Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 35
Capítulo 35
Tres meses
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Semana uno.
El silencio fue lo primero que Valentina aprendió a odiar.
No el silencio de una habitación vacía ni el de una madrugada sin tráfico. Este era distinto. Era el silencio de un teléfono que no sonaba, de una pantalla sin mensajes, de un reloj que avanzaba con la crueldad de quien sabe que nadie lo mira.
Santiago se había ido un martes. La besó en la puerta del edificio, le acomodó un mechón detrás de la oreja y dijo:
—Tres meses. Ni uno más.
Valentina asintió. Apretó los labios para no decir lo que pensaba: que tres meses en una zona de selva fronteriza no eran tres meses en ningún calendario humano.
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Semana tres.
La redacción de Nuestra Bandera hervía con la cobertura de las elecciones regionales. Valentina escribía, corregía, entrevistaba. De noche, abría el archivo de su libro y se quedaba mirando el cursor hasta que le ardían los ojos.
Elena llamó un jueves.
—¿Has sabido algo?
—Nada, mamá.
—Es normal. En esas zonas la señal es pésima.
—Lo sé.
Un silencio. Elena tosió al otro lado de la línea. Una tos seca, breve, que Valentina registró sin darle importancia.
—Come bien —dijo Elena—. Y deja de morderte las uñas.
Valentina miró su mano. Tenía el pulgar destrozado.
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Semana cinco. Primera llamada.
El teléfono vibró a las dos de la mañana. Valentina lo agarró antes del segundo timbre.
—¿Santi?
La voz llegó entrecortada, envuelta en estática y algo que sonaba como lluvia golpeando hojas enormes.
—Aquí estoy.
Valentina cerró los ojos. Se llevó el teléfono al pecho un segundo, como si pudiera absorber su presencia a través del aparato, y volvió a pegarlo a la oreja.
—¿Estás bien?
—Entero. Cansado. —Una pausa larga. El sonido de insectos llenó el espacio entre ellos—. ¿Tú?
—Bien. Escribiendo mucho. El libro avanza.
—Me alegra.
La conexión crepitó. La voz de Santiago se fragmentó en sílabas sueltas.
—...no puedo hablar mucho... solo quería...
—Lo sé —dijo Valentina. Tragó saliva—. Yo también.
Otro chasquido. Después, nada.
Se quedó sentada en la cama con el teléfono contra la mejilla durante diez minutos más, escuchando el tono muerto como si fuera una canción de cuna.
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Semana ocho. Segunda llamada.
Esta vez fue de día. Un sábado al mediodía, mientras Valentina revisaba las galeras de un reportaje en la mesa de la cocina.
—Periodista Mora, tiene una llamada del frente.
Valentina soltó una risa que le salió más aguda de lo que esperaba.
—Soldado Herrera, ¿cuánto tiempo tenemos?
—Diez minutos. Tal vez quince si el sargento de comunicaciones sigue dormido.
La conexión era mejor esta vez. Podía escuchar su respiración, el tono exacto de su voz. Santiago sonaba distinto. Más ronco, más denso, como si la selva le hubiera lijado algo por dentro.
—¿Cómo va el entrenamiento?
—Duro. Pero voy bien. Duarte dice que voy a pasar.
—Claro que vas a pasar.
Santiago se rio. Bajo, suave.
—¿Sabes qué estuve pensando anoche?
—Dime.
—En cómo va a sonar.
Valentina frunció el ceño.
—¿Cómo va a sonar qué?
—La esposa del Coronel Herrera, que además resulta ser una famosa periodista ganadora del Pulitzer.
El corazón de Valentina se detuvo un instante. Luego arrancó de nuevo, desbocado.
—¿Coronel? Eso es mucho ascenso.
—Tengo tiempo. Tú también tardaste en ganar ese Pulitzer imaginario.
—No existe un Pulitzer para periodismo en español, Santi.
—Entonces serás la primera.
Valentina apoyó la frente en la mesa. Sonreía tanto que le dolía la cara.
—Eso suena... bien.
—¿Solo bien?
—Suena a todo lo que quiero.
Un silencio distinto. No vacío. Lleno.
—Vuelvo en cinco semanas —dijo Santiago—. Y vamos a hablar de esto en serio. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
La llamada se cortó con un clic limpio. Valentina se quedó con la palabra "esposa" dando vueltas en la cabeza como una moneda lanzada al aire que se negaba a caer.
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Semana nueve.
La motocicleta apareció de la nada.
Valentina cruzaba la avenida Insurgentes con el semáforo a su favor cuando el impacto la alcanzó por el lado izquierdo. No fue fuerte. Un golpe seco en la cadera, el asfalto contra las palmas, la mochila volando.
El motociclista se detuvo. Gritó algo. Valentina se incorporó, aturdida, y levantó la mano para decir que estaba bien.
Entonces parpadeó.
El ojo izquierdo. Una mancha borrosa, como mirar a través de agua sucia. Parpadeó de nuevo. La mancha seguía ahí.
No. No, no, no.
El miedo llegó antes que el dolor. Un miedo viejo, conocido, que venía del otro lado del mundo, de una explosión en un edificio destrozado y de un cirujano que le había dicho con voz calmada: "El colgajo corneal quedó bien, pero cualquier traumatismo futuro podría desplazarlo."
Cualquier traumatismo futuro.
Sacó el teléfono con manos temblorosas y buscó el número del Dr. Adrián Torres.
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El consultorio olía a desinfectante y a plástico nuevo. El doctor Torres le examinó el ojo con la lámpara de hendidura durante un silencio que a Valentina le pareció eterno.
—Hay un desplazamiento parcial del colgajo —dijo finalmente, retirándose del aparato—. Consistente con el antecedente que me describes.
—¿Puedes arreglarlo?
Torres se quitó los guantes.
—Sí. Pero necesito intervenirte pronto. Y vas a tener que estar en reposo absoluto al menos diez días.
—¿Y si no me opero?
—El colgajo puede plegarse más. La cicatrización irregular generaría astigmatismo permanente. En el peor caso, perderías visión funcional en ese ojo.
Valentina se mordió el labio. Pensó en su libro. En la redacción. En Santiago, que no podía contestar llamadas.
—Hazlo —dijo—. Pero no le digas a nadie. A nadie.
Torres la miró con esa expresión que tienen los médicos cuando saben que están frente a una paciente difícil.
—La cirugía es el lunes.
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Semana once. Zona de selva fronteriza.
El helicóptero aterrizó al borde del campamento levantando una cortina de barro y hojas. Santiago estaba limpiando su fusil bajo un toldo de lona cuando vio bajar dos figuras que no pertenecían a ese paisaje.
Coronel Mendoza. Capitán Duarte.
Juntos. Eso no era rutina.
Santiago se puso de pie. Se cuadró.
—Descanse, Herrera —dijo Mendoza. Tenía la cara de alguien que no había dormido en un avión—. Necesitamos hablar. En privado.
La carpa de mando olía a combustible y café viejo. Mendoza extendió un mapa sobre la mesa plegable. Duarte cerró la entrada de lona.
—Lo que vas a escuchar no sale de aquí —dijo Mendoza—. ¿Entendido?
—Entendido, mi coronel.
Mendoza cruzó los brazos.
—Levante se está cayendo a pedazos. La situación es crítica. Varias naciones están enviando soldados de élite en secreto a una fuerza conjunta. La FCA. Fuerza Conjunta Antiterrorista.
Santiago no se movió. Escuchó.
—Las condiciones son estas —continuó Mendoza, y su voz se endureció—. No hay representación nacional. Tu expediente se sella. Oficialmente es una decisión personal. Si te pasa algo... —hizo una pausa breve— no hay honores. No hay bandera sobre el ataúd.
El silencio en la carpa era absoluto. Hasta los insectos parecían haberse callado.
Duarte habló por primera vez.
—No tienes que responder ahora, Herrera. Tienes cuarenta y ocho horas para...
—Entro.
Duarte cerró la boca. Mendoza lo miró fijamente.
—¿Estás seguro?
Santiago sostuvo la mirada del coronel. Pensó en una voz al teléfono diciendo "suena a todo lo que quiero." Pensó en la palabra "esposa." Pensó en una moneda girando en el aire.
—Entro —repitió.
Mendoza asintió una sola vez.
En la Capital, Valentina dormía con un parche sobre el ojo izquierdo y el teléfono debajo de la almohada, esperando una llamada que ya no significaría lo mismo.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.