A los sesenta años, Elena Rosales creía que ya lo había dado todo: treinta y siete años de matrimonio, una vida entera atendiendo a su pueblo como la única doctora, y un marido al que jamás dejó de servir. Hasta que un paquete que él le prohíbe abrir destapa lo que llevaba una década escondido: otra mujer, cartas de amor, y hasta una tumba comprada para dos.
Podría callar, como calló siempre. En cambio, por primera vez, decide dejar de obedecer.
Mientras reúne pruebas y aprende a decir "no" —a un esposo cobarde, a unos hijos que la ven como cajero automático, a un pueblo que solo sabe murmurar—, un accidente la cruza con Armando Balmori, uno de los hombres más ricos del país. Él no la deslumbra con lujos: la escucha, respeta sus límites y la mira como nadie la miró en toda su vida. Pero dejarse querer a esa edad da más miedo que la soledad, y la poderosa familia de Armando no piensa recibir con los brazos abiertos a una doctora de pueblo.
Entre juzgados, herencias, chismes de barrio y una segunda oportunidad que no pidió, Elena tendrá que decidir qué vale más: la paz de rendirse o el vértigo de, por fin, elegir su propia vida.
NovelToon tiene autorización de Anindita Kirana para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 34 - La casa de los Balmori
Armando invitó a Elena a almorzar en casa de su madre tres días después de aquella noche de lluvia.
Se lo dijo por teléfono, mientras Elena le tomaba la presión a doña Rita. La voz de Armando era serena, como si solo la invitara a comer una sopa.
Elena casi deja caer el tensiómetro.
—Don Armando, la casa de su madre no es una fonda.
Doña Rita giró la cabeza de inmediato. Elena le lanzó una mirada de advertencia. Doña Rita fingió mirar el calendario de la pared.
Armando no insistió. Solo dijo que su madre ya sabía de Elena y quería conocerla.
Esa frase le impidió dormir tranquila esa noche.
Al mediodía siguiente, el auto de Armando entró en el barrio de Altamira. La reja de la casa de los Balmori era alta, negra y fría. El jardín, amplio, con árboles viejos que daban sombra a la entrada. La casa no gritaba lujo, pero todo dentro de ella parecía acostumbrado a recibir la orden de mantenerse impecable.
Elena iba erguida en el asiento de atrás.
Llevaba una blusa elegante café, sencilla. No una nueva. No una demasiado llamativa. La había elegido porque esa tela la hacía sentir que seguía siendo ella misma.
—¿Me equivoqué de vestimenta? —preguntó.
Armando volteó.
—Le queda bien.
—Su respuesta es demasiado rápida.
—Porque estoy seguro.
—Eso no siempre ayuda.
Armando sonrió, pero no volvió a responder.
En el porche esperaba un hombre joven. Alto, con lentes, de rostro parecido al de Armando pero más afilado. Se llamaba Nicolás, sobrino de Armando. Saludó a Elena con cortesía, pero los ojos se le movieron rápido, de la pañoleta a las sandalias bajas de Elena.
Elena estaba acostumbrada a que la evaluaran.
La diferencia era que en esta casa la evaluación usaba perfume caro.
Doña Pilar Balmori apareció unos minutos después.
Ya era mayor, pero mantenía la espalda recta. El pelo blanco recogido en un rodete impecable. Vestido oscuro, chal fino, y los ojos serenos como los de quien lleva mucho tiempo acostumbrado a hacer esperar a los demás.
—¿Elena Rosales?
—Sí, señora.
—Yo soy Pilar.
Elena le besó la mano. La anciana miró un momento la mano de Elena.
—Manos de doctora.
Elena se sorprendió un poco.
—Antes médica general, señora. Ahora tengo un consultorio pequeño.
—Las manos de quien trabaja se notan igual.
El almuerzo se sirvió en una mesa larga. Demasiado larga para cuatro personas. Los platos eran completos, pero la conversación encima de ellos resultaba más filosa que el ají.
Doña Pilar preguntó por los hijos, el trabajo, el divorcio y la casa donde Elena vivía ahora. Sus preguntas no eran bruscas. Y justo por no ser bruscas, Elena debía responder con cuidado.
—¿El divorcio ya está resuelto? —preguntó doña Pilar.
—El proceso de la demanda sigue en curso. Ya nos separamos de casa.
Doña Pilar miró a Armando.
—Así que todavía no está resuelto.
Armando fue a hablar, pero Elena respondió primero.
—No está resuelto en los papeles, señora. Pero ese matrimonio se acabó mucho antes de que yo me atreviera a tramitar los papeles.
Nicolás dejó de servirse el arroz.
Doña Pilar volvió a mirar a Elena. Sin elogio. Sin sonrisa. Pero algo en sus ojos cambió un poco.
Nicolás por fin habló. El tono, cortés; el contenido, no.
—Doña Elena entenderá que nuestra familia tiene un nombre que cuidar.
Armando dejó la cuchara.
—Nicolás.
Elena levantó un poco la mano, deteniendo a Armando.
Miró a Nicolás.
—Nicolás tiene razón. El nombre de su familia es grande. El mío es pequeño. Si la gente habla, quizá diga que no sé cuál es mi lugar.
Nicolás pareció darse por satisfecho demasiado pronto.
Elena continuó:
—Pero yo no vine a pedir ese nombre. Fue don Armando quien me invitó a comer. Si esta familia siente que la avergüenzo, puedo irme apenas termine de comer.
El rostro de Nicolás se puso rígido.
Armando miró a Elena, pero Elena no lo miró a él. Le estaba hablando a la mesa demasiado larga, a la casa demasiado impecable y a todas las medidas que desde hacía un rato intentaban ponerla en un rincón.
Doña Pilar tomó su agua.
—¿Y si Armando insiste en cortejarla?
—Eso es asunto de don Armando.
—¿Usted no decide también?
—Yo decido por mí. No por el hombre adulto que tengo al lado.
Por primera vez, doña Pilar sonrió apenas.
Después de comer, doña Pilar invitó a Elena a la terraza de atrás. Armando quiso acompañarlas, pero su madre solo lo miró de reojo.
—Tú adentro.
Armando se detuvo.
La terraza de atrás daba a un jardín pequeño. Había un estanque de peces y sillas de mimbre. El ambiente era tranquilo, pero Elena no se dejó engañar. Muchas decisiones de una familia grande quizá habían empezado en un lugar tan tranquilo como ese.
Doña Pilar se sentó primero.
—Armando es terco.
—Empiezo a darme cuenta.
—Desde que murió su padre, se acostumbró a decidir solo. La gente así a veces confunde lo que quiere con el bien de los demás.
Elena calló.
Esa frase no era un ataque contra Elena. Era una advertencia sobre Armando.
—Si él la presiona, dígamelo.
Elena miró a la anciana.
—¿No lo prohíbe?
—Todavía no he llegado a eso.
La respuesta era fría, pero sincera.
Doña Pilar contempló el jardín.
—Solo quiero saber qué clase de mujer hace que mi hijo posponga una reunión de directorio para ir a recogerla bajo la lluvia.
Elena bajó un momento la mirada.
—Yo también quiero saber por qué lo hizo.
Esta vez doña Pilar sonrió de verdad, aunque solo un poco.
—Quizá ninguna de las dos lo sepa todavía.
Al irse, Nicolás la acompañó hasta el porche. Le pidió disculpas por lo que había dicho en la mesa. Elena sabía que esa disculpa no nacía del todo del arrepentimiento. Parte quizá se debía a que doña Pilar la observaba.
Pero Elena la aceptó con un gesto de la cabeza.
En el auto, Armando le preguntó si estaba cansada.
—Mucho —respondió Elena.
—Disculpe.
—Su madre no es mala.
—¿Pero?
—Pero esa casa está llena de medidas. Todavía no sé si quiero seguir siendo medida.
Armando no respondió enseguida.
—Voy a asegurarme de que no esté sola.
Elena miró la calle de adelante. El auto pasó entre los grandes árboles de Altamira y luego entró en una avenida más transitada.
—No le tengo miedo a estar sola, don Armando. Le tengo miedo a perderme a mí misma por andar tan ocupada ajustándome a las medidas de los demás.
Armando le tomó la mano un instante sobre el asiento. No con fuerza. Solo como una pregunta.
Elena no retiró la mano.
Pero tampoco apretó la de él con demasiada fuerza.
En la casa de Altamira, doña Pilar siguió sentada en la terraza de atrás después de que el auto de Armando se fuera.
Nicolás estaba de pie no muy lejos de ella. Su rostro aún guardaba una ofensa que no había terminado de madurar.
—¿En serio está considerando a esa mujer, abuela? —preguntó.
Doña Pilar miró el estanque de peces.
—Lo que estoy considerando no es solo a ella. También considero si Armando sabe lo suficiente cómo amar a una mujer así.
Nicolás calló.
—Está muy lejos de nuestro mundo.
—Es verdad.
—Sus hijos pueden dar problemas.
—También es verdad.
—¿Entonces?
Doña Pilar tomó la taza de té, que empezaba a enfriarse.
—Pero ella no pide nada. A quien no pide teniendo la ocasión de pedir, por lo general conviene prestarle más atención.
Nicolás no volvió a responder.
Dentro del auto, Elena no sabía que esa conversación ocurría. Solo miraba sus propias manos en el regazo. La huella de la mano de Armando aún se sentía tibia, pero lo que más le resonaba era la voz de doña Pilar.
Armando es terco.
Elena volteó hacia la ventana.
Quizá no era solo a la familia Balmori a quien debía conocer.
También tenía que conocer la manera de amar de Armando, antes de que fuera tarde para dejarse amar.
El auto siguió avanzando.
Por primera vez desde que conocía a Armando, Elena cayó en la cuenta de que entrar en la vida de ese hombre no era solo recibir atenciones.
También significaba aprender a estar de pie frente a su familia sin empequeñecerse.