Amelia solo quería recuperar su inspiración, pero un espejo maldito la arrastró a una pesadilla victoriana. Ahora está atrapada en una dimensión oscura, habitando el cuerpo de Eleanor Bianchi, una duquesa de sangre de dragón tan cruel que su propio séquito planea asesinarla.
¿El problema? Sus sirvientes no son humanos. Son cuatro letales y seductores demonios que la odian con cada fibra de su ser.
Rodeada de traiciones y enemigos mortales, Amelia tiene dos opciones: convencer a los monstruos que desean su muerte de que ella no es la tirana que recuerdan... o despertar la verdadera magia de su linaje y someter al infierno entero. El juego de poder acaba de cambiar.
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Desafíos y algo de placer
Eleanor Bianchi
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del comedor, iluminando los restos de un festín que no lograba abrirme el apetito. Frente a mí, los cuatro —esos hombres que antes eran sus piezas de ajedrez y ahora eran mi mayor enigma— desayunaban en un silencio tenso que se podía cortar con un cuchillo. La atmósfera en la mansión Bianchi había cambiado; ya no solo era el miedo lo que flotaba en el aire, sino una curiosidad peligrosa.
Bebí un sorbo de mi café, negro y amargo, observando a Azrael por encima de la taza. Su elegancia era casi ofensiva, una armadura de frialdad que ocultaba al hombre que me había devorado en el despacho.
—He decidido que asistiré a la fiesta de esta noche —solté con indiferencia, dejando la taza sobre el plato con un tintineo metálico. Las miradas de los cuatro se clavaron en mí de inmediato—. Y tú, Azrael, vendrás conmigo.
Él dejó sus cubiertos lentamente, sus ojos azules volviéndose dos témpanos de hielo.
—No creo que sea conveniente —respondió con esa voz grave que me hacía vibrar las entrañas—. Tengo asuntos que atender y tu presencia en público después de lo del duelo solo atraerá preguntas que no querras responder.
Una sonrisa lenta y provocadora se dibujó en mis labios. Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, invadiendo su espacio personal.
—¿Qué pasa, Azrael? —le susurré, lo suficientemente alto para que los otros tres escucharan—. ¿Tienes miedo de estar a solas conmigo en un lugar donde no puedes simplemente empujarme contra una mesa y callarme con un beso? ¿O es que temes no poder controlarte frente a todos?
Vi cómo el músculo de su mandíbula se tensaba. El silencio en la mesa se volvió absoluto. Los otros tres intercambiaron miradas de asombro; nadie le hablaba así a Azrael y salía ileso. Él me sostuvo la mirada durante un siglo, buscando algún rastro de duda en mis ojos ámbar. No encontró nada.
—Estaré listo a las ocho —dijo finalmente, sin emoción alguna, aunque sus ojos prometían represalias. Se levantó y salió del comedor sin mirar atrás.
Sintiendo el triunfo correr por mis venas, me levanté y me dirigí a mis aposentos. Paipper, con su andar silencioso y su mirada siempre gacha, me siguió de cerca. Al cerrar la puerta de mi habitación, me volví hacia él.
—Paipper, necesito tu ayuda. Quiero el atuendo perfecto para esta noche.
Él asintió con timidez, moviéndose hacia el enorme vestidor. Sacó un vestido de seda negra, con la espalda descubierta hasta la base de la columna y una abertura lateral que dejaba poco a la imaginación. Era una prenda diseñada para el escándalo.
Sin previo aviso, comencé a desvestirme. Dejé caer la bata de seda al suelo, quedando solo con la fina tela que apenas cubría lo esencial. Paipper se quedó paralizado, su rostro pasando de la palidez a un rojo escarlata tan intenso que me dio ternura. Desvió la mirada hacia una esquina del techo, sus manos temblando mientras sostenía el vestido.
Caminé hacia él con pasos lentos, disfrutando de mi propio poder. La bruja que habitaba este cuerpo antes que yo era una mujer malvada, pero si iba a heredar su vida, también heredaría su capacidad de obtener lo que deseaba. Y ahora mismo, quería romper la inocencia de este chico. Me detuve a centímetros de él, obligándolo a sentir el calor de mi piel desnuda.
—Paipper —susurré, obligándolo a mirarme—. ¿Has visto alguna vez a una mujer desnuda?
Él tragó saliva con dificultad, sus ojos bajando por un segundo antes de volver a subir, llenos de terror y fascinación.
—No... ama —su voz fue apenas un hilo.
—¿No has tocado nunca a una mujer? —insistí, dando un paso más, rozando su pecho con el mío.
Él me miró a los ojos, su respiración volviéndose errática. Estaba tan nervioso que podía sentir los latidos de su corazón retumbando en el aire.
—No. Nunca.
Me pareció adorable y, por un segundo, la lógica de Amelia intentó intervenir. ¿Cómo es que hago esto?, me pregunté. Pero la respuesta llegó rápido: no es mi cuerpo. Quizás por eso la moralidad se sentía como algo lejano, algo que le pertenecía a la mujer que fui en mi otro cuerpo. Aquí, en este juego de sombras, el placer era la única moneda válida. Esta "bruja" iba a pagar por sus pecados, pero yo me encargaría de que el precio fuera el placer absoluto.
—Paipper —dije, tomando su rostro entre mis manos—, cuando vuelva de la fiesta, quiero que te prepares. Pasaremos la noche juntos. Y tú serás mi amo.
Sus ojos, dilatados y húmedos de excitación contenida, me recorrieron de pies a cabeza. Parecía no dar crédito a lo que escuchaba.
—¿Es... es verdad?
—Si lo es. Tu me gustas, ya te lo dije.
—Claro... ama —respondió, su voz cargada de una devoción nueva.
Me vestí rápidamente, sin decir nada más. No necesitaba más palabras para dejarlo ardiendo. Me maquillé frente al espejo, resaltando mis facciones, mis labios carnosos y ese fuego ámbar en mi mirada. Cuando estuve lista, salí de la habitación con la frente en alto.
En la gran entrada de la mansión, Azrael me esperaba. Estaba magnífico. Su traje negro, hecho a medida, resaltaba su imponente estatura y la anchura de sus hombros. Su cabello estaba peinado hacia atrás, dándole un aire de nobleza oscura y peligrosa. No dijo una palabra al verme, pero la forma en que sus ojos se oscurecieron al recorrer la abertura de mi vestido fue suficiente para saber que el desafío había sido aceptado.
Nos subimos al carruaje negro. El espacio era reducido, obligando a que nuestras rodillas se rozaran con cada movimiento del vehículo. El trayecto comenzó en un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de los cascos de los caballos sobre el pavimento.
Azrael miraba por la ventana, pero su mano, apoyada sobre su muslo, estaba cerrada en un puño. La tensión entre nosotros no era solo hostilidad; era una cuerda tensada al máximo, un deseo que amenazaba con hacer arder el carruaje antes de llegar a nuestro destino. Sabía que esta noche no sería solo una fiesta. Sería el inicio de una guerra de poder donde el campo de batalla sería la piel, y yo no tenía intención de rendirme.