Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 2.
No la besaba como un invitado a una fiesta; la besaba como si estuviera reclamando una propiedad que le habían robado. Sus dedos se enredaron en el cabello de Iris, tirando apenas lo suficiente para que ella tuviera que arquear la espalda contra el árbol artificial. El sabor a menta y peligro la mareó.
Por un segundo, Iris se olvidó de quién era. Pero el instinto de los Colman despertó. Sus manos, atrapadas entre el pecho de él y el suyo, empujaron con fuerza. El desconocido —el lobo de madera— ni siquiera se inmutó. Era como intentar mover una montaña de granito.
—Suéltame —logró articular ella, con los labios hinchados y el corazón martilleando contra sus costillas—. ¿Sabes quién soy? ¿Sabes lo que mi padre te haría si...?
Una risa seca, casi un gruñido, escapó de la máscara.
—Sé exactamente quién eres, Iris. He contado cada minuto hasta este momento. Tu padre es el último de mis problemas ahora que te tengo así.
__ ¿Iris? __ llamó Alejandro, preocupada porque desapareció como si nada.
Él no se alejó cuando escuchó los pasos de Alejandro aplastando la hojarasca artificial a lo lejos. Al contrario, presionó su cuerpo con más fuerza contra el de ella, atrapando un mechón de su pelo entre los dedos enguantados. Su respiración, caliente y pesada, golpeó la piel del cuello de Iris, justo donde el pulso le galopaba desbocado.
—¿Escuchas eso? —le siseó al oído, su voz era una vibración que ella sentía en los huesos—. Tus perros guardianes vienen a rescatar a la princesa.
Aídan deslizó su mano desde la mandíbula de ella hasta su garganta, sin apretar, solo marcando territorio, recordándole quién tenía el control en esa oscuridad.
—Disfruta de tu fiesta, Iris. Lucre ese vestido rojo como si fuera una armadura —hizo una pausa corta, una risa seca que le erizó la piel
—. Pero mañana, cuando te despiertes y sientas el sabor de mi boca todavía en la tuya, recuerda esto: He pasado tres años quemándome en el infierno solo para tener el derecho de consumirte. Ya no eres de los Colman. Eres mi guerra personal.
Antes de que Iris pudiera siquiera procesar el peso de esas palabras, él la soltó con una brusquedad que la hizo tambalear. Se fundió con las sombras de los abetos de plástico con una agilidad inhumana.
—¡Iris! ¡¿Dónde diablos te metiste?! —la voz de Alejandro tronó a pocos metros.
Ella se quedó inmóvil, con la espalda pegada al tronco, el pecho subiendo y bajando erráticamente. Se llevó los dedos a los labios; estaban calientes, hinchados y todavía vibraban por el contacto. Cuando su hermano apareció entre las ramas, apartándolas con irritación, Iris solo pudo ver una mancha roja en su visión: el color de su propio vestido, que ahora se sentía como una marca de propiedad.
Las ramas de abeto artificial crujieron con violencia cuando Alejandro irrumpió en el rincón sombrío. Su figura alta y ancha bloqueó la poca luz que se filtraba desde el salón. Iris se despegó del tronco del árbol en un movimiento espasmódico, alisándose el vestido rojo con manos temblorosas que intentó esconder en los pliegues de la tela.
—¡Iris! —la voz de su hermano mayor sonó cargada de una mezcla de alivio e ira—. ¿Qué demonios haces aquí sola? Papá está a punto de tener un síncope y mamá ya empezó a interrogar a los meseros.
Él dio un paso hacia ella, entrecerrando los ojos mientras escaneaba la oscuridad detrás de su hermana. Iris sintió el frío del lugar donde antes había estado el cuerpo de Aídán. El rastro de su aroma —ese metal y tormenta
— todavía flotaba en el aire, denso como una acusación.
—Solo... necesitaba un respiro, Ale —soltó ella. Su voz sonó un poco más aguda de lo normal. Se obligó a aclarar la garganta y a enderezar la espalda, recuperando esa barbilla en alto que tanto irritaba a su padre—.
Demasiada gente, demasiados flashes. Sabes que detesto a los reporteros.
Alejandro no se movió. La estudió con esa mirada de hermano mayor que ha visto todas sus travesuras desde que gateaba. Sus ojos bajaron a los labios de Iris.
—Tienes el labial corrido —dijo él, su tono bajando a una nota peligrosa—. Y estás pálida. ¿Quién estaba aquí contigo?
Iris sintió un vuelco en el estómago. Se llevó la mano a la boca, fingiendo un gesto de cansancio, y se limpió la comisura con el pulgar, borrando el rastro del beso de Aídán.
—Nadie, Alejandro. Me tropecé con una de estas estúpidas ramas decorativas. ¿Ves? —señaló el árbol con una risa nerviosa que sonó forzada hasta para sus propios oídos—. Casi me planto de cara contra el suelo. Mi "mundo mágico" casi me mata.
Su hermano guardó silencio un segundo que pareció eterno. La tensión era tal que Iris juró que él podía escuchar el martilleo de su corazón contra las costillas. Alejandro dio un paso más, invadiendo su espacio, y olfateó el aire.
—Huele a colonia de hombre. Una cara.
—Es el ambientador del salón, no seas paranoico —replicó ella, dándose la vuelta para caminar hacia la luz, escapando de la zona del crimen—. Vamos, antes de que papá decida desheredarme por enésima vez esta noche.
Caminó con paso firme, pero por dentro era un caos. Cada centímetro de su piel quemaba donde Aídán la había tocado. Al llegar al borde de la pista de baile, se puso su máscara de encaje de nuevo. El mundo seguía girando, la música seguía sonando, pero Iris sabía que la fiesta ya no era suya.
Alguien acababa de declarar una guerra en su propia casa, y lo peor es que una parte de ella no quería que terminara.