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Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Volví Ocho Años Antes De Mi Muerte

Status: Terminada
Genre:Romance / Venganza / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:18.3k
Nilai: 5
nombre de autor: May_Her

Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.

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Capítulo 7: La calma que precede a la tormenta

Pasaron tres días. Tres días que se deslizaron con una lentitud engañosa, como agua tranquila sobre una corriente profunda y peligrosa.

Valeria no fue a la universidad. No porque tuviera miedo, o al menos eso era lo que se repetía cada mañana al despertar, mirando el techo con esa mancha de humedad en forma de corazón que ahora le parecía un recordatorio inofensivo de su suerte. Se decía que necesitaba tiempo. Tiempo para pensar, para procesar el milagro brutal de haber vuelto a vivir, para decidir qué hacer con esta segunda oportunidad que pesaba en sus hombros como un manto de plomo y promesas rotas.

Pero la verdad era otra. La verdad era que cada vez que pensaba en cruzar la puerta de la facultad, en caminar por esos pasillos donde tantas veces se había cruzado con Alejandro en la otra vida, el aire se le acababa en los pulmones. El pánico no venía con gritos; venía como un silencio repentino, una falta de oxígeno que le helaba las extremidades.

Daniel apareció cada tarde. Sin falta. Como un reloj suizo, o como el sol que no necesita que lo invites para salir.

Traía apuntes, claro. Siempre los traía, con esa letra ordenada y esos dibujitos en los márgenes que hacían sonreír a Valeria incluso cuando el peso del mundo parecía aplastarla. Pero también traía café de esa tienda de la esquina que a ella le gustaba, y a veces galletas que su madre había horneado "de más" (aunque Valeria sospechaba que la madre de Daniel sabía exactamente para quién eran). Y sobre todo, traía presencia. Una presencia callada, sin exigencias, que llenaba los espacios vacíos de la casa sin intentar ocuparlos.

El segundo día, mientras tomaban café en el pequeño patio trasero donde su madre cultivaba hierbas en macetas, Valeria se atrevió a preguntar algo que la inquietaba desde que él empezó a aparecer.

—¿No te aburres de venir? —le preguntó, observando cómo la luz del atardecer se filtraba entre las hojas del viejo árbol que daba sombra al patio—. Quiero decir, yo no hago nada interesante. Solo estoy aquí. Pensando. A veces ni siquiera hablo.

—No —respondió él, con esa sencillez que lo caracterizaba, como si la pregunta fuera absurda—. No me aburro.

—¿Por qué? ¿Qué haces mientras yo estoy en mi cabeza?

—Te observo. Escucho a los pájaros. Pienso en cosas. A veces solo... estoy. Es agradable.

—Pero no tienes que hacerlo. Tienes tu propia vida. Tus estudios. Tus amigos. No tienes que pasar tus tardes conmigo.

—¿Y si quiero?

—¿Por qué querrías? No es divertido. No es emocionante. Es solo... existir.

—Tal vez me gusta existir contigo.

Esa simpleza, esa ausencia total de segundas intenciones o expectativas ocultas, era lo que más la desconcertaba de Daniel. En la otra vida, todo con Alejandro era una negociación constante. Cada gesto tenía un precio, cada palabra un cálculo, cada silencio una maniobra de poder. Con Daniel no. Con Daniel, estar era suficiente. Dar era suficiente. No había cuentas pendientes ni deudas emocionales.

El tercer día, mientras el atardecer teñía el cielo de tonos violáceos, Valeria se encontró contándole cosas. No todo, no la verdad completa sobre su muerte y su regreso, pero sí fragmentos. Trozos de verdad disfrazados de ficción.

—¿Alguna vez has sentido que estás en el lugar equivocado? —preguntó, mirando a las hormigas que marchaban en fila sobre el borde de la maceta—. Como si hubieras tomado un camino en una encrucijada y ahora no puedes volver atrás, aunque sepas que el otro camino era el correcto.

—A veces —dijo él, con la taza de café suspendida entre sus manos—. ¿Tú te sientes así?

—Todo el tiempo. Como si estuviera viviendo una vida prestada. Como si la vida que debería estar viviendo estuviera ocurriendo en paralelo, justo al lado, y yo no pudiera alcanzarla.

—¿Y qué hay en esa otra vida?

—Errores —respondió ella, con la voz quebrada—. Muchos errores. Gente a la que lastimé. Oportunidades que dejé pasar. Personas que amé cuando no debía, y personas a las que ignoré cuando sí debía amar.

—¿Arrepentimientos?

—Muchos. Demasiados.

Daniel se quedó en silencio, procesando sus palabras. Había algo en su forma de escuchar que hacía que Valeria se sintiera realmente oída, no solo tolerada.

—Mi mamá dice una cosa —comentó—. Dice que el arrepentimiento es útil solo si te impide cometer el mismo error dos veces. Si solo te hace sentir mal, es basura. Hay que sacarlo.

—Tu mamá parece sabia.

—Lo es. Ha tenido que serlo. La vida no le ha puesto las cosas fáciles.

—¿Te molesta hablar de tu familia?

—No. Es solo que no hay mucho que contar. Papá se fue. Mamá trabajó. Yo estudié. Es una historia común. Aburrida, incluso.

—No es aburrida. Es real. Es más de lo que puedo decir de mi situación.

—¿Tu situación?

—Mi padre... no está. Murió cuando yo era pequeña. Mi mamá ha estado sola desde entonces. Y yo... yo he estado buscando algo que llenara ese vacío, supongo. En los lugares equivocados.

—¿Lo encontraste?

—Encontré algo que parecía llenarlo. Pero era una ilusión. Ahora lo sé. Ahora que es demasiado tarde... o tal vez ahora que tengo otra oportunidad. No lo sé. Todo es muy confuso ahora mismo.

Daniel se movió en su silla, incómodo por la intensidad emocional del momento, pero sin retirarse. Nunca se retiraba. Era su cualidad más notable: la capacidad de estar presente en el dolor ajeno sin huir.

- Puedo preguntarte algo? —dijo él, con cuidado, como si caminara sobre hielo fino.

—Puedes preguntar.

—¿Por qué me dejas venir? No es una queja, es curiosidad. Soy un completo extraño, en realidad. Un compañero de clase. No somos amigos íntimos. No nos conocemos desde infancia. Pero tú... tú me abres la puerta. Me dejas entrar. Me cuentas cosas. No entiendo por qué.

Valeria lo miró. De verdad lo miró. Vio el entrecejo fruncido por la confusión, los ojos oscuros que la observaban con una mezcla de esperanza y temor, las manos que seguían aferrando la taza como un ancla.

—Porque eres lo único que se siente real —dijo ella, y la verdad de esas palabras la golpeó con una fuerza que no esperaba—. Todo lo demás parece... prestado. Provisional. Tú eres el único que no me pide nada. El único que está aquí solo por estar. Y en un mundo donde todo parece una transacción, eso es... es todo. Es más de lo que merezco.

—No digas eso.

—¿Qué cosa?

—Que no mereces cosas. Todos merecemos algo. Tú mereces... mereces que alguien te escuche. Mereces paz. Mereces no tener que buscar constantemente.

—¿Tú crees? ¿De verdad lo crees?

—Lo sé. Lo sé como sé que el sol sale por las mañanas. No tengo pruebas, pero lo sé.

La tarde se desvaneció en noche. Daniel se fue cuando las estrellas empezaban a poblar el cielo, dejándola con una sensación extraña en el pecho. No era felicidad, no todavía. Era algo más cercano a la quietud. A la pausa entre dos notas musicales.

Pero incluso en esa calma, bajo la superficie, la tensión crecía. Porque Valeria sabía, con una certeza que le helaba la sangre, que la tormenta se aproximaba. Alejandro no era el tipo de hombre que se daba por vencido. No era el tipo de hombre que aceptaba un "no" como respuesta. La había visto. La había marcado. Y tarde o temprano, volvería a aparecer.

La pregunta no era si vendría. La pregunta era cuándo. Y qué haría ella cuando eso ocurriera.

......................

Mientras tanto, en una oficina de paredes de cristal en lo alto de uno de los edificios más exclusivos del centro, Alejandro Rivas miraba la noche sin verla realmente.

El informe de su asistente descansaba sobre el escritorio de caoba, una carpeta delgada que contenía todo lo que habían podido reunir sobre Valeria Soto. No era mucho. Una chica normal, de familia normal, con una vida normal. Nada que explicara la obsesión que había empezado a crecer en su pecho como una hiedra venenosa desde que la vio cruzar la calle frente a su auto tres días atrás.

—¿Seguro que no hay nada más? —preguntó, sin apartar la mirada de las luces de la ciudad que parpadeaban abajo.

—Es todo lo que tenemos, señor. Es una chica común. Buena estudiante. Sin antecedentes penales. Sin conexiones importantes. Su padre murió cuando ella era pequeña. Su madre trabaja en una escuela pública. Viven en un barrio de clase media-baja. No hay nada extraordinario en ella. Nada que justifique... el interés.

Alejandro pasó los dedos por el borde de la foto incluida en el expediente. Era una imagen borrosa, tomada de lejos, de una cámara de seguridad o tal vez del celular de alguien. Valeria caminaba por la calle, con el pelo suelto y una expresión de distracción que la hacía parecer ajena a todo lo que ocurría a su alrededor.

—Eso es lo que crees —murmuró, más para sí mismo que para su asistente—. Que no hay nada extraordinario.

—Señor, con el debido respeto... ¿por qué le interesa esta chica? Hay docenas de mujeres más adecuadas. Con conexiones. Con dinero. Con belleza de las que se ven en revistas. Esta chica es... es ordinaria.

—Justamente eso.

—¿Perdón?

—Es ordinaria. Y sin embargo, cuando la miré, cuando nuestros ojos se cruzaron por ese instante... hubo algo. Algo que no puedo explicar. Como si la conociera de antes. Como si supiera algo de mí que yo mismo no sé.

El asistente no respondió. Sabía por experiencia que cuando Alejandro entraba en ese estado de ánimo, lo mejor era guardar silencio y dejarlo pensar.

—Quiero saber más —dijo Alejandro finalmente, cerrando la carpeta con un golpe seco—. Todo. Lo que no está en los informes. Lo que no se ve en las fotos. Quiero saber qué lee, qué música escucha, qué la hace reír, qué la hace llorar. Quiero saber quién es realmente.

—¿Está seguro de que es necesario? Parece una inversión de tiempo considerable para alguien que...

—¿Crees que te estoy pidiendo tu opinión? —la voz de Alejandro cambió, volviéndose más fría, más peligrosa—. Te estoy dando una orden. Quiero información. Consíguela.

—Sí, señor. Entendido.

Cuando el asistente salió de la oficina, Alejandro se levantó y caminó hacia la ventana. La ciudad se extendía ante él, brillante, controlada, suya. Cada luz que parpadeaba abajo era una vida que él podía influenciar, un destino que podía alterar con una simple llamada telefónica. Eso era lo que había construido durante años: un imperio de poder y control donde nada escapaba a su voluntad.

Pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que algo se le escapaba. Algo que no podía nombrar. Algo que tenía que ver con esa chica de pelo oscuro y ojos tristes que lo había mirado como si lo conociera, como si supiera exactamente quién era él detrás de todas las máscaras.

Y no le gustaba. No le gustaba nada.

Porque Alejandro Rivas no era un hombre que aceptaba misterios. Era un hombre que los resolvía. Que los desmenuzaba hasta que no quedaba nada por descubrir. Y esta chica, esta Valeria Soto, se había convertido en un misterio que necesitaba resolver.

Cueste lo que cueste.

1
Mariana Muñoz
buena muy buena novela la leí de dos veces tenía que hacer otras cosas o la habría leído de una vez bendiciones 🙏🙏🙏 escritora
Luisa Amarilis Blanco Blanco
Interesante 🙀
Chel Garcia
bonita historia 👌🏽 felicidades
💜Isa torres💜
no comprendo nada retrocedió el tiempo y ya había peleado con la prima porque la envidiaba y le dijo que Alejandro no era bueno y resulta que no conoce Alejandro. 🤔
Pily Valdés Pineda: Aja si, sigo perdida desde el capítulo anterior, se supone que pelearon porque la prima la ponía sobre aviso del tipo y que le tenía envidian ahora resulta que no lo conoce, que alguien me explique!
total 2 replies
Natty Suleika Salvatierra Clavijo
Que miedo con ese hombre
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
. E perdí, yo pe sana qué el pleito con la prima había sido por el marido que la mató
Rosa Sandoval
yo también ya me confundí porque se supone que en esta nueva vida de Valeria todavía no era novia de Alejandro
Socorro Simental
regreso cuando tiene 14 años en k momento paso eso
Yolanda Vaca
Y el chofer🤬 donde quedó??
Ana Yolanda Valerio Rodriguez
Empezamos con todo!!! Me encanta este inicio 👏👏👏
Miriam Colín
Daniel es un amors y además muy maduro y centrado.
Angeline
Muy buena y me gustó que se realmente si hubiera venganza
Angeline
ya está acorralado
Angeline
depredador? ese Alejandro es un loquito
Angeline
cómo que no? No fuiste más basura porque no te dieron tiempo
Mirna Lobo
Buena muy buena, tanto así que me mantuvo con la vida en un hilo por decirlo así, felicidades y que sigan los éxitos 😊
Angeline
Se armó un equipo contra Alejandro
Angeline
Que suspenso
Mirna Lobo
ojalá no sea una trampa 😞
Mirna Lobo
A correr 💨 y muy rápido
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