Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 4
—¡Vamos, reacciona! —Nanami se dio un golpe en la frente con la palma de la mano, como si intentara expulsar de su cerebro los pensamientos prohibidos—. Es culpa de él. Por ser tan sexy —susurró, y luego se tapó la boca con horror, mirando a los lados para asegurarse de que nadie la había escuchado.
Pero sí. Alguien la había escuchado.
Maya, que entraba en ese momento con el desayuno, se quedó paralizada en la puerta con una sonrisa que amenazaba con partirle la cara en dos.
—Señorita... ¿Acaba de decir que el sensei Kai es... sexy?
—¡NO! —gritó Nanami, lanzándose sobre la cama y enterrando la cabeza bajo la almohada—. ¡No dije nada! ¡Estás loca! ¡Alzhéimer! ¡Demencia senil! ¡No escuchaste nada!
Maya soltó una carcajada que retumbó en toda la habitación.
—Ay, señorita. Esto se está poniendo mejor que cualquier drama coreano.
Cuando Nanami se levantó para ir a las clases, tenía unas ojeras tan profundas que parecía un mapache. No había pegado un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los ojos, aparecía ÉL. Su espalda. Sus músculos. Su sonrisa. Esa maldita sonrisa.
—¡Me siento fatal! —se quejó a Maya mientras bajaban las escaleras—. ¡No puedo más! ¡Me quiero ir a otro país! ¿Tú crees que en Marte acepten modelos?
—¿Por qué, señorita? —preguntó Maya, con una inocencia totalmente fingida—. ¿Sucedió algo con el sensei Kai?
—¡No! ¡Para nada! —Nanami se puso roja como un tomate y salió disparada hacia la puerta—. ¡Me tengo que ir!
Maya la vio alejarse con una sonrisa de oreja a oreja.
—A mí no me engaña —murmuró, cruzándose de brazos—. Sucedió algo entre ellos. Qué emoción. Hacen una linda pareja y sé que se gustan, solo que son muy orgullosos para admitirlo.
Suspiró feliz, como si ella misma estuviera viviendo un romance.
Al llegar al dojo, Nanami se encontró con una sorpresa. Kai estaba frente a los alumnos, con una expresión seria.
—Alumnos, lamento decirles que hoy no daré clases. Surgió una situación personal.
Los alumnos comenzaron a dispersarse, murmurando entre ellos. Todos se fueron.
Todos menos Nanami.
—Vete a casa —le ordenó Kai, cruzándose de brazos.
Ella sonrió con esa sonrisa traviesa que ya empezaba a conocer demasiado bien.
—Voy a ir contigo —anunció alegremente—. De todas maneras, no me dejarán irme hasta que sea la hora en que finaliza la clase. Los hombres de mi padre son muy estrictos.
Kai suspiró profundo. Ese suspiro de "esta mujer me va a matar".
—Definitivamente no. No vendrás conmigo. Ni lo sueñes. Vete a casa.
Nanami frunció el ceño y, para sorpresa de Kai, comenzó a patalear en el suelo como una niña pequeña, haciendo un puchero tan exagerado que parecía sacado de un dibujo animado.
—Pero me voy a aburrir aquí sola hasta que sea la hora en que me dejen ir —gimoteó—. ¡Por favor, por favor, por favor!
Juntó las manos en posición de súplica y puso una cara tan tierna, tan inocente, tan de "llévame contigo o me muero", que el corazón de Kai hizo algo que no había hecho en años.
Se derritió.
Completamente.
Como un helado al sol.
Y además, recordó la promesa que le hizo al padre de Nanami: cuidarla, ser paciente con ella, no dejarla sola en sus momentos difíciles.
—Está bien —cedió, pasándose una mano por el rostro—. Pero te portas bien. Nada de travesuras.
—¡Lo prometo! —exclamó ella, y antes de que Kai pudiera reaccionar, brincó y se subió a su espalda.
—¿¡Qué haces!? —preguntó él, desestabilizado por el peso y la cercanía repentina.
—Cárgame —ordenó ella, feliz y sonriente como una niña con juguete nuevo—. Es tu castigo por hacerme sufrir ayer.
Kai suspiró, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Está bien. Pero no me toques. Porque luego te quejas y me tachas de pervertido.
—¡Tampoco es para tanto! —protestó ella, aunque sus mejillas se tiñeron de rosa.
Caminaron así, ella en su espalda, hasta llegar a una colina cubierta de flores silvestres. Al final del camino, una pequeña casa tradicional de madera los esperaba.
—¿Dónde estamos? —preguntó Nanami, bajándose para observar el lugar.
—Es la casa de mi abuela —respondió Kai, guardándose las llaves—. Vengo a verla todos los jueves.
Apenas abrió la puerta, una anciana menuda pero de mirada vivaz apareció en el umbral.
—¡Hola, abuela! —gritó Nanami, con un entusiasmo tan genuino que dejó a Kai completamente desconcertado.
La abuela de Kai parpadeó, sorprendida. Luego miró a su nieto, luego a la joven, luego a su nieto otra vez. Una sonrisa enorme se dibujó en su rostro arrugado.
—¡Hola, querida! —respondió con los brazos abiertos—. Pasa, pasa, ¿cómo te llamas?
Nanami se acercó corriendo y se sentó junto a la abuela en la pequeña terraza, como si la conociera de toda la vida.
Kai se quedó en la puerta, con la mandíbula casi tocando el suelo.
¿Esa era Nanami? ¿La misma que hacía berrinches en el dojo? ¿La que se quejaba de todo? ¿La que lo odiaba?
Estaba siendo respetuosa, amable, dulce. Ayudó a la abuela a preparar té con una destreza que no sabía que tenía. Conversaban de flores, de recetas, de la vida en el campo. Nanami reía, contaba anécdotas, escuchaba con atención las historias de la anciana.
—Abuela —dijo Nanami de repente, con un puchero digno de una actriz—, Kai me hace hacer ejercicios muy difíciles en el dojo. Me duele todo el cuerpo. ¿No cree que es muy malo conmigo?
La abuela de Kai lo fulminó con la mirada.
—¡Kai! —lo regañó, señalándolo con el dedo—. ¿Cómo es posible eso? ¿No ves que es una princesa muy frágil? Debes cuidarla bien a mi nietecita.
—¿¡Qué dices, abuela!? —protestó Kai, ofendido—. ¡Yo soy tu nieto! ¡Ella llegó hace cinco minutos!
—Ella a partir de ahora es mi nieta —sentenció la abuela, y le pellizcó las mejillas a Nanami con cariño—. Tiene mejor actitud que tú.
Nanami le sacó la lengua a Kai por encima del hombro de la abuela, con una sonrisa triunfante.
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Pasaron todo el día juntos. La abuela de Kai estaba radiante, feliz de tener compañía femenina con quien compartir sus pasatiempos. Hornearon galletas, regaron las plantas, vieron fotografías antiguas. Nanami ayudó a preparar la cena con una naturalidad que sorprendió a Kai.
¿Dónde estaba la modelo engreída? ¿Dónde estaba la niña malcriada que exigía refrescos en lugar de agua?
En su lugar, había una joven atenta, servicial, con una sonrisa que iluminaba la pequeña casa.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, la abuela los despidió en la puerta. Antes de irse, tomó las manos de Nanami entre las suyas y las apretó con cariño.
—Querida, has sido un regalo hoy —dijo con voz temblorosa por la emoción—. Vuelve pronto, ¿sí? Esta casa siempre tendrá las puertas abiertas para ti.
Nanami sintió un nudo en la garganta.
—Lo haré, abuela. Se lo prometo.
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De regreso, caminaron en silencio. El cielo se teñía de tonos anaranjados y el viento arrastraba el aroma de las flores del camino.
—No sé cómo hiciste —dijo Kai finalmente, rompiendo el silencio—. Pero le caíste bien a mi abuela. Tanto que ya para ella eres su nieta.
Nanami sonrió, pero esta vez no era su sonrisa traviesa. Era una sonrisa nostálgica, casi triste.
Suspiró y miró al cielo.
—Ella me hizo acordar a mi abuela —dijo en voz baja—. Está en el cielo. Éramos muy unidas. Cuando ella murió, sentí que perdía un pedazo de mí.
Kai se detuvo. La miró de una forma nueva, como si recién ahora estuviera viendo a la verdadera Nanami.
—¿Eran cercanas? —preguntó con suavidad.
—Mucho —respondió ella, y sus ojos se humedecieron ligeramente—. Ella era la única que entendía mis locuras. Me consentía, me escuchaba, me daba consejos. Cuando Takumi... cuando todo pasó, lo único que quería era abrazarla y que me dijera que todo estaría bien. Pero ya no estaba.
Kai sintió algo en el pecho. Una mezcla de ternura y admiración.
En ese instante, conoció un lado de Nanami que jamás imaginó que existía.
Quizás la chica terca, odiosa y berrinchuda no era más que una coraza. Una armadura construida con pedazos de un corazón roto, con el dolor de un amor traicionado, con la soledad de perder a alguien importante.
Quizás este era su verdadero rostro: el de una joven dulce, servicial, con una sonrisa brillante que iluminaba todo a su alrededor cuando se sentía segura.
Y Kai, en ese momento, sintió que se estaba hundiendo.
Cautivado.
Completamente cautivado.
—Nanami —dijo, sin saber bien qué iba a decir.
Ella lo miró, con esos ojos grandes que aún brillaban por las lágrimas no derramadas.
—¿Sí?
—Gracias —fue lo único que atinó a decir—. Por hoy. Por mi abuela. Por ser tú.
Ella sonrió. Una sonrisa sincera, sin máscaras.
—Gracias a ti, Kai. Por traerme.
Siguieron caminando en silencio, pero ya nada era igual.
Algo había cambiado.
Algo estaba floreciendo.
Y ninguno de los dos sabía cómo detenerlo.