéltame! ¡Voy a matarlo!
—León, no —suplicaban los Omegas—. Si te expulsan, no podrás volver. Piensa en las consecuencias.
Pero León no escuchaba. Solo veía a Mateo en el suelo, solo sentía una rabia tan inmensa que amenazaba con consumirlo.
Mateo, con esfuerzo sobrehumano, levantó la cabeza. Su rostro estaba pálido, gotas de sudor en la frente, pero sus ojos buscaron a León y, al encontrarlos, esbozaron una sonrisa.
—Estoy bien —dijo, su voz entrecortada por el dolor—. No te preocupes. Estoy bien.
Y León sintió que el mundo se detenía.
Porque nadie, jamás, había recibido un golpe por él. Nadie había soportado dolor para protegerlo. Y ahora, ese Omega de sonrisa dulce y corazón enorme estaba en el suelo, herido, y aún así le sonreía para tranquilizarlo.
Los compañeros ayudaron a Mateo a levantarse. Cala, viendo la reacción de los demás, fue reducido y apartado, pero su mirada prometía venganza. La clase terminó en un caos de voces y acusaciones.
León logró liberarse y corrió hacia Mateo, que ya estaba de pie aunque ligeramente encorvado.
—¿Estás seguro de que estás bien? —preguntó, sus manos recorriendo el cuerpo de Mateo en busca de heridas, sin importarle la mirada de los demás—. ¿Te duele mucho? ¿Podemos ir a la enfermería?
Mateo tomó sus manos entre las suyas, deteniendo el examen.
—Tranquilo —susurró—. Solo me dolió un poco. Pero valió la pena.
—¿Cómo que valió la pena? —León lo miró como si estuviera loco—. ¡Te patearon por mi culpa!
Mateo negó con la cabeza, y en sus ojos había una certeza que desarmaba cualquier argumento.
—No fue por tu culpa. Fue por su maldad. Y yo volvería a hacerlo. Siempre te protegeré, León. Siempre.
El Omega sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Apartó la mirada, tragando saliva, intentando controlar la emoción que amenazaba con desbordarse.
—Eres un tonto —murmuró.
—Lo sé —respondió Mateo, y su sonrisa era tan brillante que dolía—. Pero soy tu tonto.
Y aunque las palabras eran simples, aunque quizás Mateo no había querido decir lo que León entendió, el Omega las atesoró en su corazón como un secreto precioso.
Porque por primera vez en su vida, alguien lo hacía sentir que merecía ser protegido. Que merecía ser amado.
Y aunque supiera que era imposible, aunque se repitiera una y otra vez que ambos eran Omegas y eso no podía ser, su corazón ya había tomado una decisión.
Estaba enamorado.
Y no había vuelta atrás.
espero el siguiente capítulo