La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 15: La reina y su correa
El sol apenas asomaba cuando desperté. El olor a café recién hecho llegó antes que la claridad. Al bajar las escaleras, lo encontré arrodillado en la entrada, con un recipiente de agua tibia entre las manos. Se giró al oír mis pasos y bajó la mirada.
—Déjame —susurró, acercándose—. Déjame lavarte los pies.
Me quedé inmóvil, mirándolo desde arriba. Una sonrisa afilada se dibujó en mis labios.
—Qué forma tan patética de pedir perdón —dije con voz suave pero cortante—. Pero lo haces bien. Sigue así.
Dejé que tomara mi pie. No sentí ternura. No sentí nada. Solo la certeza de que sabía su lugar.
—Me humillaste —continué, clara y firme—. Este es el precio. Si quieres dormir arriba esta noche, demuéstrame que lo mereces. No te confundas: no lo hago por cariño. Lo hago porque merezco respeto.
Asintió, sin levantar la vista.
—Lo sé. Lo haré.
Puso el desayuno sobre la mesa con cuidado. Me senté, comí sin prisa, sin afán de conversar.
—Gracias —dije al terminar—. Recuerda: yo no estoy aquí para agradarte.
Después de desayunar, llevamos a los niños a la escuela. Caminé entre ellos, atenta a sus manos pequeñas, y sentí algo nuevo, desconocido: un calor que no esperaba. No era por Ian. Era por ellos. Están entrando en mi corazón, pensé, y no supe qué hacer con eso. Nadie me enseñó a querer. Pero ellos… ellos me importan.
Al entrar juntos a la empresa, todas las miradas se posaron en mí. Vestía un traje elegante con escote, que marcaba cada curva con elegancia, tacones altos que resonaban con seguridad y el cabello peinado con perfección. Los susurros me seguían:
Morana:
—Qué elegante… brilla con luz propia.
—Dalila no está ni cerca de su altura.
Caminé sin mirar a nadie, con la cabeza alta. Ian me acompañó hasta la puerta de mi departamento.
—Voy a mi oficina —dijo—. Si necesitas algo…
—Te llamaré —lo interrumpí—. Sigue tu trabajo. Yo haré el mío.
Entré. No había pasado media hora cuando Dalila apareció en el umbral. Sonreía con falsedad, avanzando lenta, segura de sí misma. Cerré la puerta. Nadie más debía presenciar esto.
—Lo vi muy bien ayer —dijo, con tono de burla—. Ian me pone por encima de todos.
La miré con calma, entrelazando los dedos sobre la mesa.
—¿Y crees que eso importa, queridita? Qué patética eres. En lugar de ponerte a estudiar, a culturizarte, a pensar en triunfar y lograr un puesto en esta compañía por ti misma, solo piensas en andar detrás de un hombre arrastrándote, recogiendo las migajas que caen al piso. ¿Sabes por qué tú y yo somos diferentes? Porque a mí no me interesa que un hombre me llame mía. Solo me interesa el dinero, el éxito y el poder. El amor no lo necesito. Ian es solo un acuerdo: me da estatus y protección, y yo le doy orden y dirección. Nada más.
Dalila palideció, pero no se rindió.
—En el fondo te duele, Morana —soltó, con voz afilada—. Sabes que sin él no eres nada.
Me levanté despacio, rodeé el escritorio y me detuve justo frente a ella.
—Si quieres el trono de ser la señora Kim, te lo regalo. Adelante… pero te dolerá, porque está hecho para quien realmente es reina, no para quien solo finge. Yo no compito con sombras, queridita. Y tú eres apenas eso: una sombra pálida de lo que yo soy.
—Algún día te veré arrastrada en el piso —escupió ella, temblando de rabia—, y te pisotearé una y otra vez.
Me reí, una risa clara y fría.
—Sigue soñando. Las reinas, aún perdiendo, siempre ganamos. Así que recoge tu dignidad y sal de aquí. Y recuerda: yo soy la señora y tú una simple cucaracha que piso cuando quiero.
Se quedó sin palabras, los puños apretados, la mandíbula tensa. No dijo nada. Salió deprisa, pero no antes de que viera el brillo duro en sus ojos: no se rinde. Esto no ha terminado.
Poco después me llamaron al despacho de Ian. Me recibió de pie, con un cofre de terciopelo en las manos.
—Para ti —dijo, abriéndolo—. Quería agradecerte… por no rendirte conmigo.
Dentro brillaba un collar y unos aretes de diamantes. Lo tomé sin emoción.
—Gracias —dije simplemente—. Son hermosos. Pero no los necesito para saber quién soy.
Esa tarde, cuando el despacho estaba en silencio, la mandé llamar a Dalila. Vino con aire desafiante. Cerré la puerta. Puse el cofre sobre la mesa entre las dos.
—Escucha bien —le dije, con voz baja y cortante—. Ian me compró esto. Pero no las quiero. Tú las deseas. Tú vives pendiente de lo que él da y de lo que yo tengo. Así que tómalas. Son tuyas.
Se las puse en la mano. Me miró confundida, los ojos llenos de incredulidad.
—Ya que te gustan tanto las sobras —continué, fría—, tenlas. Pero entiende esto: no me rindo. No me voy. Y cada vez que te mires con ellas, recordarás que solo puedes tener lo que yo decido no conservar.
—¿Por qué…? —alcanzó a murmurar.
—Porque no compito contigo —me incliné hacia ella—. Eres demasiado pequeña. Ahora sal.
Salió temblando, apretando el cofre contra el pecho. No supe si lloraba o si planeaba vengarse. No me importó.
Ian entró poco después. Vio el cofre sobre su mesa.
Ian:
—¿Las devolviste? —preguntó, desconcertado.
—Se las di —respondí sin inmutarme—. No las necesito. Y ella necesita creer que ha ganado algo. Que se consuele con eso.
—Pero eran para ti…
—Lo sé —lo miré a los ojos—. Y hago lo que quiera con lo que es mío. Ahora escúchame bien: ve hoy mismo a recoger todos los regalos que le has dado a Violeta. Y compra regalos a tus hijos. Lo que merecen. No lo que sobre. ¿Entendido?
—Entendido —murmuró, con la cabeza baja.
—Ve.
Se fue. Me quedé sola mirando por la ventana. No me gusta Ian. No lo amo. Pero es el padre de mis hijos. En mi vida anterior dejé a mi único y primer nivio porque se conformaba con poco, con nada. Yo aprendí desde temprano que la seguridad, el control, el poder… eso es lo que no te pueden quitar. Almenos Ian es rico. Y los niños… ellos son lo único que empieza a importarme de verdad.
Esa noche, cuando los niños se durmieron, Ian subió a mi cuarto. Se detuvo en el umbral, respetuoso, esperando mi señal. No le puse nada. No lo traté como animal. Lo miré y hablé clara:
—Has cambiado. Lo veo. No confío todavía. Pero veo que intentas. Sigue durmiendo en el suelo esta noche. Piensa en lo que significa poner a tu familia primero. Mañana veremos.
—Gracias —dijo, con voz suave—. No te fallaré.
No respondí. Me acosté y apagué la luz. En la oscuridad, escuché su respiración tranquila, serena.
Dalila marcaba una y otra vez. Veinte veces. Veinte veces el teléfono sonó sin respuesta. Ian no lo tomó. No porque yo se lo ordenara. Porque él eligió no hacerlo.
Palabras de la autora
Estas escenas entre Dalila y Morana me basé en Teresa y Aída. De hecho, Morana está inspirada en Teresa, solo tiene las bases, porque Morana… bueno, es diferente: tiene amor propio, no se enloquece por el amor de un hombre, es exitosa por sus propios medios, no ruega, y a ella le ruegan a ella. Siempre trato de que mis protagonistas sean diferentes.
Morana, en su vida pasada, vivió con muchas precariedades, y eso hizo que su ambición creciera; pero en esta vida está aprendiendo a querer lo que tiene, que son esos dos niños. Esos pequeños, poco a poco, entrarán en su corazón. No la veo como una villana: es una mujer segura que sabe lo que quiere. No es villana como tal, pero no se deja y devuelve golpe con golpe.