Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
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Capítulo 34: El abismo del orgullo
La cita con Natalia Genovese no fue una coincidencia. Ella me citó en un reservado del "Viper", un club exclusivo que servía de terreno neutral para las familias de Nueva York. Fui sola. Quería demostrarle a Damián, y sobre todo a mí misma, que no necesitaba guardaespaldas para enfrentar a una mujer que creía que podía pasearse del brazo de mi hombre.
Natalia estaba sentada con una copa de Martini, luciendo impecable, con esa seguridad que solo da el dinero que nunca tuviste que sudar.
—Viniste —dijo ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Pensé que estarías demasiado ocupada cuidando los sótanos de los Smirnov.
—Viniste vos —le respondí, sentándome frente a ella sin quitarme la chaqueta de cuero—. Porque necesitás saber si de verdad tenés una oportunidad con Damián o si solo sos el consuelo de una noche de despecho.
Natalia soltó una risita seca y se inclinó hacia adelante.
—Damián necesita una mujer que entienda el lenguaje del poder, Alessandra. Alguien que no lo mire con reproche cada vez que tiene que apretar el gatillo. Vos sos el pasado, una mancha de culpabilidad en su historial. Yo soy el futuro de su alianza.
—El futuro no se construye con vestidos rojos y sonrisas ensayadas, Natalia —le espeté, manteniendo la voz baja y peligrosa—. Damián está conmigo porque soy la única que conoce al monstruo y no le tiene miedo. Vos solo conocés la máscara. Tocalo una vez más, y te juro que ni el apellido Genovese va a impedir que te saque de esta ciudad en una bolsa de consorcio.
Natalia palideció un segundo, pero antes de que pudiera responder, la puerta del reservado se abrió. Damián entró, con el rostro endurecido por una fatiga que parecía haberle envejecido diez años en una noche.
—Basta, Natalia. Fuera de acá —ordenó Damián sin mirarla.
Ella intentó protestar, pero la mirada de Damián la hizo callar. Salió del reservado con un bufido, dejándonos a solas en un silencio que pesaba más que el hormigón.
—¿Para qué te ponés así, Alessandra? —preguntó él, dejándose caer en el sillón frente a mí. Su voz no tenía rabia, solo un cansancio infinito—. ¿A qué viniste? ¿A marcar territorio por un hombre que decís que no querés?
—Viniste a salvarla a ella, supongo —ataqué, aunque los celos me estaban carcomiendo las entrañas.
Damián suspiró y se pasó una mano por la cara. Se quedó mirándome un largo rato, y por primera vez, no vi el fuego del beso del callejón, sino una resignación gélida que me dio más miedo que cualquier amenaza de Dimitri.
—Estoy cansado, Alessandra —dijo lentamente—. Cansado de pelear contra fantasmas y contra tu rencor. Tenés razón. Lo que dijiste ayer en el salón, lo que le dijiste a mi madre... lo entendí fuerte y claro.
Me quedé callada, con el corazón empezando a latir con un ritmo errático.
—A partir de ahora, haré lo que tanto querés —continuó él, levantándose—. Me voy a preocupar por Eithan porque es mi hijo, y me voy a preocupar por vos porque sos su madre y mi socia en esta guerra. Nada más. No voy a insistir más, no voy a buscar tu perdón ni voy a tratar de resucitar un corazón que, según vos, ya es ceniza.
—Damián... —mi voz salió como un hilo.
—No —me cortó él, con una firmeza que me heló la sangre—. Te ponés loca si una mujer se me acerca, pero no sos capaz de admitir que me amás. Pues se acabó. Yo me equivoqué, lo sé, pero tampoco voy a dejar mi orgullo de lado para siempre mientras vos me pisoteás cada vez que intento acercarme. Querías un aliado, no un hombre. Eso es lo que vas a tener.
Damián se dio la vuelta y caminó hacia la puerta sin mirar atrás. Su espalda se veía inmensa, una muralla de frialdad que yo misma había ayudado a construir.
—Me voy a la mansión —dijo antes de salir—. Tenemos información sobre los movimientos de Dimitri en el puerto. Preparate, porque la socia que necesito ahora no puede permitirse escenas de celos por mujeres que no significan nada.
La puerta se cerró con un clic definitivo.
Me quedé helada, sentada en ese reservado oscuro, con el sabor amargo de la victoria en la boca. Me dolía. Me dolía tanto que sentía que me faltaba el aire. Había pasado tres años deseando que él sufriera, que entendiera mi dolor, pero ahora que finalmente se rendía, el vacío era insoportable.
Vi cómo su auto se alejaba por la ventana. Estaba solo, y yo también. Mis pensamientos empezaron a dar vueltas como buitres: Lo estás perdiendo. Y esta vez no es por culpa de Bianca, ni de tu padre, ni de Dimitri. Es por tu orgullo.
Había estirado tanto la cuerda del rencor que finalmente se había roto. Y mientras miraba mi propio reflejo en el cristal oscuro, me di cuenta de la verdad más aterradora de todas: podía ganar la guerra contra la Bratva, podía tener a mi hermana bajo llave y a mi padre de rodillas, pero si perdía a Damián, la victoria iba a ser el desierto más grande del mundo.
El silencio del club se volvió ensordecedor. Estaba sola con mi poder, con mi vestido caro y con un corazón que acababa de darse cuenta, demasiado tarde, de que seguía vivo y de que se estaba desangrando por el hombre que acababa de dejarlo ir.
padre debe pagar por humillarte el querer asesinar te