Elena Valdés (30 años) es una brillante neurocirujana, reconocida a nivel nacional como una eminencia médica. Sin embargo, tras las puertas de su hogar, vive bajo el yugo de Mauricio, su esposo y un CEO exitoso que utiliza el desprecio psicológico y la humillación constante para mantenerla controlada. Su único refugio es su hijo de 6 años, Mateo, y el apoyo incondicional pero respetuoso de sus padres, quienes nunca aprobaron a Mauricio, pero apoyan las decisiones de su hija.
Su vida da un giro vertiginoso cuando conoce a Damián Montenegro (43 años), un magnate empresarial imponente, multimillonario y carismático, padre de dos hijos. Entre Damián y Elena surge una pasión arrolladora y un amor profundo que la hace redescubrir su valor.
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EL ENCUENTRO CON LA ABOGADA Y EL TABLERO DE LA ALTA SOCIEDAD.
El murmullo entre los asistentes a la gala continuaba siendo un eco constante, una mezcla de fascinación y temor reverente ante la imponente presencia del clan Montenegro en el centro del salón. Las copas de champaña se levantaban a medias mientras las altas esferas de la medicina y la política intentaban disimular su desconcierto.
Damián mantuvo una mano firme y posesiva sobre la cintura descubierta de Elena, guiándola con paso soberano entre los corrillos que se abrían a su paso como si el mar de invitados estuviera obligado a dividirse ante ellos. A pocos metros, doña Beatriz y don Humberto conversaban con una frialdad calculada con el director general del hospital, recordándole a todos quiénes mandaban realmente en las sombras de la ciudad.
Fue entonces, justo cuando se disponían a cruzar hacia la zona de la terraza principal, cuando una figura conocida interceptó su camino con paso firme y una copa de champaña en la mano.
Valeria, la implacable abogada y mejor amiga de Elena, lucía un sofisticado vestido esmeralda de corte asimétrico y una mirada afilada que alternaba entre la diversión y el escepticismo absoluto.
—Vaya, doctora Valdés —saludó Valeria con su característico tono sarcástico, cruzándose de brazos mientras los observaba a ambos con una ceja alzada—.
Debo admitir que esperaba verte regresar al quirófano con bata blanca, pero convertir la gala anual del hospital en una exhibición de poder de la mafia organizada supera cualquier manual de relaciones públicas que haya leído.
Elena soltó una risa limpia y cristalina, deteniéndose frente a su amiga con una confianza desbordante.
—Buenas noches para ti también, abogada —respondió Elena con una sonrisa de lado, disfrutando del evidente impacto que su llegada había causado—. ¿Qué pasa? ¿El código penal no contempla la asistencia a eventos sociales en compañía de criminales de alta alcurnia?
—El código penal no, pero los infartos de la junta directiva del hospital deberían cotizar en la bolsa de valores —bromeó Valeria, antes de desviar sus ojos oscuros hacia Damián con un respeto cauteloso—. Señor Montenegro. Veo que decidió traer a todo el directorio familiar a una fiesta donde la única sangre que debería derramarse es la del vino tinto.
Damián esbozó una sonrisa lobuna, inclinando ligeramente la cabeza en señal de reconocimiento hacia la abogada.
—Licenciada Navarro. Le aseguro que el vino tinto está garantizado, y los únicos juicios que se dictan esta noche ocurren fuera de los tribunales —respondió Damián con su voz ronca y profunda, manteniendo su brazo firmemente anclado a la cintura de Elena—. Aunque, si alguien se atreve a interponer una objeción sobre nuestra presencia, sé perfectamente a qué abogada llamar para destruir su caso.
Valeria soltó una carcajada seca, negando con la cabeza mientras levantaba su copa en un brindis silencioso hacia ambos.
—No cuente con mis servicios para limpiar desastres de balaceras, Montenegro. Pero si necesita redactar el acta constitutiva de este pequeño imperio que acaban de montar en medio de la alta sociedad, mi bufete abre a las ocho en punto de la mañana —respondió Valeria con elegancia, antes de dar una palmada suave en el hombro de Elena—. Disfruten la gala, chicos. Voy a buscar a alguien de la fiscalía solo para ver la cara que pone cuando los saluden.
Con una sonrisa cómplice, la abogada se apartó con gracia, fundiéndose nuevamente entre los invitados del salón.
Elena siguió a su amiga con la mirada por un segundo, antes de volverse hacia Damián, sintiendo cómo la intensidad de los ojos oscuros de él volvía a concentrarse por completo en ella, recordándole que, en ese juego de poder y elegancia, ya habían ganado la partida.