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Amarte No Estaba En Mi Venganza

Amarte No Estaba En Mi Venganza

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Completas
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Amarte no estaba en mi venganza.
Eliana Morel murió traicionada por el hombre que amaba y abandonada por la familia que juró protegerla. Hasta su último aliento creyó que su desgracia había sido solo mala suerte… sin saber que todo había sido cuidadosamente planeado.
Cuando despierta en el pasado, con los recuerdos intactos y el corazón sellado, Eliana entiende que la vida le ha concedido una segunda oportunidad. No para amar. No para perdonar.
Sino para vengarse.
Fría, inteligente y decidida, comienza a mover las piezas con precisión, dejando que quienes la destruyeron caigan por su propio peso. Pero su plan perfecto se tambalea con la aparición de Adrien Valtier, un hombre que no pertenece a su pasado y que parece ver más allá de su máscara de hielo.
Mientras la venganza avanza y los secretos salen a la luz, Eliana deberá enfrentar la única batalla que no había previsto:
la de un corazón que juró no volver a sentir.
Porque en esta segunda vida, amar…
no estaba en su venganza.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Lo que el tiempo no borró

El encuentro no fue casual. Nada lo era ya.

Lo vi antes de que él me viera: apoyado contra su automóvil negro, con esa postura relajada que siempre había usado como arma. Se pasaba la mano por el cabello oscuro, distraído, como si el mundo entero girara a su alrededor sin esfuerzo. El tiempo no lo había tocado. A mí, en cambio, me había incinerado hasta dejar solo cenizas y rabia.

—Este es uno de los nodos —susurró la Voz directamente en mi nuca, tan cerca que sentí un escalofrío subir por la columna—. El punto de origen. El momento en que todo empezó a torcerse.

—Lo sé —respondí entre dientes, obligando a mis piernas a seguir avanzando por la acera.

Adrián levantó la vista. Por una fracción de segundo, su máscara de seguridad perfecta se agrietó. Sus ojos se abrieron un milímetro más de lo normal, y algo parecido a la sorpresa —o al reconocimiento— cruzó su rostro.

—Eliana… —dijo, enderezándose—. No esperaba verte aquí.

—Yo tampoco —mentí con una sonrisa que no llegó a mis ojos. Mi calma era solo un iceberg; debajo de la superficie, todo era hielo cortante y listo para rasgar.

Acepté su invitación a sentarnos en el banco del pequeño parque que había frente a la cafetería. El mismo banco donde, en mi otra vida, yo había entregado pedazos de mí misma sin darme cuenta. El aire entre nosotros parecía negarse a circular, denso y cargado.

—Has estado distante últimamente —soltó él después de unos segundos, buscando en mis ojos a la mujer sumisa y enamorada que recordaba—. Ya no respondes a mis mensajes como antes. Ni siquiera me miras igual.

Me giré ligeramente hacia él, sosteniéndole la mirada sin parpadear.

—Tal vez porque ya no soy la de “antes”, Adrián. La gente cambia cuando deja de mirar las sombras y empieza a ver claramente a los monstruos que las habitan.

El silencio que cayó fue espeso, casi sólido. Adrián frunció el ceño, inclinándose un poco hacia adelante.

—Me haces sentir como si estuviera a punto de cometer un error grave —admitió con una honestidad que me revolvió el estómago.

—Tal vez ya lo cometiste —respondí con suavidad—. Solo que aún no has sentido el impacto completo.

—No confíes —advirtió la Voz en mi cabeza, un susurro urgente y frío—. Todavía no es el momento de la ejecución. Observa. Aprende. No muestres todas las cartas.

Me levanté del banco con movimientos medidos, sacudiéndome una inexistente arruga de la falda.

—Tengo que irme —dije—. Si el tiempo lo permite, nos veremos luego.

No miré atrás. Sabía que su mirada estaba clavada en mi espalda, intentando resolver un rompecabezas al que yo acababa de quemar la mitad de las piezas. Sentía sus ojos como dos puntos de fuego entre mis omóplatos.

Al llegar a casa, la mansión me recibió con su habitual silencio opresivo. Subí directamente a mi habitación y cerré la puerta con llave. Fue entonces cuando lo vi.

Sobre la colcha blanca de mi cama descansaba una fotografía antigua, de bordes ligeramente amarillentos. En ella yo sonreía con esa inocencia que ya había perdido para siempre. Pero el fondo, el fondo no era ningún lugar que yo recordara haber visitado. Era un paisaje que pertenecía a mi futuro muerto: el jardín trasero de la mansión bajo una luz crepuscular que nunca había existido en mi memoria anterior.

—¿Qué es esto? —murmuré, tomando la foto con dedos que de pronto temblaban.

—Una prueba —respondió la Voz, más cerca que nunca—. El tiempo no solo recuerda Eliana. También sangra. Y a veces deja escapar fragmentos que no debería.

La imagen comenzó a irradiar un calor antinatural. El papel se volvió tibio, luego caliente, quemándome las yemas de los dedos. La solté sobre las sábanas con un jadeo. En cuanto tocó la tela, la fotografía empezó a vibrar con un latido rítmico y obsceno, como si tuviera un corazón propio.

La habitación se disolvió a mi alrededor.

El olor a humo y ozono me llenó los pulmones. De pronto estaba de vuelta en el suelo del despacho, el mármol frío subiéndome por la columna como una serpiente. Esta vez la visión no se cortó. Todo era más nítido, más cruel.

Vi la mano que me empujó contra el escritorio.

Vi el rostro de Adrián mientras sacaba la navaja con calma.

Vi cómo miraba su reloj, esperando pacientemente a que mi último aliento empañara el suelo.

No fue un crimen pasional. No fue un impulso. Fue una ejecución programada, calculada con meses de antelación.

Un golpe seco, como un latigazo dentro de mi cabeza, me devolvió al presente.

Caí de rodillas junto a la cama, jadeando, con las manos apoyadas en la alfombra. En el suelo, donde había estado la fotografía, solo quedaba un círculo perfecto de ceniza negra, fina como polvo.

—Fue él… —mi voz era un hilo de platino, fría y afilada—. Él no solo me dejó morir. Él lo planeó todo. Desde el principio.

—Ahora tienes la verdad completa —dijo la Voz, casi con solemnidad—. Y la verdad es un arma de doble filo. Puede cortarte a ti misma si no la manejas con cuidado.

Me puse de pie lentamente. El temblor había desaparecido por completo, reemplazado por una claridad ártica que lo inundaba todo. Me acerqué al espejo de cuerpo entero y me quedé mirando a la mujer que me devolvía la mirada.

Ya no la reconocía del todo.

Sus ojos eran pozos profundos de una furia antigua, contenida, destilada hasta convertirse en algo puro y letal.

—Si el destino me envió de vuelta para corregir un error —le dije al reflejo, con voz baja y firme—, se equivocó de bando. Yo no soy la víctima que regresa para perdonar. Soy la consecuencia que no vieron venir.

En algún lugar de la ciudad, Adrián debió sentir un escalofrío recorrerle la espalda sin saber por qué.

El tablero se había roto.

Y yo era la única que sostenía los pedazos afilados.

1
Claudia Kassar
Necesito las razones del porque esta pasando todo esto
Alondra BMY
me encanta esa trama
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