El día que Sofía Reyes descubrió que debía casarse con Santiago Ferrer, su mejor amigo de toda la vida, decidió alejarse de él.
Santiago hizo lo mismo.
Pero años después, un secreto familiar, un imperio peligroso y una muerte inesperada los obligarán a volver a encontrarse.
Y algunos destinos… simplemente no se pueden evitar.
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Capítulo 20
Sofía
Todo se estaba saliendo de control.
Santiago y Luciano no dejaban de dar órdenes, coordinar movimientos, hacer llamadas. Todo era rápido, preciso… peligroso.
Esto ya no era una amenaza.
Era guerra.
Y cada minuto que pasaba, lo confirmaba más.
Sin darme cuenta, tomé la mano de Santiago.
Fuerte.
Como si eso pudiera anclarme a algo estable en medio de tanto caos.
Entonces…
Motociclistas.
Aparecieron de la nada.
Armados.
—¡Contacto! —gritó uno de los hombres de seguridad.
Las camionetas reaccionaron de inmediato. Nuestro esquema los interceptó, bloqueando el paso mientras se escuchaban los primeros disparos.
—Más adelante cerraron la vía —dijo el conductor con tensión.
Karen soltó un pequeño sollozo.
Santiago no dudó.
—Suba por esa vía veredal.
El jefe de seguridad nos entregó armas a Santiago y a Luciano.
Mis manos temblaron al verlas.
Nuestros hombres neutralizaron a los motociclistas con rapidez, pero sabíamos que eso no era el final.
Nos entregaron chalecos antibalas y cascos.
Nos detuvimos en medio de la vía.
Las camionetas formaron un círculo de protección.
Luciano se bajó primero.
—Vamos, Karen. Debemos separarnos. Es mejor.
—¡No! —dije de inmediato—. Luciano, quedémonos juntos.
Él negó con firmeza.
—Es más seguro dividirnos.
Nos miró a ambos.
—Nos vemos donde siempre.
Santiago asintió.
—Bien. El que llegue de último paga el almuerzo.
Luciano sonrió.
—Como siempre.
—Esto no es un juego —intervino Karen, claramente molesta.
Pero ellos… se rieron.
Esa risa extraña que solo tienen los hombres que han aprendido a convivir con el peligro.
Karen negó con la cabeza y se subió a la otra camioneta, impecable, como si no estuviera en medio de una persecución.
Luciano tomó el volante.
Santiago se giró hacia mí.
—Pásate adelante.
Lo miré.
—¿Tú vas a conducir?
—Sí. ¿Por qué?
—Me da miedo que conduzcas tú.
Se burló suavemente.
—Confía.
Me puse el cinturón.
No tenía otra opción.
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Santiago condujo.
Rápido.
Demasiado rápido.
Pero… eficiente.
Había mejorado.
Mucho.
El paisaje se volvió borroso mientras avanzábamos por caminos cada vez más estrechos.
—Nos estamos quedando sin combustible —dijo de repente.
Lo miré.
—No, Santiago…
—Tranquila —respondió con calma—. Llevamos horas así.
Me miró un segundo.
—No te va a pasar nada. Estoy contigo.
Sonrió.
Y eso… me tranquilizó más de lo que debería.
La camioneta finalmente se detuvo.
Mi corazón se aceleró.
Santiago tomó mi rostro con suavidad.
—Estamos cerca.
—¿Cuánto?
—Cuatro o cinco kilómetros.
Respiré hondo.
—Ok.
Miró mis pies.
—Pásame esos zapatos.
Me los quité y se los di.
Se bajó del vehículo…
Y rompió los tacones.
—¡Santiago! —protesté—. Son unos Jacquemus.
—Después te compro otros.
Rodeó la camioneta y volvió.
Se agachó frente a mí.
—Póntelos.
Lo hice.
Ahora eran funcionales.
No elegantes.
—Gracias… creo.
—Cuando te canses, me dices y te cargo.
Se quitó su chaqueta y me la puso encima.
—No, tú—
—Póntela.
No discutí.
Se volvió a poner el chaleco antibalas, se quitó la corbata y se arremangó la camisa blanca.
Tomó el arma.
Lo miré.
—Santiago…
—¿Sí?
—No sabía que hacías todo esto.
Sonrió levemente.
—Me entrenaron… por si algo pasaba.
Hizo una pausa.
—Nunca pensé que tendría que usarlo.
Me ayudó a bajar.
Y entonces lo vi.
Realmente lo vi.
Dando órdenes.
Coordinando hombres.
Moviéndose con precisión.
Frío.
Seguro.
Ya no era el niño que comía plastilina conmigo.
Era…
Un líder.
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Comenzamos a caminar.
Rápido.
Por un sendero estrecho.
Santiago no soltaba mi mano.
Nunca.
De repente, sentí un rasguño.
Luego ardor.
Y después…
El calor de la sangre.
—Santiago… me corté.
Se detuvo de inmediato.
—Déjame ver.
Nos movimos a un lado.
Mientras a lo lejos se escuchaban disparos.
Miró mi pierna.
—Es profundo.
Uno de los hombres le pasó un botiquín.
Santiago limpió la herida con cuidado.
Ardía.
Mucho.
Apreté los dientes.
—Tranquila —dijo.
Colocó la gasa y la ajustó.
Y sin decir más…
Me cargó.
—Santiago, puedo caminar—
—No te voy a bajar.
Lo miré.
Su expresión no dejaba espacio para discusión.
—¿Falta mucho?
—No.
Apoyé mi cabeza en su hombro.
Y por primera vez en todo el día…
Me sentí a salvo.
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Llegamos al punto de encuentro.
Casi al mismo tiempo que Luciano y Karen.
Luciano… cargaba a Karen.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nos siguieron —respondió—. Pero los perdimos.
Miré a Karen.
Tenía una herida.
—Fue un roce de bala —dijo Luciano—. Nada grave.
Karen intentó sonreír.
Pero se veía pálida.
Santiago me bajó con cuidado.
Nos miramos los cuatro.
En silencio.
Golpeados.
Pero vivos.