Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 11
Los días en la Base Aérea Central se arrastraron con una lentitud tortuosa, marcados por el gris del invierno y el protocolo rígido que mantenía a Susana alejada del ala de oficiales superiores durante las horas de servicio. Sin embargo, el tiempo hizo su trabajo. Las costillas de Mikhail sanaron, soldando el hueso con la misma tenacidad con la que él gobernaba su vida, y la conmoción desapareció, dejando tras de sí a un hombre que caminaba de nuevo con la elegancia de un depredador que ha recuperado su territorio.
Era una noche de ventisca cerrada, de esas en las que el viento aúlla contra los cristales como si quisiera reclamar las almas que se refugiaban dentro. Susana atravesó el pasillo prohibido con el corazón martilleando contra sus costillas. Ya no era la cadete que buscaba aprobación; era la mujer que había compartido el aliento con la muerte y que ahora reclamaba el fuego que había ayudado a encender.
Al entrar en la habitación de Mikhail, lo encontró de pie frente al ventanal, observando la oscuridad. No llevaba uniforme, solo un pantalón oscuro y una camisa blanca desabrochada en el cuello, revelando el inicio de los vendajes que ya no necesitaba, pero que aún recordaban su vulnerabilidad. El aroma a sándalo y coñac la envolvió como un abrazo familiar.
El Primer Movimiento
Mikhail no se giró, pero su espalda se tensó. Sabía que era ella. El aire en la habitación cambió instantáneamente, cargándose de una estática que hacía vibrar la piel.
—Te dije que no debías venir hoy, Susana —dijo él, su voz era un barítono bajo que resonó en el silencio—. El General está vigilando cada uno de nuestros pasos.
Susana no respondió con palabras. Caminó hacia él con una determinación felina y, cuando estuvo a su espalda, rodeó su cintura con sus brazos, pegando su mejilla a la seda de su camisa. Sintió el calor irradiando de él, sólido y real.
—He pasado toda la vida siguiendo reglas, Mikhail —murmuró ella, sus manos subiendo por su abdomen hasta sentir la firmeza de sus músculos—. En Arizona, en la Academia, en la pista... Pero aquí, contigo, las reglas son solo estorbos.
Se puso de puntillas y dejó un beso lento y húmedo en la curva de su cuello, justo debajo de la oreja. Mikhail soltó un gruñido ahogado, una vibración que Susana sintió en todo su cuerpo. Ella dio el primer paso real: sus dientes rozaron la piel de su hombro a través de la tela, una pequeña mordida juguetona pero cargada de intención.
—Estoy cansada de esperar, Capitán —susurró ella contra su piel—. El hielo ya se derritió. Ahora quiero ver cómo ardes.
El Despertar del Alfa
Esa pequeña provocación fue el detonante. Mikhail se giró con una rapidez que dejó a Susana sin aliento. Sus manos, grandes y autoritarias, atraparon el rostro de la chica, obligándola a mirarlo. Sus ojos azules no eran gélidos; eran dos hogueras de zafiro oscuro, desprovistas de toda piedad.
—Querías fuego, Susana —dijo él, su voz cargada de una posesividad absoluta—. Pero no tienes idea de lo que pasa cuando dejas salir lo que hay detrás de mi muro.
Mikhail tomó el control total de la situación con una fuerza que no dejaba lugar a dudas sobre quién mandaba allí. La atrajo hacia sí, estrellando sus labios contra los de ella en un beso que no pedía permiso, sino que reclamaba propiedad. No era el beso tierno del refugio; era una colisión de deseos acumulados durante años de soledad y disciplina.
Susana jadeó cuando Mikhail la levantó del suelo como si no pesara nada, sentándola sobre el piano de cola negro que dominaba la esquina de la habitación. El choque de las teclas produjo una nota discordante y grave que subrayó la intensidad del momento.
Mikhail se situó entre sus piernas, sus manos bajando por sus muslos con una presión que dejaba claro que no iba a ser delicado. Se inclinó sobre ella, devolviéndole la mordida que ella le había dado, pero esta vez en el lóbulo de su oreja, con una firmeza que hizo que Susana arqueara la espalda, soltando un gemido que se perdió en la habitación llena de lujo.
—¿Te gusta jugar, Teniente? —susurró él, su lengua trazando un camino de fuego por su cuello mientras sus dedos se enterraban en su cabello borgoña—. Porque yo no sé jugar a medias. Cuando tomo algo, lo tomo por completo.
Pasión y Sombras
La faceta que Mikhail reveló en la intimidad de su santuario era algo que pocos —o quizás nadie— habían visto jamás. Era una mezcla letal de seducción sofisticada y una frialdad dominante, un lado sádico en su precisión que convertía cada caricia en un desafío. No buscaba lastimarla, sino desarmarla, romper cada una de sus defensas hasta que solo quedara la esencia pura de la mujer que amaba.
Susana se sentía abrumada y excitada a la vez. Cada vez que ella intentaba recuperar el ritmo, Mikhail la sometía con un beso más profundo o un agarre más firme. Él disfrutaba de su resistencia, de la forma en que ella intentaba luchar contra su control, solo para terminar rindiéndose ante la intensidad de su tacto.
—Eres mía, Susana —declaró él, sus ojos fijos en los de ella mientras sus labios marcaban su piel con pequeños besos que dolían y sanaban al mismo tiempo—. En el cielo, en la tierra y en esta cama. No hay fronteras para lo que siento por ti.
Él la tomó con una positividad arrolladora, una energía que irradiaba una confianza absoluta. Cada movimiento de Mikhail era calculado, dominante, transformando el juego de la pasión en una ceremonia de pertenencia. Susana, lejos de asustarse, se alimentaba de esa oscuridad. Su carácter indomable encontraba en la fuerza de Mikhail el único puerto seguro donde podía ser ella misma sin filtros.
Entre besos hambrientos y mordidas que sellaban promesas en la piel, la noche se convirtió en un torbellino de sensaciones. El lujo de la habitación, con sus libros antiguos y sus alfombras persas, fue testigo de cómo el "hombre de granito" se convertía en un volcán, y cómo la "chica de fuego" encontraba su hogar en medio de la lava.
Horas más tarde, cuando el fuego de la chimenea era solo un montón de brasas tibias, Mikhail la mantenía estrechamente abrazada contra su pecho. Susana respiraba el aroma de su piel, sintiendo las pequeñas marcas que él había dejado en ella como medallas de honor.
—Te dije que no estarías lista para el incendio —murmuró él, besando la coronilla de su cabeza con una ternura inesperada.
Susana sonrió en la penumbra, pasando sus dedos por las cicatrices de las costillas de él.
—Te equivocas, Mikhail. He estado esperando este incendio toda mi vida. Y si esto es lo que hay detrás de tu muro... —se incorporó un poco para mirarlo con una chispa juguetona—, creo que voy a tener que romper un par de reglas más mañana.
Mikhail soltó una risa profunda y posesiva, volviendo a atraerla hacia él.
—Mañana puedes romper las reglas que quieras, Teniente. Pero esta noche, las reglas las pongo yo.
En el silencio del ala de oficiales superiores, el horizonte de hielo se había desvanecido por completo, dejando en su lugar un territorio compartido donde solo existía la verdad de lo que habían descubierto entre las sombras y el lujo de aquella habitación prohibida.