Cuando la envidia habla
En un mundo donde las emociones no solo se sienten… también pueden escucharse.
Los sentimientos son capaces de transformarse en ondas de sonido que revelan lo que el corazón intenta ocultar. La felicidad puede iluminar, la tristeza puede quebrar, pero existe una voz mucho más peligrosa: la envidia.
Nacida de los pensamientos más oscuros, la envidia puede convertirse en un arma capaz de destruir sueños, romper vínculos y convertir la confianza en una traición inesperada.
Porque cuanto más cerca dejas a alguien, más profundo puede llegar la herida.
Pero… ¿qué ocurre cuando la envidia deja de ser solo una emoción y comienza a hablar por sí misma?
En un mundo donde los sentimientos tienen voz, descubrirás que el peor enemigo no siempre está frente a ti. A veces vive dentro de aquellos que dicen quererte… y otras veces, dentro de tu propio corazón.
Una historia sobre la ambición, los secretos, las heridas invisibles y la emoción más peligrosa de todas:
la envidia
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Prólogo — La voz también tiene veneno
Mucho antes de que la humanidad aprendiera a escribir su historia, las emociones ya existían.
Nadie sabía de dónde habían nacido.
No tenían rostro.
No tenían cuerpo.
No necesitaban respirar.
Vivían escondidas en el lugar más frágil y peligroso de todos: el corazón humano.
Cada emoción poseía una voz propia.
La alegría era cálida. Su risa podía iluminar incluso los días más oscuros.
La tristeza hablaba despacio, como la lluvia golpeando una
ventana durante la madrugada.
La esperanza siempre encontraba palabras para levantar a quien estaba a punto de rendirse.
El miedo advertía sobre aquello que los ojos aún no podían ver.
La ira rugía como un incendio imposible de apagar.
Y el amor...
El amor era la única emoción capaz de hacer florecer un alma... o destruirla por completo.
Durante siglos convivieron en silencio.
Sus voces eran apenas un eco que acompañaba cada decisión de los seres humanos.
Nunca obligaban.
Nunca imponían.
Solo susurraban.
Y cada persona decidía cuál escuchar.
Así era el equilibrio.
Hasta que una emoción comenzó a cambiar.
Era pequeña.
Casi imperceptible.
Nacía cuando alguien observaba la felicidad ajena y sentía un vacío imposible de explicar.
No lloraba.
No gritaba.
Solo preguntaba.
"¿Por qué él y no tú?"
Una pregunta.
Después otra.
Y otra más.
Cada comparación la alimentaba.
Cada resentimiento le daba fuerza.
Cada deseo egoísta la hacía crecer un poco más.
Con el paso del tiempo dejó de ser un simple sentimiento.
Aprendió a observar.
Aprendió a esperar.
Aprendió que las heridas abiertas eran el mejor lugar para esconder sus palabras.
Fue entonces cuando descubrió el verdadero poder de una voz.
Porque una espada podía quitar una vida.
Pero una voz...
Podía cambiarla para siempre.
Una voz podía romper amistades de años.
Podía convertir hermanos en enemigos.
Podía sembrar dudas en quienes más se amaban.
Podía hacer que una persona odiara su propio reflejo al compararse con otro.
Y lo hacía sin dejar una sola herida visible.
Desde ese día, el mundo comenzó a cambiar.
Las personas ya no escuchaban únicamente sus pensamientos.
Escuchaban algo más.
Un murmullo constante.
Una presencia invisible caminando junto a ellas.
Al principio creyeron que era su conciencia.
Después pensaron que era el destino.
Pero estaban equivocados.
Era una emoción que había aprendido a hablar.
—No quiero hacerte daño...
La voz sonaba dulce.
Tranquila.
Casi amable.
—Solo quiero que abras los ojos.
Mira todo lo que los demás tienen.
Mira cómo sonríen.
Mira cómo los admiran.
¿No crees que tú lo merecías más?
Las palabras caían como gotas de veneno.
Nadie notaba el cambio al principio.
Las sonrisas comenzaban a sentirse falsas.
Los abrazos parecían esconder intereses.
Los éxitos ajenos se convertían en heridas propias.
Y cuanto más escuchaban aquella voz...
más difícil era distinguir cuál pensamiento les pertenecía realmente.
La emoción sonrió.
No porque disfrutara del sufrimiento.
Sino porque había comprendido algo que ninguna otra emoción entendía.
Los seres humanos siempre culpaban a los demás de sus desgracias.
Nunca sospechaban de la voz que llevaban dentro.
Entonces habló por primera vez con un orgullo imposible de ocultar.
—Me llaman envidia.
No necesito un cuerpo para caminar entre ustedes.
No necesito manos para destruir.
No necesito armas para ganar.
Sus comparaciones son mi alimento.
Sus inseguridades son mi refugio.
Sus pensamientos... son mi hogar.
Mientras exista alguien deseando la vida de otro...
yo jamás desapareceré.
Y cuando crean que el enemigo está frente a ustedes...
volverán a cometer el mismo error.
Porque yo nunca camino delante.
Siempre susurro detrás de ustedes.
Muy cerca de su oído.
Muy cerca de su corazón.
Recuerda esto antes de pasar la siguiente página.
No todas las voces quieren salvarte.
Hay algunas...
que también tienen veneno.