Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Los meses siguientes.
POV SALVADOR
Después de un descanso bien merecido, y de haber logrado entender cómo se había manejado mi mansión y mis negocios durante ese supuesto año de ausencia, tomé la decisión que la situación exigía con toda crudeza.
–¿Dónde está Gimena? –pregunté desde la sombría profundidad de mi despacho, con la voz cargada de una autoridad que nadie se atrevía a desafiar.
–Ella… –mis hombres de confianza intercambiaron miradas sospechosas, titubeantes, como si temieran pronunciar lo que tenían que decir–. Ella está de viaje de negocios, ya sabe cómo es… que no puede estarse quieta, la condenada.
Gimena Mansilla. Esa mujer ha sido un dolor de cabeza desde el día en que se dispuso a ser mi comprometida. Pero ahora, más que nunca, supongo que la necesitaré si quiero consolidar mi posición entre las grandes organizaciones del underground.
De pie frente a mi gran ventanal, con la vista perfecta sobre todo mi dominio, los edificios, los almacenes, el poder que había construido con mis propias manos, no dejaba de pensar en ese sueño recurrente que me atormentaba cada noche, en él veo a una mujer. No logro distinguir su rostro, pero siento una conexión tan profunda que me hiere el alma cada vez que despierto y ella no está ahí.
–Jefe… la verdad es que Gimena y Lorenzo han estado al mando del negocio en tu ausencia. Lo hacen bien, no lo puedo negar –dijo uno de ellos, atreviéndose a romper mi silencio– ¿Qué piensa hacer con ellos cuando regresen?
Lorenzo tampoco estaba en la ciudad. Y aunque nada me aseguraba que en este momento ambos no estuvieran juntos, tampoco podía afirmar que estuvieran separados.
Había tantas preguntas sin respuesta, tantos laberintos sin salida. Pero si hay alguien en mi mira, ese es el desgraciado de Amaya y sus lobos. Ni por un instante creo que fue casualidad que yo estuviera en su territorio esa tarde… pero también estoy seguro de que aquí, en mi propia casa, se esconde una rata traidora.
–¿Qué fue lo que sucedió esa noche, Dominico? –exigí, con una voz tan firme y letal como una daga lanzada directa a la yugular.
–Saliste de aquí para supervisar el cargamento personalmente… era el primer envío que se entregaría bajo tu nuevo acuerdo –respondió él, temblando ligeramente.
–¡ESO YA LO SÉ! –grité, golpeando la mesa con la palma de mi mano con una fuerza que hizo saltar los papeles–. Lo que quiero saber es ¿POR QUÉ NO HABÍA NADIE CUIDANDO MI ESPALDA?
–Eso… eso no sabría decirlo, Salvador. Los seis hombres que estaban de guardia ese día… no logramos encontrarlos ni un rastro de ellos –confesó, bajando la cabeza.
–¿Me buscaron siquiera? –pregunté, sintiendo cómo la ira comenzaba a hervir en mis venas.
–¡Por supuesto que lo hicimos! Del primero que sospechamos fue del extranjero que había llegado hace poco… pero luego Lorenzo llegó y nos obligó a desistir. Decía que de seguro estabas en un burdel… como es habitual en ti, Salvador –sus palabras cayeron sobre mí como una bofetada.
–JA JA JA JA! –mi risa resonó en toda la habitación con ecos cargados de odio y burla–. Así que según ustedes, pasé un año de mi vida entre las piernas de una mujer… no suena nada mal la verdad. Pero ¿acaso creen que me perdería así? Que dejaría que mi imperio se fuera a pique por unas cuantas mujeres?
Tome mi pistola de la mesa y la apunté directo a la cabeza de Dominico, mientras los demás se quedaban paralizados, sin atreverse a moverse.
–J-Jefe… por favor no lo haga… ¡Si lo seguimos buscando! Siempre tuvimos la sospecha de los Amaya… fue el único que se negó a dejarnos entrar en su territorio a buscarte –rogó él, con los ojos llenos de miedo.
–¿ACASO NO TIENES HUEVOS PARA ENTRAR SIN PERMISO? ¡ERES UNA MUJERCITA MIEDOSA AHORA, DOMINICO! –grité, presionando el gatillo hasta sentirlo engancharse.
–¡Perdóname la vida, por favor! ¡Juro jamás volver a fallarte, Jefe! –clamó él, ya a punto de colapsar.
Todos son una manga de inútiles, incapaces de mantener a salvo a quien les da de comer y les ofrece protección. Suelto un par de disparos contra la chimenea, haciendo volar pedazos de piedra y metal, para calmar el fuego que me consumía por dentro. Luego, sin decir nada más, me di la vuelta y me dirigí a mi cuarto… donde veo a dos sirvientas esperándome, con miradas insinuantes.
–Señor… está muy tenso –dijo una de ellas, acercándose con pasos lentos.
–Déjenos relajarlo como a usted le gusta –añadió la otra, extendiendo las manos hacia mí.
Les permito quitarme la ropa entre delicadas caricias que logran despertar el deseo en mi cuerpo… pero en el instante en que una de ellas intenta besarme en los labios, siento un asco tan profundo que me hace retroceder violentamente y salir corriendo al baño.
–¡LÁRGENSE AHORA MISMO! –grito desde la puerta, mientras mi estómago se retuerce como si hubiera comido algo podrido.
¿Qué me está pasando? ¿Por qué no puedo hacer que esto funcione? Maldición… ¡me estoy volviendo loco! En un ataque de ira ciega, rompo todo lo que encuentro a mi paso: destrozando vasijas, espejos, hasta el más mínimo adorno que haya en el baño. Los cristales crujen bajo mis puños, la sangre comienza a manchar mis dedos… pero ni siquiera siento el dolor.
Las semanas siguieron pasando y nada mejoró en lo absoluto. No podía tocar a ninguna mujer, su perfume, su tacto, su cercanía… todo me revolvía las tripas. Todos me miraban con extrañeza, como si fuera un desconocido en mi propia casa, y yo me sentía aún más extraño conmigo mismo. Por momentos sufría delirios intensos, recordando una vida que no conocía, lugares que nunca había visto, palabras que nunca había dicho. Por las noches me despertaba entre gritos, buscando a alguien que nunca estaba junto a mi cama… alguien que mi corazón clamaba encontrar, pero que mi mente no podía identificar.
Sentía que había perdido la razón, que ni siquiera reconocía mis propias manos, mi rostro en el espejo, mi nombre. Ese extrañamiento me consumía día a día, hasta convertir mi existencia en un infierno que no encontraba forma de escapar.
Hasta ese día en que Gimena volvió… o mejor dicho, la trajeron a la fuerza ante mí.
–Sal… Salvador… ¿de verdad eres tú? –pronunció con dificultad, como si no se atreviera a creer lo que veía.
–¿Por qué no sería yo, Gimena? ¿Esperabas que estuviera muerto? –le pregunté, con la voz fría como el hielo.
–¡PARA NADA! Nunca lo creí posible… pero sabes que no podía quedarme simplemente esperando. Este negocio no espera a nadie –dijo ella, pero su cuerpo temblaba ligeramente.
Se veía demasiado nerviosa, sus dedos no dejaban de moverse inquietos, jugueteando con el collar que llevaba al cuello, y era incapaz de sostenerme la mirada por más de un segundo.
–¿Por qué no querías venir a ver a tu prometido en cuanto te enteraste de que estaba de regreso? –le pregunté directamente, sin dejar espacio a evasivas.
–Pensaba que estarías enojado… o peor aún, que estarías con alguna de tus zorras a tu lado –respondió, bajando la vista.
Tome sus mejillas entre mis manos con firmeza, obligándola a mirarme a los ojos.
–¿Por qué tienes tanto miedo, Gimena? Eres mi prometida… sabes que no importa si estoy rodeado de zorras, tú seguirás siendo la única mujer destinada a estar a mi lado –dije, aunque en mi interior algo se movió con extrañeza. Sus ojos brillaron con intensidad, y ella respiró hondo antes de abrazarse a mi pecho con fuerza.
–Mi amor… de verdad eres tú… Tenía tanto miedo porque todos decían que actuabas extraño… que a veces sentían miedo de ti –murmuró contra mi camisa.
Su abrazo era algo conocido, casi familiar… como si lo hubiera recibido un millón de veces en el pasado.
–Salvador… ¿por qué no vamos a un lugar más tranquilo para hablar solo nosotros dos? –me propuso, bajando la voz hasta convertirla en un susurro seductor.
–Vamos a mi despacho, Gimena. Ya que yo también necesito hacerte muchas preguntas –respondí, dirigiéndonos hacia la habitación sin soltarla del brazo.
Me sorprendió ver cómo su actitud cambió de inmediato cuando quedamos a solas. Gimena se lanzó a mis brazos y comenzó a llorar como loca, dejando que sus lágrimas mojaran mi camisa.
–Salvador… mi amor… no sabes lo feliz que estoy de que por fin recuperaste la memoria –dijo entre sollozos.
–¡¿DE QUÉ ESTÁS HABLANDO?! –la sujeté por los brazos con fuerza, hasta que ella gimió de dolor–. ¿Qué memoria crees que he recuperado?
–Me lastimas… –jadeó ella– Fui yo quien te cuidó durante todo este año… lejos de aquí, por tu seguridad. Estabas tan mal herido que lo mejor fue ocultarte y cuidarte en silencio hasta que recuperaras tus fuerzas. Pero un día… desapareciste, mi amor. Me desperté y no estabas más… tenía tanto miedo… por eso no mencione nada con todos presentes.
–Gimena… ¿tienes idea de lo que estás diciendo? Esto podría costarte la vida –le advertí, sintiendo cómo mi mente daba vueltas.
–¿De verdad lo olvidaste todo? –preguntó ella, con los ojos llenos de desesperación– Fui yo quien te salvó de la muerte… justo en el instante en que los hombres de Amaya te iban a liquidar. Para asegurar tu seguridad, nos quedamos en la ciudad de M… ¿qué mejor lugar que debajo de sus propias narices? Fui yo quien te cuidó día y noche hasta que desapareciste sin dejar rastro. Tenía tanto miedo de perderte…
No puede ser verdad. Pero lo que Gimena decía tenía todo el sentido del mundo… porque yo sí recuerdo a una mujer a mi lado en esos momentos borrosos, un sentimiento cálido en mi corazón que no lograba explicar.
¿Acaso será verdad que fue ella mi salvadora? Pero nadie más sabe nada de esto… y eso solo significa dos cosas: o Gimena dice la verdad… o fue ella misma quien trató de matarme, y ahora intenta cubrir sus pasos con una mentira bien elaborada.